Relatos de extrarradio: El polígono industrial

Un partido de fútbol, un coche con los cristales empañados, una barbacoa en pleno asfalto y una bicicleta que se pasa de frenada. Estos son los ingredientes de la quinta entrega de nuestros Relatos de Extrarradio. Por Javier Yohn Planells, con fotografía de Ignacio Evangelista.


18 febrero 2015

Foto: Ignacio Evangelista.

Foto: Ignacio Evangelista.

 

1

 

–        Por las noches aterrizan aviones – dice Mauri.

–        Venga ya – dice Belén.

 

Belén está sentada en el bordillo de la acera y arranca con los dedos las hierbas que crecen entre los adoquines. Se resisten, son duras, y por eso ella tira con fuerza pero sólo consigue romperlas.

 

–        Usan las calles del polígono como si fueran pistas de aterrizaje. Como son tan grandes…

 

Mauri habla mirando al frente, atento por si el otro equipo se acerca para meter gol entre las dos mochilas de colegio que han colocado en el suelo: cinco pasos largos de una a otra. El balón está oculto por la nube de polvo que levantan las piernas al correr y Mauri se teme una trampa, que de repente aparezca muy cerca de él, demasiado cerca. En realidad, preferiría estar sentado en la acera y que Belén jugara en su lugar porque Belén es mucho mejor que él, pero Juan ha dejado bien claro cuál es el sitio de cada uno: él en la portería, ella fuera de la alineación. Las niñas no juegan, ha dicho. Y el balón es suyo.

 

–        No te lo crees ni tú – dice Belén.

–        De verdad, me lo ha dicho mi padre. Dice que en el otro aeropuerto ya no caben más aviones y por eso aterrizan aquí. Para dormir. Y se van temprano, por eso no los vemos.

 

Un guijarro llega volando y le golpea la pantorrilla. No le duele pero mira a Belén con sorpresa y ella sonríe mientras manosea otra piedra.

 

–        ¡Eres un mentiroso! Y lo sé porque puedo ver el polígono desde mi ventana y nunca he visto aviones – dice ella.

 

En ese momento Juan empieza a gritar: ¡cuidado, cuidado!

 

El Cojo viene lanzado, controlando con habilidad el bote irregular de la pelota contra los guijarros y los baches del descampado. El Cojo no es cojo; su padre, sí, y de ahí el mote, pero a Mauri le gustaría que lo fuera, que sus pasos fueran lentos y desmañados, que su pie se torciera en un ángulo imposible, sólo durante diez segundos, lo suficiente para que perdiera el control y la pelota se desviara de su trayectoria, llevándose el peligro fuera del campo con un bote tranquilizador. Pero el Cojo corre con velocidad hacia la portería dejando atrás a Juan que levanta los brazos con impotencia. ¡Cuidado, Mauri, párala! Mauri no sabe qué hacer. Se adelanta unos pasos pensando en quitarle la pelota al Cojo pero se arrepiente y vuelve para atrás, se queda entre las dos mochilas, haciendo bulto, ocupando el espacio vacío que de repente le parece enorme: cinco pasos de gigante, como gigante es la sombra del Cojo que el sol dibuja sobre el polvo, cada vez más próxima. ¡Párala! Y todo ocurre muy rápido: el pie perfectamente sano del Cojo que golpea el balón con fuerza; el balón que pasa raso y veloz, lejos de las piernas inmóviles de Mauri; el grito de celebración que llega del otro lado del campo como un coro salvaje y alegre.

 

–        ¡Joder! – grita Juan.

 

Juan tiene unos ojos muy pequeños y la piel muy blanca, aunque ahora está teñida de rojo e hinchada por el esfuerzo. Se acerca a Mauri enfadado.

 

–        ¡Joder, Mauri, qué malo eres!

 

Mauri no oye las palabras de Juan, sólo ve sus ojos muy apretados en su cara como un tomate y no puede evitar reírse.

 

–        ¿De qué te ríes? – dice Juan.

–        Si soy tan malo, pon a Belén y déjame en paz.

 

Mauri no está seguro de haber pronunciado esas palabras porque todo se difumina. El asfalto de las calles, el rostro de Juan, las líneas rectas de las aceras, las palabras que han escapado de su garganta: siente que todo se pliega en torno a él, y el tiempo se encoge, una mano agarra su camiseta con fuerza y es capaz de ver en detalle el movimiento de los dedos al cerrarse, el borde irregular de las uñas mordidas, las arrugas que se forman en la tela. Y entonces siente un golpe sordo en la cadera y una punzada que no entiende, y luego el grito de dolor de Juan. La mano ha soltado su camiseta y le libera.

