Retratos del Madrid Salvaje (2): Sherlock Holmes contra Fantômas, un combate en pleno centro de Madrid

En el Madrid de comienzos del siglo pasado, un policía apodado «el Sherlock Holmes español» logró lo que nadie había conseguido: capturar al Fantômas de carne y hueso, al escurridizo «rey de los ladrones» cuya vida sirvió de inspiración para el famoso archivillano del cine y la literatura. Por Servando Rocha


15 julio 2015

Fantomas 3

 

Surgía del subsuelo y, durante años, causó pavor. Pudimos verlo escalando edificios con una habilidad magistral y siempre oculto bajo el traje y la capucha negras. También surgiendo de una alcantarilla o apareciendo como por arte de magia del interior de un armario. Sus artimañas para causar el mal no tenían comparación: creó una plaga de ratas infectadas con la peste, fabricó venenos y provocó calamidades de todo tipo. Es el legendario Fantômas, el primer gran archivillano, creado en 1911 por la pareja de escritores Pierre Souvestre y Marcel Allain y que, dos años más tarde, el director de cine Louis Feuillade acabó consagrándolo como símbolo eterno de un mal sofisticado y elegante gracias a la serie de cinco magistrales películas que lo tenía como protagonista.

 

Fantômas fue un personaje fundamental en la historia del crimen y la cultura popular, el más famoso de los ladrones de guante blanco y la transición entre los antiguos villanos, casi góticos, con el criminal moderno. Sin embargo, no muchos saben que tras él, bajo aquella máscara creada por la ficción, se escondía un personaje real del que sus creadores tomaron el nombre. Souvestre, Allain y medio mundo, habían oído hablar de las increíbles dotes para el robo de aquel hombre de carne y hueso al que la prensa llamaba «Le fantôme» (es decir «El fantasma»).

 

Durante más de una década fue el más grande. Lo llamaban «el rey de los ladrones». Era escurridizo, sumamente astuto y listo. Apenas se sabía nada de él. Tenía decenas de órdenes de búsqueda y captura, desde Nueva York, París o Londres. La lista era interminable. Utilizaba decenas de identidades falsas: se había presentado como escultor bohemio, piloto acrobático o marqués, pero también bajo nombres falsos. «No podía dudarse de él -cuenta El Imparcial en su edición del 25 de septiembre de 1916-. Poseedor de media docena de idiomas, de educación suprema, vestido a la última, correcto y conocedor de los salones de la alta sociedad, en San Sebastián fue estimadísima su tarjeta de visita, que decía “Teddy Moran“». Vestía impecables fracs y era un experto en encandilar, con una vida y obra inventada, a viudas acaudaladas. En Madrid, por ejemplo, llegó hasta los círculos más altos, como el círculo alrededor de la infanta Isabel, tía del rey Alfonso XIII, a la que conoció y, posiblemente, cortejó. Hablaba con gran solvencia inglés, francés, italiano, alemán e, incluso, catalán, ya que era natural de Palma de Mallorca. De todo aquel impresionante historial, lo único cierto era que había estado en medio mundo, en una odisea prodigiosa consagrada al crimen. «”Teddy Moran”, más que ladrón, ha sido un glotón de la vida del buen mundo -continúa El Imparcial-. Ha logrado bailar el tango con las más bellas mujeres de Europa y América y en todas partes se le ha admirado su compostura, su trato, su elegancia y su conocimiento de cuantas materias trataba».

 

Fantomas 5

 

Policías contra ladrones

 

Hasta entonces, todo había ido sobre ruedas. Viajaba con su amante Leonor Fioravanti y ambos hacían una pareja perfecta. Su único error fue visitar Madrid en 1916 y caer bajo las dotes investigadoras de Ramón Fernández-Luna, jefe de la Brigada de Investigación Criminal de la ciudad y apodado «el Sherlock Holmes español», que comenzó a sospechar de él. Llevado por una pista que nadie creía, decidió detener a un apuesto hombre llamado Eduardo Arcos Puch, aparentemente un vulgar estafador. Pero Fernández-Luna sospechaba que se trataba del verdadero Fantômas.

