Selfie, de La Moraleja a Lavapiés

Víctor García León dirige Selfie, un falso documental en clave de comedia que narra la historia de Bosco, un niño pijo, hijo de un ministro imputado, que pierde todo lo que tenía. Por María Aller.


23 junio 2017

Selfie es la historia de un chico al que, de la noche a la mañana, le quitan todo y está en la calle. Una circunstancia muy actual, pero que Víctor García León nos cuenta desde otro prisma. Con este falso documental, el director de Más pena que gloria, presenta a Bosco, el hijo de un ministro imputado por causas varias tan en boga últimamente: malversación de fondos públicos, corrupción, blanqueo de capitales, etc. Ahora este pobre niño rico verá lo que es transformarse en un expatriado de su acomodado círculo y vivir con dificultades, como no tener la nevera llena o ir a buscar trabajo. La historia es un viaje desde la Moraleja hasta Lavapiés.

 

Nosotros, los espectadores, seguimos a Bosco en su periplo. Santiago Alverú ha sabido retratar a este pijo de la manera más honesta sin dejar a un lado el humor punzante que apunta a la sociedad española. Porque este destierro está dedicado a todos los públicos: de izquierdas y de derechas. Todos están invitados a reírse de sí mismos durante 85 minutos. Al fin y al cabo, la película es un retrato -en forma de selfie, cómo no- de lo que es este país: un ente ciego a la deriva por el que las dos Españas ideológicas luchan reprochándose la una a la otra.

 

García León nos habla sobre este proyecto, que llega hoy a los cines.

 

 

¿De dónde parte esta idea?

 

Supongo que el origen de por qué me interesa esta historia es que la intemperie económica nos afecta a todos, y creo que la forma de contarla era cogiendo al personaje más extremo y cliché para que el contraste fuera mayor. Pero en el fondo la historia que contamos es la historia que nos ha pasado a mí y a muchos más.

 

¿Y había un guión fijo?

 

Al principio contábamos con un guión e hicimos un casting para buscar a ese actor que lo llevara a cabo. Luego Santi (Alverú) se apoderó de toda la película. Se la llevó a su terreno y a partir de ahí se fue improvisando. Aunque todo está estructurado como una película. Llegó un momento que pensé: “¿En algún momento yo escribí esto?”.

 

Vamos a hablar de Bosco ¿Es un héroe o una víctima?

 

Ni una cosa ni la otra. Creo que es como esos personajes del neorrealismo italiano: son miserables, lamentables y ridículos, se ven atropellados por la vida. Eso no les convierte en víctimas de nada, porque para serlo les tienen que pasar cosas injustas. Y desde luego tampoco es un héroe. Es esa cosa tan estúpida que se define como ser alguien normal. Creo que es por eso por lo que terminas queriéndole. Además, la palabra víctima me produce un rechazo soberbio. Cuando te victimizas conviertes a otro en verdugo. Es otro tipo de agresión rara.
Santi no es más que un hombre al que le atropellan las circunstancias. Igual que no creo que Nino Manfredi fuera una víctima en El verdugo. Al final, los mejores personajes protagonistas son personas normales, como el de El apartamento, que es un trepa. Son poco calificables en cuanto a esquemas narrativos.

 

 

En el cine español siempre se suele dividir entre los de derechas y los de izquierdas. Y se simpatiza muy poco con los de derechas. ¿Crees que Selfie puede ser un paso para que por fin las dos Españas hagan las paces?

