Retratos del Madrid Salvaje (5): El edificio del fuego

Un edificio, situado en pleno centro de Madrid, que parece atraer las llamas y que fue cantado por la banda pop Derribos Arias. Los almacenes Arias, un gran comercio de saldos cuyo solar hoy lo ocupan los cines Acteón, fueron protagonistas de una historia de conspiraciones, pavorosos incendios y anarquistas armados. Por Servando Rocha


24 septiembre 2015

Incendio de los Arias en 1987.

Incendio de los Arias en 1987.

 

El derribo del Arias y la tragedia que cantó el pop

 

Fue una tragedia insinuada por el pop. En 1987, el año en que los legendarios Derribos Arias se disolvieron, los almacenes que daban nombre al grupo fueron devastados por un espantoso incendio. Derribos Arias, la banda, resumieron con su nombre una tragedia que sumó muchos muertos y alimentó aún más el malditismo de un edificio que parecía atraer al fuego. Fue una noche que jamás olvidarán los vecinos de la céntrica calle Montera, donde estaba situado el famoso local. Durante la madrugada del cinco de septiembre de 1987, los almacenes Arias ardieron en un pavoroso incendio desencadenado en su tercera planta. La desgracia atrajo más desgracia: tras venirse abajo la estructura metálica, una decena de bomberos murieron sepultados entre los escombros. Actualmente, en ese mismo lugar, puede verse una placa que reza: «Al Cuerpo de Bomberos en recuerdo y homenaje a los diez bomberos que perdieron su vida en este lugar en acto de servicio el día 5 de septiembre de 1987. El pueblo de Madrid. Su Ayuntamiento. Agradecidos».

 

Poch, de Derribos Arias, fotografiado por Mariví Ibarrola en 1982.

Poch, de Derribos Arias, fotografiado por Mariví Ibarrola en 1982.

 

La rapidez del fuego fue impresionante y el dinero aún estaba en las cajas cuando llegó un alarmado Juan Barranco, entonces alcalde de Madrid. Mientras las llamas devastaban el inmueble, estaba muy lejos de allí, en la plaza de Las Ventas, escuchando a Joan Manuel Serrat. El edificio terminó derribado y entonces hubo quién entonó la canción homónima del grupo liderado por el carismático Poch: «Si usted quiere dinamitar el suelo / que pisa su peor enemigo / ahora es muy fácil de conseguir / y a muy ajustados precios / En la guía, en el listín / Derribos Arias / la centralita de información de Derribos Arias».

 

Réplicas que nunca mueren

 

Luego, poco a poco, comenzó otro incendio, aunque de una naturaleza distinta. En este caso, la polémica se desencadenó cuando algunos familiares de las víctimas denunciaron que el fuego había sido provocado por la misma familia Arias, propietaria del edificio. Las críticas también se dirigieron contra el propio Ayuntamiento. Las acusaciones, que llegaron al juzgado, parecían levantarse sobre sospechas más o menos fundadas: los Arias, un poderoso clan familiar, debían afrontar numerosos despidos; la tragedia les haría cobrar el seguro y, además, escudarse en la ruina para pagar menos. Sin embargo, tres años después, en 1990, la causa fue archivada.

 

El lugar, un solar desnudo aún humeante durante semanas, ennegrecido y con fama de maldito, quedó devastado. Durante meses se rumoreó que el gigante Virgin planeaba levantar allí una gran megastore de discos, algo que nunca sucedió. Fueron años de caídas y derrumbes. Como el de otro Arias. Un personaje sombrío, el franquista Arias Navarro, conocido por muchos como «El carnicero de Málaga», murió poco después, a finales de 1989. Su última aparición pública fue el 6 de febrero de 1988, con motivo del fallecimiento de Carmen Polo, viuda de Francisco Franco. Derribos Arias no estaban, lo mismo que los célebres almacenes.

 

Los Arias desaparecían.

 

Incendio de los Arias en 1964.

Incendio de los Arias en 1964.

