Relatos de extrarradio: El ruido de doce caballos

Una historia de amor y nostalgia con una moto es la protagonista de la cuarta entrega de nuestros Relatos de Extrarradio. Por Néstor Gándara, con fotografía de Ignacio Evangelista.


14 enero 2015

Foto: Ignacio Evangelista.

Foto: Ignacio Evangelista.

 

El viento silba con fuerza en sus oídos mientras acelera. La aguja del marcador señala 110 kilómetros por hora y comienza a temblar. La Vespa entera comienza a temblar. J. baja la cabeza para ganar aerodinamismo y clava la vista en la línea de horizonte del carril derecho. A su izquierda pasan zumbando los coches que se incorporan al puente. «Mierda, ¿qué salida era?». Marca el intermitente y, por la fuerza de la costumbre, levanta el brazo en dirección a la gasolinera que se acerca cada vez más. El conductor de un SEAT negro que va detrás de él se impacienta y aprieta la bocina. J. reduce antes de tiempo y sonríe bajo el casco cuando suena un nuevo pitido.

 

–¿Cuánto?

–Nada. Estoy buscando la Calle de Pablo Ortiz.

–Espera.

 

El empleado de la gasolinera se acerca a la ventanilla exterior de la caja y grita algo indefinible a su compañero, que levanta los dos hombros. Un hombre que está pagando indica con el índice una dirección fantasma al otro lado de la carretera. El empleado de la gasolinera se gira de nuevo y desanda con pereza manifiesta el camino hasta J.

 

–Te van a guiar –dice.

 

El hombre sale de la tienda con un botellín de agua y una chocolatina. Lleva un abrigo de corte clásico –puede que sea viejo de verdad– que le hace la espalda enorme y la cabeza diminuta.

 

–¿Vas a la calle de Pablo Ortiz?

–Sí.

–¿Número?

 

J. rebusca en los bolsillos de su cazadora hasta encontrar el móvil. La aplicación de mapas está abierta. Su localización es un punto rojo brillante, rodeado de un círculo azul que parpadea determinando la distancia exacta hasta el lugar de destino: 1,9 kilómetros.

 

–Calle de Pablo Ortiz, número 9.

–Yo voy muy cerca. Sígueme.

 

J. guarda el móvil en bolsillo interior de la cazadora y sube la cremallera hasta arriba. Podría haber cotejado la ruta en el mapa, pero todavía se fía más de los empleados de una gasolinera que de los iPhones. No entiende por qué. No tenía carnet de conducir antes de que existiera Internet.

 

El hombre de la espalda gigante entra en una furgoneta destartalada con el logotipo de una empresa de mudanzas vinilada en el exterior. Al arrancar expulsa una densa humareda que hace a J. pestañear con fuerza varias veces. Toma la salida hacia la carretera con velocidad. J. vuelve a enroscar el puño derecho hasta su tope para seguirle. La moto protesta por el exceso de revoluciones. «Lo siento, bonita. Pronto acabará todo».

 

El pensamiento cariñoso hacia su Vespa le provoca una ola de amor motorista. Sin perder la vista de la furgoneta, que toma una rotonda y enfila hacia la barriada que colinda con la carretera, echa breves vistazos al cuadro de mandos, a las manetas, al faro delantero, a las estriberas, a la pequeña guantera donde nunca guardó nada por temor a que se la abrieran. Es una moto de capricho. De capricho infantil.

 

De pequeño, J. se cayó yendo de paquete en bicicleta y se abrió las dos rodillas. Ni volvió a ceder el asiento de aquella BH ni se subió con M. diez años después, cuando éste le ofrecía llevarle en su scooter a los entrenamientos del equipo de fútbol sala en el que ambos jugaban. Demasiado fácil imaginarse otra vez en el suelo. Con ruedas en vez de grava acechando las mismas rótulas.

 

No obstante, las motos empezaron a gustarle; o, más bien, empezó a gustarle todo lo que parecía venir de serie con las motos: el aura de temerario, la libertad de disponer de un vehículo propio (la libertad de un hombre en el cuerpo de un pívot suplente de dieciséis años), las tías. El capitán del equipo era un niño bien con una deportiva de 125 cc. En el vestuario contaba cómo se la metía a su novia sobre el asiento, en el garaje de su casa. Aunque en el mismo vestuario también habían follado en algún garaje, hacerlo sobre tu propia moto sonaba infinitamente mejor.