 

Fantomas y Leonor Fioravanti.

Fantomas y Leonor Fioravanti.

 

Su detención se produjo en el tercer piso del número 3 de la calle Apodaca, una pensión en pleno centro de Madrid, donde vivía un tal Luis, que en los dos únicos días que llevaba en el lugar había llamado la atención de los inquilinos y vecinos por su impecable aspecto y sus hábitos caros y refinados. En la madrugada del 22 de junio, una pareja de agentes irrumpió en su habitación y lo detuvo mientras dormía. Al comprobar la casa, se hicieron con algunas pistas que resultaron fatales para el famoso ladrón. Al día siguiente hallaron varias maletas que contenían todo tipo de trajes y herramientas para abrir cerraduras con total tranquilidad y otros utensilios. Posteriormente, dieron con la célebre malla y capucha negras, casi calcadas a las utilizadas por el Fantômas de ficción. Al mismo tiempo, su amante y cómplice fue detenida muy cerca de allí, en el número 15 de la calle Churruca.

La extraña calavera

 

También había un extraño objeto, una calavera con la que iniciaba sus peculiares números de seducción. Según se supo más tarde, solía instalarse en habitaciones de hoteles lujosos y, a la vista del servicio, sacaba la calavera, que dejaba en la mesilla de noche junto al retrato de una bella actriz que aseguraba ser su amada ya fallecida. El relato que contaba era trágico, conmovedor, perfecto. Su interpretación lo convertía en un personaje único, romántico y afectado, alguien misterioso. Luego llegaban las habladurías entre el servicio del hotel, que rápidamente atraían a viudas millonarias, que terminaban siendo desvalijadas. «Entonces Fantômas despliega sus atractivos personales -cuenta el periódico La Época del 23 de septiembre de 1916- y con un tono romántico, que le va muy bien, coloca la historieta por centésima vez: “Fue en Monte Carlo, una noche que se daba el 14 encarnado con una insistencia trágica…”. En un rapto de celos, mató a la mujer que amaba con locura, y desde entonces conserva el cráneo de la difunta».

 

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Eduardo Arcos Puch.

 

En comisaría, Eduardo Arcos Puch se mostró tranquilo y educado, confiado de que no existían pruebas contra él. Su expediente policial estaba limpio, o así lo creía. Pero Fernández-Luna había seguido su pista un poco antes, cuando participó en una partida de cartas amañada por la que fue detenido. Un empresario andaluz, que había perdido un dineral aquella noche, descubrió el engaño y denunció al tal «Eddy», que fue detenido y fichado. Sin embargo, tras ser puesto en disposición del Juzgado, logró huir. Sorprendentemente no abandonó la ciudad. Lo primero que hizo fue esconderse una horas en un cine del centro donde proyectaban una película policial (la realidad imita al cine y viceversa). Al salir, en un periódico vio un anuncio de una pensión, situada muy cerca de allí. Fernández-Luna, convencido de que en realidad era otra persona muy distinta a la que decía ser, envió su retrato a comisarías de Zaragoza, Barcelona, Valencia o San Sebastián. Al cabo de unos días, comenzaron a llegar informes que lo señalaban como autor de decenas de importantes robos. El historial era enorme, más aún cuando también llegaron requerimientos desde Berlín o Montevideo.

 

Fue el final de Fantômas. O puede que no.

 

Espía y «bandido doblemente armado»

 

Su vida aventurera no acabó ahí. Quedó en libertad poco después (ignoro las causas) y la pareja se terminó separando definitivamente en Nueva York. Al parecer, Fantômas había vuelto a las andadas al descubrírsele una aventura con la bailarina Isadora Duncan. Más tarde, trabajó como espía para el gobierno inglés e incluso, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, fue el mejor de los agentes secretos, convirtiéndose en azote de los nazis.

 

Fantomas 4

 

Por cierto, si indagáis en la historia reciente del número 3 de la calle Apodaca de Madrid, donde fue detenido Fantômas, os encontraréis con una gran sorpresa y una coincidencia aún mayor: hasta hace pocos años, fue la sede de una librería-cafetería cuyo nombre parece recordar su figura: El bandido doblemente armado.

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