Relatos de extrarradio: Dios falleció anoche por causas naturales

Un turbio asesinato en Sanchinarro es el protagonista de la tercera entrega de nuestros relatos de extrarradio. Esta vez lo firma Daniel Aníbal y le acompañan, como siempre, las fotografías de Ignacio Evangelista.


17 diciembre 2014

Revista MADRIZ2-0559

Foto: Ignacio Evangelista.

 

El viento sopla afuera como en una película de Tarkovsky: impredecible pero solemne, contundente, imponente. Claro que ninguno de los de dentro lo sabe, porque la habitación no tiene ventanas.

 

Le acaban de matar. El hombre que lo ahogó con una bolsa de plástico para darle el coup de grâce tras dos horas y media de torturas, prefiere dejarle la bolsa puesta a modo de máscara. Así nadie sabe quién hay debajo, pero entonces no hay manera de cerrarle los ojos. El cadáver mira ciego a alguna dirección que, gracias a la bolsa, jamás se sabrá. Probablemente hacia sus asesinos.

 

El hombre que asfixió al ahora cadáver se levanta muy despacio, y nunca deja de mirarle a donde se supone que están los ojos. Todos, aunque saben que ya no existe vida en ese cuerpo, inconscientemente miran al lugar de la bolsa tras el cual están ubicados los ojos del muerto. Gracias a la bolsa, ése contacto nunca se llegará a dar.

 

―Ha muerto.

―Sí.

―¿Quié…?

―¿Hora?

―Las once y cincuenta y cinco de la mañana.

―Curiosa hora para morir.

―Sí.

―¿Q…?

―”Y no sabe mentir, la boca del muerto”.

 

Vuelven a invocar al silencio los asesinos. La muerte les observa con su máscara de bolsa de plástico, sentada en una silla de madera, atada de pies y manos.

 

―¿Quién era? ―pregunta el hombre que le machacó los dientes a puñetazos hasta astillarle toda la quijada.

 

Nadie contesta. Todos siguen mirándole a donde se supone que están los ojos. El hombre que le machacó los dientes a puñetazos hasta astillarle toda la quijada, viendo que su pregunta ha sido sorda, decide abalanzarse él mismo hacia el muerto. Rebusca en la chaqueta, que todavía lleva puesta, hasta que da con una cartera. Su trémulo movimiento de brazos provocado por la tensión le hace un nudo en los dedos y la cartera cae al suelo. En el suelo hay pelos, gotas de sangre con formas caprichosas, uñas, trozos de color hueso.

 

La cartera cae abierta como en una carcajada. El asesino, aún tembloroso, rebusca en el tarjetero y da con el carné de identidad del cadáver. Inevitablemente, por las prisas del momento, mira sin querer la foto que hay al lado del nombre. El contacto visual con esos ojos que ahora esconde una bolsa, el recuerdo de esa cara cuando aún se movía y suplicaba clemencia, la sensación de haber destrozado a una persona tras la inocente foto de un carné de identidad; le arde en el estómago y proyecta una horrorosa náusea que suena como el croar de un sapo del tamaño de un cerdo. El hombre que le machacó los dientes a puñetazos hasta astillarle toda la quijada, se retuerce de rodillas en el suelo, con la expresión de lástima que precede al vómito. Y vomita aire, pues no le queda nada que vomitar.

 

―¿Quién fue? ―pregunta de forma lingüísticamente correcta, el hombre que le ahogó, que es el mismo que le deformó el pie a balazos hasta anclarlo al suelo.

 

El hombre de las náuseas vacías le tiende el carné desde el suelo y el otro lo recoge con cuidado de tapar la foto del rostro en vida del muerto con el pulgar. Lo lee en bajito, murmurando palabras invisibles, pues no sabe leer de otra forma que no sea susurrándoselo a sí mismo. Cualquiera que pudiera leer los labios, habría adivinado fácilmente el titular de aquella tarjeta. Luego se lo tiende al último hombre.

