Relatos de Extrarradio: Nacimiento y muerte de las lunas pequeñas

Nueva entrega de nuestra sección dedicada a las ficción de extrarradio, esta vez con una historia de hospitales, estrellas y pequeñas lunas que desaparecen. Por Marina Sanmartín, con fotografías de Ignacio Evangelista


19 noviembre 2014

Foto: Ignacio Evangelista.

Foto: Ignacio Evangelista.

 

“Pequeñas lunas, del tamaño de montañas, nacen y mueren constantemente en el Anillo F de Saturno. Se deshacen cuando chocan contra el hielo, que también es abundante en la zona y, paradójicamente, favorece su formación. Esto explicaría algo que a los científicos les ha costado mucho tiempo descifrar: la mutabilidad exagerada de la superficie del Anillo F, el más alejado del núcleo del planeta”.

 

–      ¿Te vas a morir?

 

El chaval ha entrado sin llamar en la habitación de hospital. Por el color de sus mejillas se le intuye agotado, como si para llegar hasta allí hubiera tenido que ganar una carrera contrarreloj, en la que transcurrido el tiempo reglamentario para completar el circuito estuviera estipulada la desaparición de la meta. No se ha quitado el abrigo. Primero, antes incluso de besar a su madre, se ha acercado a la ventana con pasos rápidos, impaciente, y dándole la espalda, ajeno al calor artificial y sofocante de la habitación, ha permanecido unos segundos en silencio y ha observado cómo caía la nieve sobre el aparcamiento medio vacío.

 

Sólo entonces se ha atrevido a preguntárselo, todavía inmerso en la contemplación de un paisaje compuesto en su mayor parte por el cemento de los edificios y las ramas desnudas de los árboles en invierno, cargado de una desolación reforzada por la inminencia de la noche. Lo ha dicho. Sus cuerdas vocales, sus labios y su lengua, que ha chocado de forma fugaz contra sus palas superiores, han construido las palabras: “¿Te vas a morir?”; y aunque no ha sido capaz de girarse para formular la pregunta mirándola a la cara como había planeado, de todas maneras, al lanzar al aire su inquietud y dejarla escapar, ha sentido un gran alivio.

 

Luego todo ha vuelto a quedar en calma; todo atisbo de precipitación ha desaparecido, pero no ha habido ninguna respuesta.

 

En lugar de formular un “sí” o un “no”, la madre le ha pedido que se siente a su lado en la cama y el chaval, manteniendo la mirada huidiza, ahogándose en la solemnidad imprevista de la situación, ha obedecido a regañadientes. Ha besado por fin su frente caliente y ha sentido el regreso del miedo a la boca del estómago.

 

–      Hay que cortar este flequillo —ha dicho la madre retirándole un mechón rubio de la frente, aceptando sin sorprenderse, como algo normal, el rechazo inmediato del hijo, que se ha echado atrás. ¿Estás bien con el papá? ¿Te hace caso?

 

El chico se encoge de hombros.

 

–      No ha subido porque tenía prisa, llegaba tarde al trabajo. A lo mejor se pasa luego, cuando venga a buscarme. Me avisa al móvil.

 

–      Ya veremos… me ha contado que has vuelto a suspender Lengua —la madre extiende su brazo derecho con lentitud hasta que las yemas de sus dedos rozan las uñas de la mano del chico que, raro en él, no se resiste al contacto—, y que si la apruebas te compra el telescopio. Estarás contento.

 

El hijo no dice nada, pero la madre, que ha observado en él cada movimiento y cada gesto durante catorce años, identifica un conato de ilusión en sus facciones aún limpias, sin ninguna huella; un conato de ilusión que el chico se obliga a sofocar, tal vez descontento consigo mismo ante la idea de sentir alegría por algo delante de ella, que está enferma y que, en ese instante de reconocimiento, nota como una ternura a borbotones, incontenible, le obstruye el corazón.

 

–      Sí, lo jodido es que Lengua es la hostia de difícil —dice él mirando al suelo.

 

–      Pues a mí me parecen mucho más difíciles las estrellas y se te dan la mar de bien —dice la madre. Me parecen mucho más complicadas que las palabras.

 

Y entonces se quedan unos segundos en silencio.

 

–      Nunca me has contando por qué te gustan tanto.

 

–      ¿El qué?

 

–      Pues las estrellas, qué va a ser… cuando eras pequeño y te dejaba en la cama, muchas noches me quedaba al otro lado de la puerta y la abría un poquito para espiarte. En cuanto creías que me había ido te levantabas para acercarte hasta la ventana y mirar el cielo. Tenías que ponerte de puntillas. Si no te vigilaba hasta que te dormías, no te cansabas de mirar, y siempre estabas preocupado por la muerte de las lunas pequeñas, ¿no te acuerdas? —la madre respira hondo y comprueba sorprendida la nostalgia que le produce revivir aquella época. De pronto todos los recuerdos, irrecuperables, le parecen felices. No parabas de nombrarlas y nadie averiguó nunca de dónde te sacaste aquel cuento.

 

–      “Pequeñas lunas, del tamaño de montañas, nacen y mueren constantemente en el Anillo F de Saturno…” —al chico se le escapa una media sonrisa. Creí que lo sabías, lo saqué de una noticia que escuché una mañana en tu curro, cuando trabajabas limpiando en el periódico y tenías que llevarme contigo si cogía la gripe y no podía ir al colegio. Me pasaba las horas delante de la tele, con los dos periodistas de guardia, enganchados al canal de noticias… A ratos me hacían compañía y me tomaban la temperatura —hace una pausa, se ruboriza un poco y levanta los ojos brillantes hacia su madre por primera vez. No sé por qué, pero la idea de que la misma atmósfera que las generaba, casi inmediatamente, destruyera las lunas pequeñas me ponía triste… Entonces no era consciente de que por eso me daba tanta pena, mamá, pero ahora lo sé.

 

Hinchada por los medicamentos, con el pelo sucio disperso sobre la almohada, la madre no dice nada y, en unos segundos, retrocede diez años en el tiempo. Se traslada a una madrugada de enero o febrero, y se ve a sí misma, joven y guapa, todavía fuerte, mal abrigada y con un niño dormido en brazos, esperando en medio del frío a un autobús verde con destino a las afueras de la ciudad. La siguiente imagen la sitúa dentro de la redacción del periódico, donde dos hombres atiborrados de café le hacen el favor de cuidar de su hijo convaleciente que, después de llorar un poco y oponer una mínima resistencia a soltarse de su cuello, acepta quedarse con ellos mientras la madre limpia, atraído por la promesa de la televisión encendida y un chocolate caliente de la máquina. En la última imagen, la madre sólo ve al niño, con el plumas puesto, congestionado por el catarro. Nadie le presta atención y eso es lo que lo vuelve tan frágil, tan vulnerable a la historia de las lunas pequeñas, que habrá de marcarlo para siempre. La madre siente una punzada de dolor y se le escapa una lágrima; y esto es lo único que dice:

 

–      Ninguna decepción debería llegar tan pronto.

 

***

 

Si quieres leer el relato anterior de esta serie, escrito por Jimina Sabadú, sigue este enlace.

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