Retratos del Madrid salvaje (4): “¡Traedme la cabeza de El Duende!” El misterioso panfleto que agitó Madrid

Las aventuras de un misterioso agitador y autor del primer periódico satírico de España, un Mongolia del siglo XVIII que apareció cada jueves, a medianoche, en las calles de Madrid. Denunciaba las corrupciones e injusticias de la Corte y pusieron precio a su cabeza. Por Servando Rocha


26 agosto 2015

Cae la noche en Madrid y, como cada jueves, un fraile camina por el centro de la ciudad. Lo hace con prisa y, cada cierto tiempo, se detiene y mira a su alrededor. Luego, con la misma determinación, continúa su camino hasta que, en un momento dado y tras nuevamente escrutar la oscura y silenciosa calle, saca de debajo de su hábito unos panfletos que fija en la pared. Están repartidos en los muros de las iglesias o en las puertas de comercios. Sin embargo, también aparecen en Palacio. Amanece y el todopoderoso José Patiño, el hombre que controla casi todos los ministerios y los asuntos de Estado, se levanta y en un bolsillo de sus ropas encuentra uno que dice: “Yo soy en la Corte / Un crítico Duende / Que todos me miran / Y nadie me entiende  / Cuando meto ruido / En el Gabinete / Asusto a Patiño / Y enfado a los Reyes”. Patiño, fuera de sí, sale de su habitación y grita: “¡Traedme la cabeza de El Duende!”.

 

José Patiño (Rafael Tejeo, 1828).

José Patiño (Rafael Tejeo, 1828).

 

Cada jueves, durante seis meses, desde el 8 de diciembre de 1735 hasta el 17 de mayo de 1736, salió un panfleto sin cabecera pero firmado por el misterioso “Duende de Madrid” que desencadenó una oleada de histeria y preocupación en la Corte. Durante ese tiempo y mucho después (el panfleto, a pesar de que la aventura había acabado, fue copiado y apareció cada cierto tiempo), en las tertulias y la vida cultural y política de la capital no se habló de otra cosa. La mayoría de los madrileños, sin embargo, apoyaban la osadía de El Duende: decía verdades prohibidas para el resto, criticaba al poder, denunciaba la corrupción y lo hacía, además, con sátira y humor. La historia de El Duende Crítico de Madrid es casi un cuento de hadas, un ejercicio de subversión y disidencia con las armas de la sátira cuando nadie se atrevía a hacer algo así: te jugabas la vida, el cruel destierro o las horrorosas galeras.

 

Un Mongolia del siglo XVIII

 

Austero y copiado a mano, carecía de cabecera o título. Tampoco tenía comité de redacción, sino solo la firma de “El Duende”. Salía invariablemente cada jueves, por lo que pronto fue conocido como La Gacetilla (La Gazeta, que salía cada martes, era el único periódico existente). Considerado como el primer periódico satírico de España, adelantó en casi tres siglos a fenómenos hoy célebres como el agit prop exhibido por los periódicos contraculturales y panfletos políticos del siglo pasado o la guerrilla de la comunicación, que grupos informales y fantasmagóricos como Luther Blissett popularizaron a mediados de los noventa. Es, por supuesto, nuestro antecedente más remoto del periódico Mongolia, un WikiLeaks en pleno siglo XVIII que tuvo lugar en el viejo Madrid. Y su final, además, fue feliz.

 

Portada de un periódico de 1830 imitador de El Duende.

Portada de un periódico de 1830 imitador de El Duende.

 

El Duende fue un misterio que llamó a nuevos misterios. Medio siglo después de desaparecer el panfleto, en agosto de 1791, y en una ciudad distinta, Valencia, la Inquisición recibió una denuncia particular que instaba a investigar y prohibir una antología de El Duende. El dictamen del inquisidor no deja duda alguna: “Apenas ay, no digo página, mas ni una línea, en que no ridiculice y tizne con los mas negros colores, no solo a Dn. Josef Patiño, primer ministro entonces de España, y al cardenal Molina… sino también al mismo Felipe quinto, y mucho mas, aunque con el velo de la ironia, a la Reyna Dña. Isabel de Farnesio, vulgo la Parmesana […]. Por todo lo cual juzgo uno y otro manuscrito mas dignos del fuego que del libre curso, por escandalosos, piarum aurium ofensivos, eversivos de la caridad mandada por Jesu Christo, y enormemente abusivos de lo que tiene de mas sagrado nuestro santa Religion”.

