Rendueles: “Para que la tecnología mejore nuestra vida, antes tenemos que hacernos con el control político de nuestra vida”

Internet desde la óptica política y la necesidad de pensar nuevos modelos de organización en comunidad. Ese es el tema que aborda el ensayo de César Rendueles “Sociofobia”. Por Ruben Pujol. 


27 noviembre 2013

 

Internet con i mayúscula. Uno se sigue preguntando porque le rendimos –también en la ortografía– ese trato diferencial a lo que no deja de ser un medio de comunicación, como si fuera un ente divino o un periodo geológico. César Rendueles (Girona, 1975) cuestiona esa fetichización de la tecnología desde una óptica política. Muy politizada, de hecho. Su ensayo “Sociofobia” (Libros del swing, 2013) es un modesto best-seller sobre la necesidad de regresar a los vínculos sociales sólidos y pensar nuevos modelos de organización en comunidad.

 

Rendueles, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid y especialista en la obra de Karl Marx, parte de los fenómenos del ciberfetichismo y la ciberutopía –esa creencia según la cual la tecnología nos trasladaría a un mundo postpolítico donde superararemos los dilemas prácticos de la modernidad– para realizar una crítica de mucho mayor alcance sobre la apatía general hacia la intervención política y las relaciones personales.

 

Acostumbrados como estamos a relacionarlos con el mundo a través de la red y a asociar la gran Internet con términos absolutos como libertad, democracia o información, leer a Rendueles produce un cierto shock de índole casi cronológica, pues para él los asuntos que la tecnología no puede hacernos olvidar son mucho más cercanos: como los lazos de comunidad, los cuidados mutuos y la ley de la dependencia. Como escribe Rendueles, Internet no es un lugar ni un forma de organizarse alternativa, sino apenas una herramienta: útil una vez la gente ha salido a la calle, pero no para que salga a la calle.

 

¿Qué te impulsó a escribir este libro? ¿Crees que la crítica al ciberutopismo –como los más conocidos de Jaron Lanier— se limitan al ámbito de lo tecnológico y no proponen modelos de sociedad? Y viceversa: parece evidente que un modelo social –capitalista o postcapitalista– debe tener en cuenta la función de internet en los vínculos sociales. ¿Por qué crees que hasta ahora ninguna corriente política, alternativa o no, ha tratado de pensar en estos términos?

En realidad, inicialmente no tenía intención de escribir sobre tecnología sino sobre las posibilidades de transformación social. La tecnología es algo con lo que me encontré por el camino y que uso más que nada como un largo ejemplo. Pero es cierto que la mayor parte de las  críticas al tecnoutopismo contemporáneo se mueven en un terreno ideológico en el que no me reconozco. Es extraño, porque algunas de las interpretaciones tradicionales más vigorosas de los efectos del cambio tecnológico proceden del antagonismo político. Ya desde el ludismo, que no fue un movimiento ingenuo sino, al contrario, profundamente realista. Los luditas no creían que las máquinas fueran maléficas, pero tampoco estaban dispuestos a autoinmolarse en aras del progreso tecnológico. En general, lo que ha mantenido la izquierda política es que para que las máquinas sean socialmente eficaces necesitamos emprender cambios políticos de gran alcance. Para que la tecnología mejore nuestra vida, antes tenemos que hacernos con el control político de nuestra vida.

 

El libro tiene un tono analítico y académico, pero al fin se nota algo de indignación, por no decir enfado, cuando entras a tratar el consumismo. Y dices: “Hoy podemos acceder a la alienación consumista sin la mediación del dinero.” ¿Es aún peor ese consumismo sin necesidad de dinero? ¿Crees que de alguna manera impide que haya conciencia de clase?

El consumismo no tiene que ver sólo con gastar mucho o poco dinero, sino con esa forma en que nos definimos por nuestras preferencias: la música que nos gusta, nuestro estilo de vida…  Todo a nuestro alrededor está diseñado para que nuestros gustos, casi siempre mediados por las compras, sean nuestras principales señas de identidad. Nos concebimos como sumas de elecciones cuya única coherencia es que han sido elegidas por nosotros. Creo que esa forma de identidad personal es incompatible con la intervención política y, más en general, con una vida en común digna de tal nombre. Los aspectos más significativos de nuestras vidas tienen que ver con los compromisos que asumimos libremente, no con nuestras preferencias comerciales.