 

Uy, me encantaría que esta película fuera la piedra angular en la que descansa la convivencia en España en los próximos tres siglos (ríe). Pero lo dudo. Cuando hemos enseñado la vida política no hemos querido ser sectarios; no he querido dar lecciones. Eso es una cosa muy difícil: hacemos lo que podemos y vamos empujando con lo que tenemos en la vida como para que, además, venga un idiota y nos dé consejos, que son una cosa muy desagradable de recibir. Nos encanta dar consejos, y hacer películas dando consejos cuesta más.
Pero es verdad que la política es un fondo literario que refleja todas nuestras pasiones de la manera más racional que tenemos: en España no hablamos de política, hablamos de fútbol. Y en el Congreso de los Diputados, cuando preguntan por algo incómodo responden con eso de “¿Y tú?”. Hay poco respeto.
Ese trasfondo es maravilloso, es como el de los Montescos o los Capuletos. Tú no eliges ser Montesco, tú eres Montesco y ya está. A mí me gustaba esa dualidad de “Tú eres del PP, tú de Podemos”. Yo soy de izquierdas, y como toda la gente de mi generación que conozco es de izquierdas, no somos de izquierdas por un proceso crítico de análisis de la vida: lo somos porque nos ha tocado. Y Bosco es de derechas porque le ha tocado. Al final te peleas de cosas que salen de tu infancia. No hay pensamiento crítico. Me parece interesante desde el punto de vista literario, porque esas diferencias no son nada. Votar al PP o votar a Podemos son cosas bastante estúpidas que tienen mucho de una parte emocional nuestra y que no nos define como personas.

 

Al tratarse de un falso documental, ¿Cómo fue el rodaje?

 

Lo que pasaba en el rodaje era lo que le pasaba a Santi. Y en los mítines igual. Ambos partidos, tanto el PP como Podemos, se portaron con mucha generosidad y una apertura de mente enorme: leyeron el guión y ambos nos dieron los pases para sus mítines. Las quejas siempre dan más noticia, pero se portaron muy bien.
El rodaje era como un experimento. Empezamos muy modestamente y tirando de amigos. Fue un acto muy cariñoso, me ha reconciliado con mi oficio. La gente está dispuesta a comprometerse. Cuando llevas mucho tiempo recibiendo noes y noes, te dedicas a la televisión y a la publicidad. Son oficios estupendos, pero el sueño adolescente de muchos era hacer películas y te amargas por no hacerlas, te reconcilia un poco con lo divertido que era rodar y hacer cortos. Y ha sido un rodaje difícil, lleno de favores, pero al mismo tiempo me he recordado haciendo cortos y ha sido muy divertido. Cuando entró Apache Films, ya se vio más como una película normal.

 

 

¿Crees que en el cine español hay que arriesgarse más?

 

Esta película está en un sitio muy raro que debería ser más habitual. No debería polarizarse mucho la producción entre películas de autor y muy límites y las grandes producciones comerciales. Hay un escalón intermedio que ha dado muy buenas películas a España, probablemente las que se consideran las mejores películas de nuestro cine: películas que tienen una visión particular y muy firme de un cineasta, pero que tienen una parte industrial con un reparto y una cinematografía muy populares. Perder ese escalón intermedio me parece un problema, y no lo digo por defender mi trabajo en particular. Es porque exigir que el riesgo creativo esté tan lejos de lo popular me parece un problema. Ojalá se pudiera recuperar, pero es como hablar en el tanatorio de la salud del enfermo.

 

Después de esta película ¿Hacia donde te gustaría trabajar ahora?

 

Tras este proyecto de comando checheno, tengo un proyecto con el que estoy muy ilusionado. Mi intención es hacer Los europeos, de Rafael Azcona, una novela de 1950; una historia muy divertida, con muy mala leche, una La Dolce Vita española. Ojalá que la consigamos levantar. Y si no sale, pues haremos estas cosas imprevisibles que salen más de las ganas que de la sensatez. Al fin y al cabo, el oficio del cine vive de eso. Ojalá que haya más películas como la mía y que la gente no se haya desesperanzado mucho.
Para toda una generación de directores, para mí el primero, cuesta mucho adaptarnos a un entorno hostil. Resulta más difícil levantar proyectos que antes. Cuando empecé a hacer películas era todo más fácil, ahora es un acto de valentía. Las películas que salen compradas por Televisión Española son una lotería: se presentan cien y salen ocho. Vivimos en un país con un modelo cinematográfico muy estrecho para películas intermedias.

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