 

–        ¡Corre! – dice Belén.

 

La orden reactiva el curso normal del tiempo y Mauri echa a correr, sigue a Belén aunque no puede evitar mirar hacia atrás, hacia el rostro de Juan por el que desciende un hilo de sangre. Está de pie, muy quieto, mirando cómo se alejan los dos, mientras los demás niños le rodean sin saber qué hacer.

 

–        A mí también me has dado – Mauri se lleva la mano a la cadera.

–        ¡Corre!

 

Sus pasos resuenan en las calles anchas y vacías donde, por las noches, aterrizan los aviones que no caben en el aeropuerto.

 

2

 

Ella no sabe lo que ocurre en el interior de los coches. Los ve aparecer desde su ventana, siempre de noche, y nunca todos a la vez, sino de uno en uno. Como luciérnagas que flotan en la oscuridad y colonizan lentamente las calles vacías hasta que se posan aquí y allá, no muy lejos pero tampoco demasiado cerca, entre los descampados rectangulares, que son como islas trazadas con regla sobre un denso mar de asfalto. Se detiene el ronroneo de los motores, se apagan sus brillantes luces y sólo quedan las siluetas recortadas contra el cielo nocturno.

 

Las farolas en las aceras no se encienden, nunca lo han hecho: árboles muy delgados y muy quietos, sus cortezas oxidadas se tiñen de la luz anaranjada que llega de la ciudad, lejos, como un incendio que no se extingue.

 

No sabe lo que ocurre en el interior de los coches, no puede saberlo, pero adivina una danza en sus asientos, una celebración, una explosión contenida que empaña los cristales, voces que susurran. No imagina que en esas calles oscuras, tras la endeble protección de las carrocerías, se celebran transgresiones, se planifican huidas, se busca refugio.

 

A veces aguanta en la ventana a pesar del sueño y entonces ve cómo se encienden de nuevo los faros, oye el zumbido de los motores al arrancar. Con la misma lentitud con la que llegaron, los coches se van, de uno en uno, pequeñas luciérnagas engullidas por la noche, y sólo quedan las calles vacías y las farolas apagadas. Entonces ella baja la persiana, poco a poco, con el sigilo con el que se hacen todos los gestos clandestinos.

 

3

 

–        ¡Tienes que soplar, José! – dice Carmela.

–        No, no tengo que soplar. ¿Quieres encender tú el fuego?

–        No, no, todo tuyo. Yo sólo te lo digo porque si no soplas vamos a estar dos horas para hacer las hamburguesas.

 

José le enseña un trozo de cartón que lleva en la mano como un abanico pero Carmela se aleja de la barbacoa y despliega una de las sillas de plástico que han traído.

 

–        Sandra, pásame una cerveza, anda, que este asfalto parece un horno – dice.

 

Se sienta junto a los demás y la silla cruje, dubitativa, pero aguanta el peso de Carmela. Sandra le tiende una cerveza que ha sacado de una neverita. La lata chorrea agua y a Carmela le parece que las gotas no caen en el asfalto, que se evaporan antes de llegar. Sandra se esconde detrás de unas gafas oscuras y su cuerpo se despliega en la silla orientada al sol que calienta el polígono.

 

–        ¿Por qué no hacemos como ellos y nos ponemos en una de esas parcelas? Este asfalto me está dejando seca – dice Carmela.

 

Señala los huecos que han dejado las naves industriales que nunca fueron construidas, pequeños desiertos enmarcados por aceras vacías y farolas oxidadas, que ahora están ocupados por otros vecinos y por sus mesas de camping, por sus sillas plegables y sus neveritas. Más allá están los edificios donde viven todos. Son altos y tienen las fachadas pintadas de colores y unas verjas arboladas ocultan los pisos más bajos, como si los edificios tuvieran los pies gigantes hundidos en césped.

 

–        Porque se levanta el polvo, ¿no te acuerdas lo que nos pasó la última vez? – dice Curra.

 

Curra es la hermana pequeña de Carmela y está sentada en una silla plegable como la de ella, con el periódico apoyado en las piernas cruzadas.