 

El público en general es muy crítico con “la clase política”, y en los últimos años también con los banqueros y grandes empresas, pero se lanzan a los brazos de Google, Apple y otras grandes marcas de la tecnología sin apenas plantearse cómo funcionan, qué intereses esconden o incluso cómo defraudan impuestos. ¿Por qué crees que las empresas tecnológicas poseen ese aura de santidad fetichista?
La magia del mercado reside en su aparente automatismo, parece capaz de coordinarnos sin que tengamos que ponernos de acuerdo. Da la impresión de que allí donde domina el comercio superamos las raíces del conflicto político, en el sentido de que no necesitamos alcanzar consensos acerca del gobierno de los asuntos comunes: el mercado toma esas decisiones por nosotros. La lógica mercantil produce enormes problemas pero tienen el aspecto de una catástrofe meteorológica, con víctimas pero sin culpables. En el caso de Google o Apple se añade la enorme capacidad consensual de la tecnología. Casi en lo único en lo que todas las opciones políticas coinciden es en que la tecnología más reciente es terriblemente importante para solucionar desafíos de toda índole, desde la crisis ecológica hasta la desigualdad pasando por el fracaso escolar. Y todo ello sin enfrentamientos políticos, sencillamente dejando hacer a unos cuantos ingenieros… y a los accionistas que los financian, claro.

 

Por otro lado, a través de internet crecen también movimientos ciberanarquistas que tratan de funcionar al margen de los estados. ¿Qué opinión te merecen movimientos como Anonymous o Wikileaks que usan la red para combatir el capitalismo?

No creo que Anonymous o Wikileaks pretendan estar combatiendo el capitalismo. Me parece que son movimientos comprometidos con la idea de que la red es un nuevo espacio político más libre que la esfera pública clásica. Por eso en el fondo son proyectos que conciben la política de una manera muy tradicional. No lo digo como algo malo. Al contrario, seguramente ese es su aspecto más positivo. Su dimensión más negativa es que son proyectos que se centran en los medios, en los procedimientos, y no en las condiciones reales en las que vive la gente. A mí no sólo me interesa que la información esté disponible para cualquiera, sino también cuáles son las condiciones materiales de acceso a esa información por parte de personas reales.

 

En “Es usted un psicópata?”,  el periodista Jon Ronson se propone investigar qué es lo que la comunidad psiquiátrica considera un psicópata, y entre otras cosas descubre que según sus criterios, muchos de los gobernantes y ejecutivos de éxito se ajustan a ese perfil ultraindividualista sin empatía por los demás. ¿Crees tu también que el sociófobo, como el psicópata, tiene más posibilidades de triunfar, entendido en los términos del capitalismo?
Sí, sin duda. Las personas compasivas y bondadosas no tienen ninguna opción en el mercado. En particular, el mercado de trabajo es una gran maquinaria que homogeneiza tareas que no tienen nada que ver entre sí. Llamamos trabajo tanto a ocupaciones interesantes y apasionantes como a otras atroces y alienantes. En realidad, lo único que tienen en común es que les hemos puesto un precio. Del mismo modo, pasamos por alto una enorme cantidad de quehaceres importantísimos, como el trabajo doméstico, porque no están remunerados. El mercado laboral es una institución diseñada para reducir nuestro umbral de empatía al de una garrapata.

 

Criticas que las ciencias sociales se han esforzado en los últimos años por soltar teorías y lanzar “falsas promesas explicativas” y luego irse de rositas. ¿Cuál crees que debería ser su función?
Vivimos en un mundo social muy opaco donde, por ejemplo, los mecanismos de la desigualdad social no son evidentes. No hay ninguna ley que diga que las élites deben perpetuarse en el poder, pero tres de cada cuatro cargos directivos están ocupados por hijos de altos cargos. Así que necesitamos alguna clase de instrumento analítico que nos permita entender mejor esa realidad social tan oscura. Pero son herramientas muy modestas, muy de andar por casa. Se parecen más a la repostería que a la física. Dicho sea de paso, estoy más que harto de que las mismas personas que defendieron con sofisticadas ecuaciones lo que a todas luces era un timo piramidal inmobiliario nos den ahora lecciones sobre lo que tenemos que hacer. Todavía estoy esperando a que pidan perdón. El único comunicado que espero de los think tanks financieros es el que anuncie su disolución.

 

Por último, permíteme que te diga que me sorprende, teniendo en cuenta que eres un experto en Marx, que en ningún momento te refieres a internet como “el opio del pueblo”. ¿Por qué?
Bueno, en alguna ocasión he escrito que Twitter es la pasta base de las almas bellas.

 

Sociofobía. El cambio político en la era de la utopía digital.
De César Rendueles
Capitán Swing
206 páginas
15 euros

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