Relatos de verano (I): Los carceleros amables

Un relato de Marina Sanmartín, con collage del Sr. García.


07 agosto 2015

Madriz los carceleros amables

 

Su mujer se llama Geles y le recuerda a una gallina. Se siente mal, es el primero en reconocer que la comparación es lamentable, pero no lo puede evitar. Agitado por un animado discurso interior, se pregunta cuántas vueltas será ella capaz de dar alrededor de la mesa antes de caerse redonda.

 

–      ¿Me lo cuentas o no me lo cuentas? -así es Geles, aficionada a las disyuntivas y a poner los dedos en forma de pico para recoger las miguitas que se desprenden de las tostadas sobre el mantel.

–      Vale, yo te lo cuento si me prometes que te tranquilizas un poco. La cabeza me va a estallar.

–      ¿No ves que te he dejado un ibuprofeno en el platillo?

 

Obediente, murmura un “lo siento” y, con disimulo, echa un vistazo al reloj de la cocina. Todavía no son las nueve de la mañana y, sin embargo, apenas puede soportarse ya el calor. Epi arruga la nariz y se la acerca a la axila derecha. Apesta y le molesta el chaqué, pero no se lo quita.

 

Menos mal que ha cogido un taxi para volver a casa desde Sol, no hubiera soportado hacer trasbordo entre vagones llenos de teenagers y vómitos. Cierto es que le ha costado una pasta, pero su reflexión ha sido la siguiente: “Vamos a ver Epifanio” -por alguna extraña razón, él siempre se llama a sí mismo por el nombre completo-, “Epifanio, vamos a ver, ¿si eres capaz de pagar la puta hipoteca del adosado en Boadilla, el colegio privado de los gemelos y las clases de ikebana de tu mujer, por qué coño no te vas a permitir un taxi para volver a casa borracho como una cuba, después de haber celebrado hasta el amanecer la boda de tu mejor amigo?

 

–      ¡Cuéntamelo! ¡Menuda melopea llevas! -Geles pertenece también a esa clase de personas que usan palabras del tipo “melopea”.

–      Está bien -se arma de paciencia, da un sorbo a su café con leche para tragar la pastilla y se apoya contra la pared-. Reconstruyo: seis de la mañana, nos echan los del complejo. Casi ya no queda nadie, sólo los cuatro colegas de toda la vida y, esto es lo raro, el novio. Cuando Elo ha dicho que se marchaba y Daniel le ha pedido quedarse un poco más, ella hasta se ha reído. Le ha dado un morreo impresionante y se ha largado con sus amigas, entre ellas tú, en el primer autobús.

–      Esa parte ya me la sé. ¡Menudo pintas! Me haces tú eso la noche de nuestra boda y no vuelves a verme en la vida.

–      Geles, no exageres. Se conocen desde la universidad. Llevan diez años viviendo juntos, esto era un trámite.

–      ¿No estará ella embarazada?

–      Si no dejas de interrumpirme me voy a dormir ahora mismo.

 

Geles calla y Epi continúa su historia: “el autobús nos ha llevado hasta Sol y allí nos hemos despedido del resto. Yo también iba a marcharme, pero entonces Daniel me ha dicho que le apetecía mucho que desayunáramos juntos en San Ginés, como hacíamos cuando teníamos 19 años y nos daban las seis de la mañana sin darnos cuenta -aunque no dice nada, Geles mira con disgusto a su marido-. ¡Joder! ¿Qué querías que hiciera? Daniel es como mi hermano y ya he tenido yo en ese momento la corazonada de que quería decirme algo.

 

Hemos ido a San Ginés y hemos pedido chocolate con churros para llevar en pleno mes de junio. Ahora lo recuerdo y me entra una angustia que me muero, pero en ese momento estábamos hambrientos y ni siquiera era de día; ya había luz, aunque era tenue, suavecita; por Mayor y Arenal solo estaban los flipaos de turno en la puerta de la Joy, los que aguantan hasta el final, y los camiones de la limpieza avanzando muy lentos, escoltados por operarios y mangueras a tope. Me ha recordado a las fiestas de fin de curso, y más cuando Daniel ha sugerido que fuéramos a zamparnos el chocolate y los churros a la plaza de las Descalzas. ¿No te acuerdas? Estoy casi seguro de que la primera vez que te besé fue ahí”.

