Relatos de verano (II): 4 de julio

Un relato de Sabina Urraca, con collage del Sr. García


13 agosto 2015

Madriz 4 de julio

 

Oleena se pronuncia Olina  y es un pueblo de Kansas. Es 3 de julio. Cae la tarde y los caballos pastan. En las cocinas, en boles tapados con film transparente, ya reposa la salsa barbacoa. El calor ha dejado de crear espejismos de agua en la tierra caliente, y la sangre de los animales, hirviente durante el día, fluye tibia ahora mismo. Junto a la cerca de madera pintada de blanco hay una pony que camina a duras penas. En sus flancos traseros tiene una cuerda, y a esa cuerda está atado un pony aún más pequeño, un potro de pony más chico que muchos perros. Le ataron al hijo a la pata de atrás porque lo rehuía, le daba coces, no lo dejaba mamar. Dice el veterinario que mejor separarlos y darle biberón al potrillo. Pero el granjero no está para esas hostias, y ha hecho lo que habría hecho su padre si no hubiese muerto desnucado contra la estantería de los piensos al desmayarse en el Ray´s Market. Y la madre pony huye y el beibi pony la sigue, medio por instinto, medio por la cuerda.

 

Tracy, que se dice Treisi, tiene catorce años, el pelo largo y rubio, y las carnes rosadas y excesivas de su madre, su abuela y su tía. Quiero decir que tiene las carnes que habría si se juntase todo el magro de su madre, su abuela y su tía. Sharona tiene quince, y quiere casarse con su primo mayor y llevar el rancho de la familia. En su casa quieren que se case con su primo mayor y lleve el rancho de la familia. Hay más chicas en el pueblo, pero ellas son las importantes. Tracy ejerce de anfitriona de todas ellas, como si la vida fuese su casa y todas las demás sólo invitadas a las que hay que explicar cómo funciona el aire acondicionado. Es la más gorda, la que desayuna crispy chicken wings, pero hace el seguimiento de las dietas de las demás; la que no folla, pero tiene un arsenal de pastillas del día después que administra según su criterio, siempre arbitrario y sujeto más a favoritismos que a un riesgo real de embarazo. Sharona, por ser la que oculta bajo su cama todo un equipo profesional de peluquería comprado a plazos por internet, es la segunda. Las dos están sentadas sobre la colcha blanca de la cama de Tracy, y comentan esa noche, y lo que sucederá. Y en la moqueta, el resto de chicas, los cuerpos jóvenes perezosos, casi desmayados por la poca vida de un pueblo comepipas, adoran a sus dos diosas de la manipulación. Un pueblo comepipas es un lugar en el que, una vez cumples los doce años y tu mente se ha desarrollado según los requerimientos capitalistas, sólo te queda sentarte en un banco y comer pipas. Y en Oleena, Kansas, Estados Unidos, centro geográfico de América del Norte, a pesar de sus hectáreas infinitas de girasoles,  ni siquiera se comen pipas, pero sí otras cosas, así que imagínate. Grandes pechos adolescentes estampados en licra negra y rosa se derrumban sobre gruesas cinturas estampadas en rosa y negra licra. No se sabe cómo en quince años puede crecer tanto un culo, pero hay algo bello en esa cornucopia mágica productora de carne y metros de melena leonada que es la juventud americana. Hay belleza también en el establo del otro lado del maizal, belleza en el estoicismo de un potrillo de pony sobreviviendo al calor y al hambre junto a la cerca pintada de blanco, atado a la pata de una madre que no lo quiere. Sharona, levanta su brazo, puño en alto, puño que aprieta su plancha de pelo modelo Curlystraight de la línea de productos de belleza Princess, lo que tu pelo se merece. Las chicas, desde la moqueta, alzan sus brochas de teñir, sus planchas de baja gama, sus rizadores no homologados, y cantan la canción, que es en inglés, pero que traducida al español sería algo así como:

 

Amigo caballo

peino tus crines

amigo pony

trota bello al viento

mientras en el cielo

la luna se ilumina

con la luz

del Señor

 

Lo del Señor lo usan como redoble final y chas. Es algo que aún provoca un estallido en su alma. Sus culos se sientan cada domingo en los bancos de la iglesia que hay a la salida del pueblo. Cierto es que muchas veces lo hacen sólo para observar la nuca de Jay o de Greg, pero algo de esas luces que atraviesan las vidrieras se ha impregnado en sus corazones. Empapadas de la abulia a la que se ven abocadas sin remedio, el Señor es como las copas de sus sujetadores, que encauzan y canalizan una enorme masa de carne desorientada.

 

Cae la noche, y una fila de risitas sofocadas, pasos torpes, conversaciones susurradas en grupitos de tres, cruza el pueblo por el camino que hay tras los graneros. Los maizales, iluminados de pronto de verde y de pronto de azul por los fuegos artificiales que se anticipan al 4 de julio, se abren para dejar paso a los cuerpos enfundados en licra rosa y negra. Detrás de todas va Alonzo, con su camiseta de Lady Gaga, contonéandose de orgullo y suficiencia por ser el primer chico al que se permite tomar parte en el asunto. Los chopos pequeños de la replantación tras el último incendio, se mecen suavemente. La comitiva oscura y torpe deja una marca a su paso por el maizal. Sharona y una chica pelirroja ayudan a Tracy, que suda y resopla del esfuerzo, a saltar la cerca blanca.

 

No sé si hay cigarras en Oleena, pero en cuanto amanece y sube el calor se oye un zumbido como el de una tarde sin fuente en Alcalá de los Gazules, Cádiz. Suena la orquesta de la escuela, que se suma a destiempo al coro de mineros. Empieza el desfile. Barbacoas relucientes de grasa, botellas ya vacías, rostros escarlata y ojos turbios. Un niño llora y come al mismo tiempo una manzana de caramelo. Salen los caballos, con su suave remover de cascos. El sol de julio hace relucir los rizos de sus crines, la permanente impecable, las colas teñidas y llenas de ondas. Al final de la comitiva, la madre pony, con mechas cobrizas en las crines, camina y arrastra, la cuerda tensa, al beibi pony muerto, todo tirabuzones llenos de moscas.

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