 

Fue la madre de J. la que se interpuso entre él y sus sueños húmedo-motociclistas. Tuvo que esperar otra década, hasta cobrar la paga extraordinaria de un empleo ordinario, para costearse la Vespa. Una PX 200 Iris de 1989, con 35.000 kilómetros. «Un pedazo de hierro indestructible», según el mecánico que se la vendió de segunda mano. A J. le hubiese dado igual que tuviese que darle cuerda. Era suya. Y la mañana que le tocó ir a recogerla se levantó nervioso, abriendo desordenadamente los tres cajones de la cómoda que guardaba toda su ropa y escogiendo el pantalón, jersey y zapatos que mejor pegaban con la cazadora de cuero nueva, comprada dos meses antes, con refuerzos interiores en coderas y hombros. Parecía el Power Ranger negro. Veía a su reflejo alejándose de la ciudad con ella puesta y el ruido de doce caballos cabalgando. Chop, chop, chop. Recorriendo kilómetros de lejanas carreteras comarcales. Viendo amanecer en el desierto con el casco en el regazo y las gafas de aviador todavía puestas, protegiéndole de la arena en la brisa matinal.

 

La misma cazadora que le salva de fracturarse un brazo cuando la furgoneta de mudanzas frena bruscamente y J. se estampa contra el portón trasero.

 

–¡EH! ¿ESTÁS BIEN? –Grita el guía de la cabeza ridícula saltando al asfalto y corriendo hacia la parta de atrás de su furgoneta, donde J. está tendido de costado.

–Sí, sí. –dice J, algo desorientado.– Lo siento, iba demasiado pegado.

 

Nada más ponerse de pie con ayuda del hombre, levanta la moto y comprueba que no se haya rozado la chapa. Parece impecable. Luego mira el hendido en la defensa de la furgoneta.

 

–No te preocupes, eso ya estaba.

–Ah.

–Yo sigo de frente, tú tuerces por ahí. La tercera a la izquierda es Pablo Ortiz, ¿vale?

–Vale, ¡y gracias!

–Ten cuidado.

 

La furgoneta desaparece calle abajo y J. hace un corte de mangas, seguido de una señal hacia su vaquero rasgado por culpa de la caída, al SEAT negro que comienza a pitar detrás suya. «¿Será posible que sea el mismo gilipollas?». J. quiere girar en redondo y enfrentarse a la cara del conductor. Apenas tiene tiempo de distinguir unas gafas de sol antes de que se abra el semáforo.

 

La calle que le han indicado es un laberinto de calles más pequeñas que llevan a calles diminutas. J. quiere fijarse en sus nombres mientras conduce lentamente, pero debe de encontrarse en algún tipo de intersección, porque no encuentra un solo cartel. Se detiene –tras cerciorarse de que no haya ningún SEAT negro detrás– para interrogar a algún viandante: dos mujeres con velo que no detienen el paso y un hombre marroquí con su hijo de la mano que le habla en francés. Desiste y continúa descendiendo con impaciencia creciente y la mirada atenta a cualquier posible pista de su destino.

 

Mientras se hunde cada vez más en el arrabal, cae en la cuenta de que no ha rodado fuera del centro de Madrid. Y, sin embargo, tampoco se ha sentido tan en casa desde que vive en la capital. Es el impacto de la familiaridad. Las cadenas multinacionales de alimentación, los turistas, los atascos, los looks estrafalarios, las barbas y las tiendas de moda han desaparecido dando paso al barrio. Todos los barrios el barrio. La mercería de la esquina que J. acaba de pasar podría ser la de la esquina que le vio crecer. La vecina de tobillos hinchados que se tambalea dignamente con dos bolsas de la compra, su anterior vecina. La alcohólica. La del cuarto. Los cuatro niños que juegan a la pelota en un parque destartalado de tierra que alguna vez fue hierba, J. y sus tres amigos. Los mismos que todavía juegan en el mismo equipo de sala. Creía haberse alejado tanto de ellos y está repentinamente tan cerca, que casi pasa por alto el cartel de «CALLE DE PABLO ORTIZ».

 

Gira sin marcar intermitente y distingue fácilmente el número 9 y el taller en el que va a vender la Vespa. Aparca suavemente junto a otras motos de mayor cilindrada y apaga el motor sin apearse. Quiere evitar entrar para volver a salir caminando y tener que seguir caminando. Es demasiado triste, y, sobre todo, demasiado lento. ¿Qué opción le queda? ¿Coger el metro? La idea de apretujarse en un vagón subterráneo le provoca rechazo. Se ha convertido en un snob del oxígeno después de surcar la Castellana con el sol naciendo a su espalda. J. mira a su alrededor tratando de vencer la nostalgia ascendente y cierta sensación de derrota. Las fachadas sucias. Los carteles desvencijados. El antiguo capitán de su equipo contando en la ducha sus polvos de parking. Quizá la visita extraordinaria fuese al centro de Madrid y no al centro de Usera, y ahora le toque volver a su condición de peatón anónimo de extrarriado. Ese sin pagas extraordinarias, ni empleo ordinario, ni moto. J. suspira. El dueño del taller le saluda desde el interior del escaparate con simpatía. J. se baja de la Vespa. Acaricia el costado caído, comprobando de nuevo la ausencia de nuevas abolladuras que puedan descontarle del precio. No es mucho dinero, y acaba de decidir que el único lujo que se permitirá será un taxi.

 

***  

Si quieres leer el relato anterior de esta serie, escrito por Daniel Aníbal, sigue este enlace

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