 

Epi mira al suelo de baldosas de cerámica porque no quiere que la expresividad de Geles le estropee su relato. De repente se ha puesto melancólico. Se quieren mucho Daniel y Epi, desde que eran unos niños y cada uno asumió su rol: Daniel era el guapo y Epi era el listo; Daniel el rubio y alto, de ojos claros, y Epi el bajito con cuatro pelos y los ojos oscuros y pequeñitos; Daniel el responsable, el trascendente, y Epi el gracioso con capacidad para no tomarse nada demasiado en serio; Daniel el publicista de éxito, con la novia más atractiva, la más inteligente, sin intención de hijos hasta no haber visitado la muralla china y el Machu Picchu, y Epi la versión española del triunfo, cajero en una sucursal bancaria en Moratalaz, con treinta y nueve años y empeñado hasta los setenta y cinco.

 

–      ¿Sabes por qué te he traído aquí? -le ha preguntado Daniel cuando se han instalado en un banco de piedra frente al convento.

–      ¿Quieres besarme?

–      Quiero besarte -ha dicho Daniel continuando con la broma- pero no es por eso. Te he traído aquí por Lucía.

–      ¿Lucía? -desbrozando alcohol y sueño del cerebro, Epi reacciona: ¿La de COU?

–      Sí. En esa época fuimos novios dos o tres semanas, pero sus padres se fueron a trabajar a Kenia, de cooperantes y se marchó con ellos. Nos despedimos en esta plaza una noche del verano de 1996. No he vuelto a llorar desde entonces.

–      ¿Y hoy?

–      Hoy tampoco, pensé que hoy lloraría, que me emocionaría, pero como no ha sido así quería contártelo.

–      ¿Te has casado para ver si llorabas?

–      Me he casado porque quiero mucho a Elo y para ver si lloraba, también por eso. Acabas de mancharte el chaleco.

 

Algo desconcertado, Epi ha intentado, consiguiendo el efecto contrario, minimizar el desastre de la mancha frotándola con el dedo. A su alrededor, la plaza iba cobrando vida. Los trabajadores de los bares levantaban las persianas y los dos o tres hoteles de la zona cambiaban el turno. Las terrazas, como las flores a cámara rápida de los documentales, empezaban a germinar a diestro y siniestro. Han sonado las campanas de una iglesia.

 

–      Deja ya la mancha -ha continuado Daniel-, ¿no dices nada?

–      ¿Y qué quieres que diga? Se está bien, todavía hace fresquito.

–      Tengo aquí mucho dinero.

–      ¿Qué dinero?

–      ¡Joder, Epi! El que nos han ido dando en el banquete -Daniel se ha llevado la mano al bolsillo interior del chaqué y ha sacado un sobre blanco, que no podía cerrarse de lo lleno.

–      ¡Guarda eso! A ver si aún nos acabamos llevando un navajazo y nos despluman.

–      Con esto podría desaparecer, podría irme a Kenia.

–      Sí, a Kenia o al hotel, que es adonde te voy a llevar ahora mismo.

 

“No he dejado que siguiera hablando, Geles, y eso claramente nos ha separado en apenas un segundo. Hemos recorrido el breve trayecto hasta el hotel de cuatro estrellas que les han pagado los padres de Elo en la plaza del Carmen y nos hemos despedido en la puerta. Yo le he abrazado, pero en su respuesta a mi abrazo no había ya ninguna fuerza. Creo que lo he matao por dentro”.

 

–      ¡Ay, ay, ay! Tú vas bastante más piripi de lo que pensaba.

–      ¡No! En serio, lo he dejado inmóvil en la puerta y, cuando he empezado a alejarme hacia Preciados me han entrado un miedo y un agobio terribles. ¿Y si hacía lo que había sugerido? Me he sentido mal amigo, porque no le he dado opción a no ser como yo. Entonces es cuando me he vuelto para hablarle, pero había desaparecido. Por eso me ha asaltado la duda. Me he preguntado si habría entrado al hotel o se habría esfumado para siempre.

 

(…)

 

–      ¿Has terminado?

–      ¿Te parece poco?

 

Geles sonríe, se acerca a Epi y le da un beso rápido. Su rostro refleja la satisfacción de los carceleros amables.

 

–      No creo que haya pasado nada, pero llama si te quedas más tranquilo. Yo voy a ir despertando a los niños y tú ya no te acuestes. Hoy nos toca súper y el aparcamiento va a estar imposible. ¡Llama! -dice Geles ya fuera de la cocina, subiendo a la habitación de los críos.

 

Y Epi, que se ha sentado por fin y ha cerrado los ojos rendido al escuchar la palabra aparcamiento, confirma bajito: “voy a llamar ahora mismo”.

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