Retratos del Madrid salvaje (3): Destruirlo todo, crearlo todo

Los tiempos en que Madrid olía a gasolina y fuego. Una crónica de «la otra Movida», de los primeros punks de Madrid y del momento en que todo surgió. Hablamos con Alberto Eiriz, uno de los primeros punks y autor del legendario fanzine Penetración. Por Servando Rocha


10 agosto 2015

Rodaje en La Bobia de "Laberinto de Pasiones" (1982).

Rodaje en La Bobia de “Laberinto de Pasiones” (1982).

 

Rastro de Madrid, al final de la plaza de Cascorro y junto a La Bobia (calle San Millán nº3), un histórico local que hace poco reabrió sus puertas con el mismo nombre. Es el año 1981 y Manolo Uvi, acompañado por el guitarrista de su banda La Uvi, interpreta versiones de The Stooges mientras pasa la gorra. Frente a él, en grupos repartidos por la acera compartiendo litronas y porros, hay jóvenes punks, rockeros, tipos alucinados que parecen haber regresado de una guerra y varios curiosos. Puedes ver a gente de Kaka de Luxe o aquellos otros que capitaneaban el mítico fanzine La Liviandad del Imperdible. Cada cierto tiempo hay peleas y algún navajazo. Es un instante único en un momento también único. Dos o tres años antes han empezado a verse los primeros punks de la capital y, junto a ellos, otra escena llamada a formar parte de eso tan difuso y a veces engañoso conocido como «La Movida». Son los primeros meses de algo todavía en formación y que eclipsará la escena madrileña: Parálisis Permanente. «Ese lugar era muy especial. Allí nos juntábamos todos. Podías ver a Alaska y sus colegas junto a punks», cuenta  Alberto Eiriz. La Bobia quedó inmortalizada en el personaje de Patty Diphusa, interpretado por Fabio McNamara, en Laberinto de Pasiones, dirigida en 1982 por Pedro Almodóvar. En sus palabras hay algo especial. Sabe que aquello fue auténtico e irrepetible, algo propio de tiempos en transición, gente haciendo cosas casi en la oscuridad en aquel Madrid sorprendente.

 

Alberto y, detrás de él, Gaboni.

Alberto y, detrás de él, Gaboni.

 

The Stooges era precisamente el tipo de grupo que servía para unir tribus y Manolo Uvi la clase de persona que podía llevarte de un lugar a otro, de una escena más vinculada al arte y lo visual, formada por músicos conviviendo junto a artistas y viceversa, a otra distinta pero con muchos puentes comunes: punks politizados, nihilistas, chavales de barrio que simplemente quieren quemarlo todo. Una de aquellas canciones que solía tocar junto a La Bobia podía ser «No fun». Porque aquel Madrid también tenía su rostro oculto, su parte maldita. Y podía no ser divertido. En medio de un país en construcción permanente, con las fuerzas fascistas, justo antes del golpe de estado, tramando la forma de volver a recuperar todo ese poder y con bandas juveniles que podían enviarte al hospital: «Estaba la gente de Fuerza Nueva, pero el tema de la violencia era muy diferente a lo que sucede hoy. Recuerdo un día, en torno a 1981, mientras paseaba por Moncloa junto a varios colegas, alguno de los que formarían Delincuencia Sonora, llegaron una veintena de fachas, todos muy pijos. Algunos, dispuestos a pegarnos, empezaron a colocarse los guantes. Un amigo fue agredido y tuvimos que salir corriendo».

 

Juan Carlos y Alberto en el Rastro.

Juan Carlos y Alberto en el Rastro.

 

Alberto es un superviviente de aquel mundo. Todo aquel que busque cuando, como y donde de aquellos años, tarde o temprano se dará de bruces con su nombre o el de su fanzine. Fue uno de los primeros punks de Madrid y el creador de Penetración, uno de los primeros fanzines punk del estado y, sin duda, el pionero en incorporar el discurso y la estética de los británicos Crass al punk de este país. Anarquismo y la máxima libertaria de «un acto de destrucción puede ser también un acto de creación». Destruirlo todo, crearlo todo. En aquellos días, su fanzine era un verdadero centro de información. Se carteaba con medio país y más allá: el legendario Maximun Rock and Roll, presos y grupos armados de los años del plomo, Irlanda en estado de guerra.