 

Se suceden las copias del manuscrito original y sus versiones libres. El Duende parecía replicarse. Ahora estaba en todas partes. Teófanes Egido, autor de Prensa clandestina española, afirma que existen ejemplares de El Duende hasta en sesenta bibliotecas de todo el mundo, la mayoría variaciones del original, hoy imposible de localizar, al que incluyeron añadidos y suplementos. Otro informe de los inquisidores muestra el odio que provocaban sus versos y prosas cargadas de denuncia: “Repito pues que deben prohibirse estos dos tomitos, por abusar del ellos de la sagrada Escritura contra el debido respeto que se merece, y contra el precepto del Concilio de Tridentino. Por contener relaciones escandalosas, irrisorias de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesucristo, por hazer burla del modo y práctica con que se explican en la Iglesia los misterios de fe, y las obligaciones del christiano. Porque contiene relaciones en que se saca escarnio de la Confesión sacramental. Por ser toda la obra injuriosa y denigratoria de los Reyes de España y sus primeros Ministros, cuyas providencias debemos cumplir exactamente. Por ser toda la obra contra la caridad christiana y provocativa a la rebelión, desobediencia y murmuraciones del vasallo contra el Monarca y su gobierno. Por excitar en los ánimos dudas sobre el legítimo derecho o caída de los Reyes… Y así la obra es escandalosa y muy perjudicial a la paz y tranquilidad de la Monarquía; a más que no se puede seguir ni un átomo de utilidad de que corra libre”.

 

Duende

 

Se puso precio a la cabeza del que se hacía llamar El Duende. También se hicieron batidas y registros, pero continuaron saliendo las hojas, que aparecían en los lugares más insospechados. El Duende parecía ser eso mismo: un ser fantasmal y fanfarrón imposible de atrapar, un verdadero y escurridizo duende. Se cumplían las palabras que, como un desafío, lanzó en su primer número: “Como no me miran / Aunque me ven siempre / Ni saben quién soy / Ni saberlo pueden […] / No hay que conjurarme / Para conocerme / Porque yo soy solo / El crítico Duende”. Patiño, enfurecido, ordenó detenciones y confesiones a hierro candente. Muchos madrileños, que no tenían idea de la identidad del autor pero que habían sido detenidos en posesión de los panfletos, sufrieron prisión. Se abrió una gran investigación, pero durante semanas no se tuvo la más mínima pista. Debía tratarse de alguien bien informado, próximo a la Corte, un hombre culto y hábil que utilizaba la noche para ocultarse. Las pesquisas acabaron en un antiguo oficial del ejército portugués y entonces fraile, Manuel Freire de Silva (este era su nombre como religioso. Su verdadero nombre era Manuel Ferreira de Carballo Fernández de Heredia), pero para entonces decenas de personas habían hecho copias a mano, que guardaron celosamente y que luego empezaron a publicarse.

 

El fraile agitador

 

La vida del fraile había sido agitada. Tras marchar a la guerra, cayó preso en París, al parecer confundido con un espía. Recluido en la temible Bastilla, creyó que no saldría con vida de aquella tumba. Sin embargo, gracias a algunos contactos, logró la libertad. Fue entonces cuando cambió radicalmente de vida. Tras su noviciado en Navarra, marchó a Madrid, donde vivía su familia. Allí ingresó en el Convento de los Carmelitas Descalzos. Nada más llegar se ganó la admiración de sus compañeros. Entre los pocos datos que tenemos de él, llaman la atención estas declaraciones de uno de los frailes que lo conoció y que lo describe de este modo: “El gran aplauso con que era oído de todos en el Púlpito, lo sazonado de su erudita conversación: su talento, y singular religioso modo, sin afectación: su habilidad en el manejo de cualquier negocio difícil, y escabroso; y finalmente lo universal de sus amables prendas, le hicieron considerar de los suyos por un sugeto de extremo aprecio”. Es entonces cuando decide adoptar el disfraz y pasar a la clandestinidad. Se convierte en El Duende, un justiciero sin rostro. Y surge la leyenda. Pero algo sale mal. El 24 de mayo de 1736 debe salir el siguiente número. Sin embargo, los madrileños se levantan sin noticias del agitador. Pronto la noticia se difunde por toda la ciudad: El Duende ha caído.

 

Ya en prisión y a la espera de un juicio que sabe de antemano que será una pantomima, se imagina una rápida ejecución o quizás un tormento mayor (las galeras, prisión de por vida…). Entonces traza un plan. Dijimos que estamos ante un final feliz: El Duende, haciendo honor a su fama de escurridizo, una vez que es detenido y encarcelado, logra fugarse. Es el 17 de marzo de 1737 y, un mes más tarde, consigue alcanzar la frontera portuguesa.

 

Su rastro termina en Italia, concretamente en Florencia. El que fuese el célebre Duende tiene ahora cincuenta y cuatro años. No hay casi dato alguno sobre su vida como religioso en aquella ciudad. Su rastro se difumina y se pierde en el tiempo. Muere en el convento de Pieta, en Prato, en plena Toscana. En su círculo, lo conocen como un personaje brillante e inteligente. También misterioso. El 9 de agosto de 1770, a los ochenta años de edad, muere en medio de ese mismo misterio.

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Comentarios:

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eloy says:

Extraordinaria la vida de este hombre del sigloxviii
Aunque en estos momentos me temo que tambien lo juzgarian

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