Relatos de verano (III): Vacaciones indefinidas

Un relato de Néstor Gándara, con collage del Sr. García.


20 agosto 2015

Madriz-vacaciones-indefinidas

 

En la última Feria del Libro me cité con una editora de verdad. Nos bebimos tres dobles y hablamos de por qué la gente escribe. Ella dijo que no lo sabía, pese a enfrentarse a textos originales cada semana. Yo hablé de lo que conozco: hablé de mí. Dije que no sabía si se trataba de una cuestión de ego o de necesidad. De si escribía para que me leyeran o para vencer el desasosiego que me produce la cotidianidad. «Ni puta idea», dije, y le di un trago a la cerveza con tanta cara de duro que me atraganté.

 

La verdad es que eso del desasosiego se lee bastante llorica.

 

Aunque llevaba semanas sin teclear y ahora lo hago porque me he quedado en paro. Otra vez. Me han despedido tantas veces como me han contratado. Y me han contratado muchísimo, así que empiezo a acostumbrarme a esta línea discontinua de mi existencia. Meses de actividad frenética y salario fijo seguidos de meses de precariedad depresiva. Odio hacer menos cuanto menos tengo que hacer. Es tan tópico como empezar una novela el cuarto día que llevas en casa. Tumbado sobre una hamaca. Esta línea en cursiva lo cambia todo, ¿eh? El cuadro melancólico que había comenzando a pintar varía de tonalidad cuando digo «hamaca». Piensas en Caribe, palmeras y cocos. Y haces bien. Soy incapaz de sentirme realmente triste tumbado sobre la hamaca, y podría estar realmente contento con un ron en la mano… pero ni siquiera es mediodía.

 

El nombre de escritor sobrio es lo único que tengo: Roberto, Rober, Matas. Filántropo. Autor post-moderno. ¡Faquer! Rober Me Matas, podría ser mi alter ego famoso. El personaje de gafas oscuras y pene gigantesco que utilice una vez haya publicado. Sólo me falta la historia. Y confío en el material reunido sobre mis últimos diez años tirados a la basura. Alguna ex novia tarada y mi mujer actual. Un cachorro que le regalé a esta última después de una discusión, pensando que sería como un juguete que poder apagar cuando te cansaras de mordisquitos. La mal follada vecina de abajo, que ayer nos dejó una carta en el buzón pidiendo que cambiásemos de somier. El Hombre de la Tienda de los Discos, al que llamo así porque nunca recuerdo su nombre y querría como padrino de mis futuros hijos. Madrid en agosto, cuando la capital se vacía y puedes cruzar con los ojos cerrados los cuatro carriles de la Castellana. Y el quinto sin ascensor en el que vivo y escribo, tumbado sobre esta hamaca.

 

¿Existe otra cosa?

 

 

Frente a la puerta de la terraza hay un caja con hortalizas. Hay tomates cherry, lechugas y, si no recuerdo mal, pepinos. ¿Los pepinos son hortalizas? Las he metido dentro porque hay tormenta y no quiero que se ahoguen. Ya están bastante mustias. Las compré hace dos días con la idea de montar un pequeño huerto urbano y dudo entre darles más luz o agua-no-de-lluvia. ¿Por qué no me dicen lo que necesitan? Me gustan las plantas. Son más silenciosas que el perro y no se cagan en casa. Eso sí, las mato a decenas. Algún día me juzgará el Dios Leguminoso.

 

Por encima de la caja con pepinos, ya en la terraza, hay una sombrilla mojada en el suelo, tres sillas oxidadas, una mesa y un sofá. Todo revuelto. Sucio. Ayer comencé a reordenar el mobiliario de exterior con ilusión de catálogo de Ikea y abandoné a la media hora. Una buena metáfora de lo que me pasa con los trabajos. El primer día llego puntual y aseado, encantado de haber firmado la rutina que trae consigo el sustento, y conforme avanzan los meses voy apareciendo más y más tarde, hasta que me despiden por motivos disciplinarios. No se trata de un problema de disciplina.

 

A veces me aterra seguir así hasta los ochenta. Seré el viejo sin pensión con el extracto más largo de la Seguridad Social. La Agencia Tributaria lo enmarcará y expondrá en la oficina central. Cuando la gente haga cola para hacer su Declaración, mirarán el cuadrito con asombro y lo señalarán. Se harán fotos con él. El INEM organizará peregrinaciones de parados de larga duración para recordarles que siempre hay esperanza. Hubo un tío al que despidieron más que a todos vosotros.

 

 

Parece que deja de llover. Lástima. Me gusta que caigan gotas sobre Madrid. No pasa casi nunca y los humos tóxicos se condensan en la atmósfera. En verano me duele la cabeza y me sangra la nariz. Las señoras piensan que tomo drogas. El otro día hacía cola en el Carrefour y comenzó a fluirme el rojo por la fosa izquierda. Vaya escándalo. El cajero corriendo a por pañuelos. Las señoras dando grititos. Yo ya estoy más que acostumbrado. Esperé a que coagulara apretándome con dos dedos en el tabique y pagué la pasta de dientes. El cajero me regaló el paquete de pañuelos. De camino a casa evité mi reflejo en los escaparates. Menuda pinta de perturbado debía tener con el bigote lleno de sangre reseca y la caja de Colgate en la mano. No me encontré a ningún vecino en la escalera.

 

Ahora el envase vacío descansa al lado de la caja con plantas, esperando a que lo baje al cubo azul. Empezar a reciclar es el propósito de mis vacaciones indefinidas. El segundo escribir 40.000 palabras. El número publicable, según me contó un escritor de verdad que conocí. Tengo un plan infalible que consiste en escribir 1.000 al día y enviárselas a la editora con la que bebo cerveza en ferias. Así hasta llegar a los 40. Voy a acabar mi novela en un mes y medio. He echado cuentas y es el tiempo justo que podré vivir del finiquito.

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