 

En 1981 tenía veintiún años y acababa de terminar una mili que casi lo destrozó y convirtió en un juguete roto. Pero le hizo más fuerte. Tras dieciocho meses de servicio militar, de los que seis los pasó en el calabozo, aterrizó en una ciudad en transformación. Antes, se había educado escuchando cintas piratas y leyendo los primeros fanzines y revistas como Star o Ajoblanco. «En 1978 había gente antifascista del instituto que se sorprendía de que escuchase a bandas punks -cuenta divertido-. La imagen que se tenía era por lo que había pasado en Inglaterra. Lo que me atrajo fue la actitud antitodo y ácrata del punk, un poco nihilista». Manolo «Drácula», que montaba un puesto con cintas en el rastro, le puso en contacto con Juan Carlos, quién había estado en Londres y visto en directo a todas las bandas punks de la época, no solo a Crass sino a Bauhaus, que tendrá una gran influencia en bandas como Parálisis Permanente, y muchas otras.

 

De izquierda a derecha Göran, Javier Couso hoy eurodiputado con IU y Alberto.

De izquierda a derecha Göran, Javier Couso hoy eurodiputado con IU y Alberto.

 

Aquel año de 1981 fue importante por varias cosas. De la noche a la mañana comenzaron a aparecer las primeras divisiones y enfrentamientos. «Skins, punks y mods íbamos a los mismos bares. Los punks ya le dábamos vueltas a algunas cosas, quizás no demasiado, pero nos empezaba a interesar todo el tema político. De repente, la gente empezó a fragmentarse y dividirse. Esto sucedió en el transcurso de un año. Empecé a ver a gente que poco a poco iba cambiando y radicalizando su estética y, en seis meses, tenías que cambiarte de acera porque sabías que ahora era fascista y te podía matar a palos», recuerda con tristeza. Todo esto sucedió antes de los ataques a manos de las terribles pandillas de skins nazis de la Plaza de los Cubos, antes incluso de aquellos otros surgidos en Argüelles y Moncloa o de los asiduos al fondo sur del Bernabéu y al Bunker, un garito de Chueca. «Muchos de los primeros skins nazis provenían del punk», confiesa Alberto.

 

La violencia parecía inevitable. Había quedadas y choques entre punks, que se aliaron con los mods, y grupos de rockers. Madrid, de la mano de revistas como La Luna de Madrid, parecía festejar un renacimiento, pero el decorado era cartón piedra. «Los punks estábamos hartos de la poli. Muchos colegas votaron a Tierno Galván. La decepción fue grande. En menos de un año Juan Barranco organizó el cuerpo de Antidisturbios». Se sucedieron fuegos, hogueras, luchas que sacudieron la ciudad. Los punks de Madrid vivieron momentos que jamás olvidarían gracias a los esfuerzos de Alberto, que publicó discos y montó conciertos legendarios, como los de BGK, Delincuencia Sonora o aquel de los estadounidenses MDC junto a RIP y Larsen en la desaparecida sala Imperio, un antiguo cine de Carabanchel. Las leyendas siempre tienen algo de ficción. La realidad, en cambio, es más cruda: el concierto se retrasó porque RIP andaban buscando caballo. «Uno de mis conciertos favoritos fue el de UK Subs en el Rock-Ola, donde entraba gratis porque Juan Carlos trabajaba de portero. También Stiff Little Fingers en la sala Marquee. Podías desmayarte del calor que hacía».

 

Joni, Strong y Alberto.

Joni, Strong y Alberto.

 

En febrero de 1985 se publicó el último número de Penetración. Entonces, la situación había cambiado mucho. Menos inocencia, desencanto político y violencia. Una de las últimas ideas que tuvo Alberto fue casi un gesto que pretendía dejar claro como había sido todo al principio, regresando aquella escena junto a La Bobia, con Manolo Uvi pasando la gorra e interpretando a The Stooges. Recuperó una grabación del concierto de Iggy Pop en Badalona en 1979 durante su gira New Values y, sin pedir permiso a nadie, publicó un single con un sonido muy malo pero que conservaba el espíritu de una época irrepetible. Por supuesto, en el disco puedes escuchar «No fun». En aquel caso, fue divertido.

 

Nos despedimos con un abrazo, pero antes le pregunto por el futuro, por el sueño de un mundo mejor. «Al principio piensas mucho en eso, pero luego te das cuenta de que algo falla. Antes creía que se trataba de cambiar la sociedad, pero luego comprendí que primero es uno el que tiene que cambiar, que sin cambiar nosotros mismos no puedes cambiar el resto. Y que ellos, los cabrones, no cambian».

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