 

Algún vecino de Madrid, tras presenciar las imágenes, pensó en Derribos Arias, pero también en algo que le habían contado los más mayores: aquel incendio no había sido el único. El edificio parecía atraído irresistiblemente por el fuego. En enero de 1964, en plena dictadura franquista, otro enorme incendio casi lo devastó. Los bomberos, desbordados por la virulencia del fuego, no pudieron sofocarlo. Las llamas afectaron a todas sus plantas, que ardieron sin control. Frente al edificio había entonces una cafetería, hoy desaparecida, con un nombre nada apropiado: «Lucky». Parecía una broma macabra, una cafetería hablándole a un almacén de ropa. La peor de las ideas. Entonces, en aquellos días grises, los Arias hacían gala de una publicidad que decía: «Los almacenes de la suerte».

 

Cafeteria Lucky

 

Los anarquistas, las llamas de ayer y los fuegos de hoy

 

Este es un relato en el que una generación le habla a la siguiente. Hijos, padres, abuelos contando un mismo hecho multiplicado dos y hasta tres veces. En 1987, con el incendio que terminó por devastarlo, son los hijos quienes toman la palabra. Años antes, en 1964, los padres relatan a sus hijos que aquello ya se había repetido. Ahora llega el turno a los abuelos. Porque en este viaje a través de aquel viejo Madrid, los más ancianos podían ir más atrás en tiempo. Podían ver en aquellos fuegos, antiguas deflagraciones.

 

Incendio de los Arias en 1964.

Incendio de los Arias en 1964.

 

Las llamas de ayer, los fuegos de hoy.

 

En el mismo lugar en que se levantaron los almacenes Arias estuvo situada la iglesia de San Luís Obispo. También fue devorada por aquel fuego que se negaba a extinguir. La parroquia fue incendiada por militantes del Frente Popular en la primavera de 1936, en uno de esos actos que preparaban el terreno para lo que vendría a continuación. Un testigo presencial de los hechos, entonces solo un niño, recuerda aquel día:

 

«Una tarde, días antes de la festividad de San José, mi padre, que era Teniente de la Guardia Civil, fue a recogerme al Colegio desde donde le acompañé a la Gran Vía, donde iba a realizar no sé qué gestiones. Naturalmente, yo iba de su mano, sintiendo una seguridad no habitual en aquellos días. Concluidas sus gestiones, mi padre se dirigió conmigo hacia la Plaza Mayor para tomar el tranvía que nos llevaría hasta nuestro domicilio. Para ello descendimos desde la Red de San Luis por la calle de la Montera. A mitad de nuestro recorrido vimos a nuestra derecha un numeroso grupo de patibularios congregado frente a la iglesia de San Luis y que, violentamente y entre blasfemias, entraban y salían del templo obligando a quienes estaban dentro a salir a la calle donde eran cubiertos de insultos y amenazas. Otros de aquellos energúmenos blandían latas de gasolina con las que rociaban la puerta principal y los pies del templo, mostrando así la intención evidente de prenderle fuego […]. Mi padre se aproximó a la embocadura de la calle de la Montera, desde donde presenciamos cómo el edificio de la iglesia era envuelto por las llamas que, en menos de media hora, abarcaron todo el templo y del que sólo se pudieron salvar escasos enseres, entre ellos los vasos sagrados que fueron llevados a la cercana iglesia del Carmen ante el regocijo de los allí congregados que impedían el acceso de los bomberos al incendio. Al día siguiente, la prensa daba cuenta escuetamente de lo sucedido, sin añadir comentario de condena alguno pues el miedo invadía ya a todos los ciudadanos».

 

La iglesia de San Luis tras el incendio.

La iglesia de San Luis tras el incendio.

 

Del incendio tan solo se salvó la fachada principal, que en 1950 fue colocada en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen. Pero también fue atacada por milicianos de la CNT. Justo allí, en agosto de 1936, bajo el altar mayor se encontraron los cadáveres de sesenta y cinco personas, entre los que había monjas, niños e incluso fetos. En una de las imágenes que ilustraban la noticia, varios milicianos posaban junto a las momias. La guerra había llegado. Tres años más tarde, lo que quedaba de la fachada de San Luis fue trasladada a los pies de la cercana iglesia del Carmen. Actualmente, puede contemplarse lo que fue su portada.

 

Propaganda revolucionaria y la iglesia de San Luis.

Propaganda revolucionaria y la iglesia de San Luis.