 

―No, gracias ―contesta aquel que le leía poesía al ahora cadáver mientras lo torturaban.

 

Y rechaza el carné con un movimiento de mano. El que le cosió al cadáver los pies a tiros se encoge de hombros y pierde el carné en uno de los bolsillos de la cazadora de quien fuera su propietario.

 

―Hay que vestirle ―dice después.

―Sí.

 

El hombre de las náuseas consigue incorporarse, pero se agarra las tripas como si fuera un personaje de Salinger.

 

―Hay que vestirle ―repite―. ¿Dónde están las cosas?

―Aquí ―el hombre nauseabundo señala a una mochila que, desde una esquina, lo ha visto todo.

―Bien.

 

Y proceden. Los tres hombres sacan de la mochila unos guantes gruesos. Zapatillas de andar por casa. Una máscara de monstruo de tienda cutre de disfraces, de rasgos exageradísimos. Los guantes, que premeditadamente son de gran talle, entran sin problemas en las pequeñas manos del muerto, cuyos dedos están retorcidos en ángulos imposibles. Con un esparadrapo fijan los guantes a la muñeca. Esconden la línea de celofán con el puño de la camisa.

 

Le visten cuidadosamente de traje, también ancho. Quitan con el esmero de un príncipe azul los agujereados zapatos que han chorreado sangre de pies hasta pintar dos enormes huellas que parecen dos botellas de vino reventadas a bocajarro. Los pies desnudos enseñan los tropecientos estigmas de una tortura inefable. Luego los calzan con las zapatillas de casa, también de holgado tamaño. Cualquiera los tacharía de sastres incompetentes.

 

Por último, a modo de corona, y sin quitar la bolsa por el miedo a descubrir los ojos con los que mira la muerte; enmascaran al fallecido con aquel nuevo rostro deformado de monstruo inventado. Dejan tras de sí todas las pruebas del crimen, pero cierran con llave. Y el exterior ve salir del bajo del enorme edificio de almacenes de alquiler de Sanchinarro a cuatro cuerpos que parecen recién salidos de una juerga exagerada.

 

El viento sopla afuera como en una película de Tarkovsky: impredecible pero solemne, contundente, imponente. En Sanchinarro, el viento sopla mejor que en ninguna parte, ya que es casi un desierto. Con sus rocambolescos edificios de arquitecturas difíciles, el viento se enreda en sus anatomías y suena al aliento de otro mundo.

 

―El viento sopla como en una película de Tarkovsky ―dice el que leyó poemas en alto mientras torturaban a un hombre hasta matarlo.

―¿Quién es Tartafski?

 

Y ambos ríen. El que disparó a los pies del cadáver se lo carga como si lo de la muerte fuera una broma y en realidad estuviera borracho. El de la poesía hace lo propio por el otro lado. Y así, en un siempre fantasmal Sanchinarro, los tres hombres y el muerto se pasean por sus calles tambaleándose, interpretando a ojos de los viandantes de la zona, el facilísimo papel del falso ebrio. El compungido rostro de malestar del que lo desdentó a puñetazos esta conseguidísimo.

 

Entran en el coche, a varias manzanas de allí. Colocan al muerto en el asiento del copiloto. Conduce el púgil de mandíbulas. Ha llovido esa noche. El hombre que leyó poesía a un torturado hasta matarlo se enciende un cigarro y abre la ventana de aquel coche de aquel barrio abandonado del extrarradio de Madrid un día de lluvia. Hace cuatro horas que ha amanecido un cielo completamente blanco, como si alguien se hubiera olvidado de pintarlo. En la calle, todo el mundo mira al suelo, parece que tienen miedo. Él no, da una calada, apunta al cielo con el cigarro y dice:

 

―Dios falleció anoche por causas naturales.

 

Nadie dice nada.

 

―Todo el mundo lo vio morir.

 

Nadie dice nada.

 

***  

 

Si quieres leer el relato anterior de esta serie, escrito por Marina Sanmartín, sigue este enlace

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