Se llama Stockholm, pero sucede en Madrid

Por suerte, la película Stockholm finalmente salió a flote gracias al crowdfounding. Aura Garrido y Javier Pereira son los protagonistas de esta historia de amor en la que hay un tercer personaje que se llama Madrid. Por: María Aller.


27 febrero 2014

 

Madrid sabe seducir a sus visitantes como Pereira embelesa a Garrido en Stockholm (Rodrigo Sorogoyen, 2013). Pícara pero elegante, abierta, carismática, chula y muy extrovertida. Da igual con quien se vaya, esta ciudad siempre quedará bien ante sus conquistas/huéspedes. Existe un paralelismo entre la ciudad y el rol que desempeña el intérprete, que le ha valido el Goya al mejor actor relevación en la pasada edición del 9 de febrero.

 

España estará en crisis, pero la fiesta tira para adelante como puede. La noche inquieta, y la de esta ciudad mucho más. Todos los fines de semana la capital es testigo de vivencias como la que narra este largometraje.

 

La película lleva al límite esa idea de que de noche todo se percibe más bonito e idílico. Con la luz de la mañana, ya será otro cantar. Hay una frase que dice el joven en un momento de la trama: “Buscamos el amor donde sea por muy pequeña que sea la posibilidad”. No hay nada que resuma mejor la actualidad de las relaciones hoy en día; las inseguridades emocionales de toda una generación se palpan en ella y él –porque se desconocen sus nombres–. El deseo de romance queda latente en la cinta, porque transmite amor donde en realidad no hay.

 

Todo sucede en una típica noche madrileña. Ya se sabe, ecléctica, incierta y que se extiende hasta altas horas de la madrugada. Un flechazo fugaz brota, de esos que ocurren en Malasaña o surgen en un vagón del metro. Un cortejo con el asfalto como único testigo, concretamente el del centro, tan asediado los viernes y sábados y tan habituado a ello. Nosotros también hemos estado en esta tesitura, la hemos vivido y disfrutado. ¿Pero lo hemos visto desde fuera? Pasemos a recorrer el centro a oscuras. Mañana ya será otro día.

 

La incertidumbre comienza en los aledaños de Gran Vía, donde la pareja se ha conocido y el grupo se plantea la sempiterna pregunta: “¿Y ahora dónde vamos?”. Ella se va sola, pero él va en su búsqueda. El callejear será divertido, andar a ninguna parte, sólo con una idea en mente: llevarse ese ligue a casa, aunque haga falta transitar unas cuantas calles para ello.

 

 

Primero sin saber dónde ir, marchan en paralelo a Gran Vía, la gran arteria de la capital. Esta brilla, pero sus callejuelas afluentes están grises, carentes de luminosidad, guardando secretos de toda índole: chanchullos, rupturas e infidelidades por doquier… A ellos la calle Desengaño les sirve para presentarse y Flor Alta para un encontronazo aposta. Tras unas risas nerviosas por toparse de nuevo el uno con el otro, acaban de nuevo en Gran Vía, coloreada por luces azules y rosas que la hacen más atractiva, como si de un destino exótico se tratara. Plaza De España dará fe de este paseo. ¿A dónde vamos? ¿Sigues dándome la oportunidad? Pues vamos allá.

 

Una vez entrados en materia, retomemos un recorrido seguro. El trayecto continúa por la calle San Bernardo, la caminata habitual para volver a casa. ¿Una parada en el 24 horas para matar el hambre? La insistencia debe continuar. Por fin llegan a casa de él. Con el calor del portal intimarán más.

 

Y como guinda al pastel, habrá que subir a la azotea y avistar otra panorámica de la villa. El paisaje podría ser cualquier zona céntrica, los tejados son muy característicos y las fachadas destilan ese halo achacoso, afable y costumbrista, todo bajo el azul oscuro del cielo que empieza a permutar en el nuevo día… Y ahora pasemos al interior. Ahora le toca al chico jugar solo. Su cómplice, la urbe, ha hecho ya su parte. A ver qué pasa…

 

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