 

–        Ay, sí. Las tortillas de José llenas de arena. Me crujían los dientes.

–        Y la lengua seca – dice Sandra.

 

Sandra saca la lengua y se la enseña a Curra con un gesto obsceno, que ella responde con un mohín de reproche y una media sonrisa, en silencio.

 

–        Menos mal que nunca falta cerveza.

 

Carmela mira la lata con una sonrisa, como si se lo agradeciera, y luego da un sorbo. José se acerca cojeando de la pierna derecha, sus sandalias de cuero restallan con cada paso. Coge la bolsa de carbón.

 

–        ¿Cómo va ese fuego, José?

–        Todavía queda un rato. Siempre os pasa igual, que pensáis que el fuego se hace en un segundo. ¿Por qué no abrís las patatas?

–        A mi estómago le ha gustado esa idea – dice Sandra.

 

Se coloca las gafas de sol en la frente para sacar unos Doritos de una de las bolsas en las que han traído la comida. Los abre, saca uno y se lo ofrece a Curra, se lo acerca a los labios pero Curra lo esquiva y lo coge con los dedos, se lo come. Luego vocaliza en silencio: “Estás loca”. Pero Sandra se esconde otra vez detrás de las gafas de sol.

 

–        ¿Dónde está el niño? – dice José.

–        Está con sus amigos… haciendo el cabra con la bici, como siempre. Ya vendrá.

 

José se acerca a Curra.

 

–        Dame un par de hojas. Las necesito para prender el carbón.

 

Curra mira a José como si no entendiera lo que le piden. José señala el periódico.

 

–        Claro, lo que tú mandes. ¿Te sirve la sección de deportes?

–        Los deportes seguro que arden bien.

 

José arruga las hojas y vuelve a la barbacoa con su paso renqueante. Deja caer un poco de carbón sobre las astillas de madera que ya están ardiendo y luego coloca las bolas de papel entre los trozos. Les prende fuego con un pequeño mechero.

 

–        Anda, pone en el periódico que van a invertir treinta y cinco millones en el polígono – dice Curra.

–        ¡No jodas! – dice Sandra.

–        Sí, van a reactivar la obra. Aquí dice que además van a montar un Ikea y un centro comercial.

–        ¡Ya era hora! – dice Carmela – Mira, por allí vienen los niños.

–        No, no, ya era hora no. ¿Para qué queremos que construyan nada en el polígono? – dice Sandra.

 

Carmela mira a Sandra como si estuviera hablando en otro idioma.

 

–        ¡Un Ikea, mujer!

–        No quiero un Ikea, quiero que sigamos haciendo barbacoas los fines de semana, quiero… – dice Sandra, pero advierte una mirada de advertencia de Curra – Esto se va a llenar de coches y de parejitas cabreadas.

 

En ese momento, llegan los niños en sus bicicletas. El Cojo y Mauri pedalean a toda velocidad en sus bicicletas rebozadas en barro. Van tan rápido que parece que van a pasar de largo, pero en el último momento aprietan las manetas, las ruedas chirrían sobre el asfalto y las bicicletas frenan con un latigazo, el Cojo pierde el control y su bicicleta resbala y golpea a la barbacoa; el niño, la bicicleta y la barbacoa caen al suelo y las brasas se derraman sobre las piernas de José.

 

–        ¡Me cago en…!

–        ¡José!

–        ¡Joder, joder, escuece, joder!

–        ¡Papá! ¡Lo siento, papá! – dice el Cojo.

–        Mierda, déjame ver – dice Carmela.

–        Llama a una ambulancia – dice Sandra.

–        No, no, no, no. Qué dices. La ambulancia no llega hasta aquí.

–        Cómo no va a…

–        Siéntate, José. Bebe agua. – dice Carmela.

–        Yo tengo el coche cerca – dice Curra.

–        La ambulancia va a tardar un millón de años. Joder. Id a por el coche, vamos a casa y ya me las apañaré. Joder, cómo escuece, joder.

 

***  

Si quieres leer el relato anterior de esta serie, escrito por Néstor Gándara, sigue este enlace.

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Comentarios:

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Miguel Luque says:

Hola, estoy emocionado con el relato, me encantan las grandes historias diminutas pero quería comentaros que me resulta algo molesto leer un texto de ficción con frases en negrita como si fuese un artículo o una noticia. Creo que roba la oportunidad al lector de darle importancia a lo que el considere importante.

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