 

Las huellas invisibles de Montera

 

La calle Montera posee algo que resulta inexplicable. Como calle de transición hacia la pomposidad de la Gran Vía o de la Puerta del Sol, entre zonas señoriales y a un paso de los edificios de Estado, ha sido testigo de atentados y crímenes. Quiere ser y no ser: es cielo e infierno al mismo tiempo. En la Montera, repartidos a lo largo de la calle, se levantaron templos al libre pensamiento (el primerizo Ateneo, entonces en el número 32) y sedes de grupos dedicados al espiritismo (el aún abierto Centro de Estudios y Divulgación Espírita, ubicado en el número 24). Y también pasearon por ella los personajes de Baroja en la maravillosa trilogía La lucha por la vida. Como en La Busca. Golfos buscando un refugio a un paso de esa calle: «A la mitad de la calle (de Jardines, bocacalle de la Montera), estrecha y obscura, brillaba un farol rojo, que iluminaba la portada sórdida del café de la Marina. Empujó la puerta Leandro y pasaron dentro. Enfrente, el tablado con cuatro o cinco espejos, relucía lleno de luz; en el local, angosto, la fila de mesas arrinconadas a una y otra pared no dejaban en medio más que un pasillo… En una mesa de al lado, un hombre con trazas de chalán discutía acerca del cante y del baile con un bizco de cara de asesino». Lo mismo que Valle-Inclán. Porque todavía hay quienes, en su esquina con la Puerta del Sol, buscan la lúgubre taberna del Pica Lagartos de Luces de Bohemia. Mientras que en su interior se bebe y discute, en la calle tiene lugar la Guerra del Proletariado.  Allí, en aquel antro apestoso de humo y café de recuelo, juego de mus y alboroto, Max Estrella empeña su capa.

 

Jack el Destripador en Montera.

Jack el Destripador en Montera.

 

Jack en busca de víctimas

 

Incendios pavorosos, bandas pop cantando a destrucciones que estaban por llegar, desastres llamando a más desastres, anarquistas incendiarios. Los almacenes Arias son uno de esos enclaves llenos de fuerza y atracción. Pero se trata de una atracción hacia el horror y lo oscuro. Por esta razón, la calle Montera no puede menos que responder a su propia naturaleza. Este relato habla de incendios que jamás se apagaron. Está incompleto; permanece siempre en construcción permanente. La desafortunada cafetería Lucky ya cerró, pero la histórica tienda de discos Killers sigue abierta y lo hace a unos pasos del elemento urbano definitivo de Montera, algo así como la consecuencia inevitable de todo eso que hemos contado. A su lado, un poco más abajo, el paseante que viene desde la Puerta del Sol se encuentra con un gigantesco mural donde vemos al Dr. Gull, el Jack el Destripador del From Hell de Alan Moore, dentro de su carruaje, en busca de víctimas. Furioso e insaciable, en una viñeta repetida decenas de veces en el cómic.

 

Jack el Destripador paseándose por la calle Montera.

 

Horrores intercambiables.

 

Así que ya lo sabe: si persigue destrucciones y fuegos, no tiene más que dejarse guiar por lo que cantaron Derribos Arias. Es sencillo. La respuesta está en el listín telefónico: «En la guía, en el listín / Derribos Arias / la centralita de información de Derribos Arias».

 

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Comentarios:

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Santi Ochoa says:

Las 10 víctimas mortales era la plantilla al completo de aparejadores del Cuerpo de Bomberos del Ayto. de Madrí. Y no fue sofocando el incendio, claro está, sino inspeccionando los restos a la mañana siguiente, con el incendio ya apagado y situados los técnicos todos juntos debajo de la columna de las escaleras mecánicas, que se desplomaron repentinamente bajo ellos, aplastándolos a todos de inmediato.
Y el incendio no empezó de madrugada, sino la tarde del 4 sep. Es significativo por la expectación que creo de inmediato entre la gente que llenaba el centro de Madrí a esas horas.
http://www.abc.es/hemeroteca/historico-02-09-2007/abc/Madrid/el-tragico-incendio-que-devasto-almacenes-arias-cumple-20-a%C3%B1os_164625578640.html

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