Relatos de verano (IV): Si algo no soporto de Santa Clara son esos malditos vampiros

Un relato de Jorge de Cascante, con collage del Sr. García


27 agosto 2015

santa-clara-Madriz

 

Llevan diez años pensando en mudarse al campo. Ella no sabe si merece la pena dejar el puesto en la correduría de Conde Orgaz. ¿En dónde te van a contratar a tu edad, tía? Él duda de su adaptación al color verde y le dan miedo las polillas, la gente callada y que le quiten internet para siempre. Podrían vivir en la casa de un tía de ella de Palencia que se murió en el puente de mayo después de haberle pasado por encima una Renault Kangoo dos veces —la segunda marcha atrás— pero este verano, de momento, se lo van a comer de arriba a abajo en la ciudad.

 

Como pareja se dan el asco normal que se dan todas las parejas, pero a la vez se ven fuertes y piensan que pueden con lo que venga. En abril visitaron el Reina Sofía y merendaron en un sitio de perritos calientes. Fue la última tarde divertida que pasaron juntos. Hicieron bromas sobre los cuadros del museo, ella le llenó a él la cara de ketchup, persiguieron a un gato, entraron en un VIPS. Por la noche follaron un poco.

 

¿Cómo pasa el tiempo tan deprisa? De jóvenes él era un Fido Dido con ambiciones y ella una fan de Blur que reía y reía hasta que le dolía la tripa y se tenía que sentar. Hoy él huele todo el tiempo a plástico quemado y a témperas Jovi, un bebé gigante con los dedos como salchichas que ha pasado demasiado rato jugando solo en casa. Ella, siempre de negro, tiene cincelada en la cara la mirada de disimulo de los que intentan parar un taxi pero el taxi no les hace ningún caso. Los dos trabajan. Él traduciendo libros médicos y manuales de informática, ella en la correduría de seguros, enfrente de la catedral. Los dos tenaces y compactos como dos satélites hechos de roca nueva, dos estuches de carey, dos curris majos de Fraggle Rock, siempre con el casco puesto por motivos de seguridad.

 

Sus cuerpos heridos a causa de los desayunos a base de mañanitos y miniconchas Codán mojadas en Colacao Turbo, las croquetas de morcilla, los panes de medio metro. Ya no van al cine porque se les quedan las marcas de los reposabrazos en los costados, líneas rojas en la carne como rojos los estigmas de los santos. Un amanecer en el parking de la facultad en mil novecientos noventa y cinco se juraron que se querrían para siempre.

 

Él trabaja en casa, ve películas de madrugada y duerme hasta la hora de la comida. Las películas las ve dobladas al castellano porque se las sabe de memoria y en inglés se le hacen bola. Ve siempre Jóvenes Ocultos, El Chip Prodigioso, Mi Amigo Mac, El Señor de las Bestias. A ella ya sólo le apetece ver los conciertos de Año Nuevo. A veces él dice frases de las películas en voz alta, por encima de las voces de los dobladores, pero sólo sus preferidas, como cuando Edward Furlong saca billetes del cajero automático en Terminator 2 y dice diiinero fácil. Y se sube a una moto y se va.

 

Ella no soporta el sonido de la tele. Da paseos largos por Madrid, la tripa y las tetas botando como tres yoyós raspando el suelo, dianas perfectas para los arqueros emboscados en los ojos de la gente. Pasa por delante de una papelería Carlin que antes era la tienda en la que sus padres le compraban los juguetes de pequeña. A dos manzanas está la casa en la que vivía su primer novio, siempre piensa que se lo va a cruzar pero nunca se lo cruza, fantasea con cruzarse con él. Cruzárselo y que la diga que la ve guapa. Recuerda cómo hablaban ella y ese primer novio, echados en la manta escocesa de su madre, en el Parque del Oeste, recuerda cómo todas las palabras que salían de sus bocas parecían ir mucho más allá de lo que en verdad significaban. La semana pasada se metió en el Google Maps y recorrió haciendo clics las zonas por las que solían dar paseos de la mano, hace tantos pero tantos años.

 

Unos amigos que se han ido de vacaciones a Cadaqués les han dejado las llaves de la piscina que hay en la azotea del edificio en el que viven. Los dos solos metidos en el agua, encima del piso veintiséis, moviendo las piernecitas, cada cual apoyado en una esquina diferente. ¿Tú cuánto me quieres?, pregunta él. Los chorros de agua les pegan en las espaldas. Mucho, y lo sabes. Siempre te voy a querer, dice ella. Si la piscina fuese suya no saldrían jamás, se quedarían dentro hasta el final. Es imposible que haya una piscina así en el campo. Pocas cosas hay en la vida mejores que flotar en el agua. Quince de agosto, piso veintiséis. Están tan arriba que sólo se les puede ver desde el cielo.

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