Siglo I a. Siroco

La noche de Madrid esconde muchas historias ocultas de fantasía, vicio y transgresión. La mayoría de ellas se concentran en locales míticos cuyas paredes pueden presumir de haber visto de todo. Uno de esos templos de la madrugada madrileña ha celebrado recientemente su 25 aniversario. Aprovechando la efeméride, hemos recorrido la calle San Dimas durante un siglo de aventuras para mostrarte cómo se divertían los madrileños, antes y después del Siroco. Por David Arias


22 enero 2015

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La calle San Dimas es un buen lugar donde comenzar o terminar una gran noche. Esa empinada cuesta no es una calle más de Madrid. Hoy es parte esencial de nuestra agenda nocturna, pero hace más de un siglo existía otro Conde Duque. Un barrio diferente que ha evolucionado a la par del ocio nocturno más radical a lo largo del siglo XX.

 

Allá por 1899, las calles del barrio eran un hervidero de tiendas donde señoronas y señoritas con amplios sombreros y ceñidos corpiños invertían en su ajuar y demás parafernalia decimonónica. Los niños son malcriados en numerosos puestos de dulces y chuches. También se comete algún crimen. Nada del otro mundo. Un robo a un honrado posadero o el asesinato aún sin esclarecer de una mujer en la calle San Dimas. El número 3 es una tienda de carros. El concesionario le da para vivir a José Rea y a su familia. La familia Rea deja el negocio de los carros allá por 1920. El nuevo propietario no ve clara su viabilidad y lo sustituye por la compra-venta de botellas y frascos. Unos objetos que estarán eternamente ligados a la historia del local.

 

La tienda se mantiene durante varias décadas. A finales de los 60, las botellas se llenan de espirituosos y clandestinidad en un nuevo local de mala fama. Comienza a tener un sello de transgresión que no deja indiferente a sus visitantes durante los últimos estertores del franquismo. Ya sin Franco, las faldas cambian de sexo.

 

Un suceso surrealista sacará del anonimato al club Dimas. Es 1976, cuatro tipos con recortadas se levantan 50.000 pesetas en un atraco. Los travestis que curran en el club le cuentan a un joven Paco Pérez Abellán las escenas del robo. Los manguis aprovechan la hora del cierre del local previsto a la una de la madrugada para hacerse con la recaudación. Una vez dentro, el poder disuasorio de sus armas les ayuda a lograr el objetivo. No hay violencia. En la calle les espera un coche en marcha que les lleva lejos de las rejas hasta el día de hoy. La noticia no pasa desapercibida.

 

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Un año después, Blanco y Negro le dedica un reportaje a ese local que ha brotado en San Dimas sin que nadie sepa cómo. El boca a boca llena el club cada noche. Se convierte en punto de encuentro del ambiente gay. A pesar de ello, el público es heterogéneo. Nuestros abuelos buscan encontrarse con una bocanada de aire fresco que destierre la caspa. Lo que encuentran es tan provocador entonces como caducado a día de hoy.

 

El humor transexual, las imitaciones de folclóricas y mucha provocación son el reclamo de un local estimulado por la cocaína. El número estrella lo protagoniza una celebridad de la época de nombre Miguel. Imita a Rocío Jurado y es el broche dorado a una serie de actuaciones que rescatan lo más rancio de nuestra tradición musical: Sara Montiel, Juanita Reina, Nacha Guevara…

 

Las copas cuestan 150 pesetas y abre a las ocho, aunque hay que esperar a las once para disfrutar del primer espectáculo. En 1977, La Codorniz retrata al Dimas en un artículo con un satírico título: “De pelo en pecho”. Lo describe como una sala de alternancia homo y heterosexual. El polémico espectáculo gay tiene que figurar como homenaje a figuras populares para pasar la censura.

 

El formato cuaja durante un tiempo, aunque el club Dimas tiene las puertas abiertas a otro tipo de fiestas privadas. Teixi, mítico frontman de los Mermelada y de J. Teixi Band, tiene el privilegio de haber actuado en el Club Dimas y en el Siroco con sus dos bandas más reconocibles. Aunque su experiencia en el Club Dimas no es la convencional. No la ha podido olvidar aún.

 

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En 1978, Javier Teixidor es un joven músico que pretende introducir el rock n’ roll de sus bandas en la escena madrileña. Su sonido cala en Vicente Romero, que les consigue un contrato con el sello Zafiro Records. El mítico Mariscal Romero lleva una temporada recopilando lo mejor del sonido de la ciudad para su programa en Radio Popular dando cabida a grupos como Kaka Deluxe, Leño o Asfalto. En esa terna se cuela Mermelada y consigue una actuación ante los ejecutivos de Zafiro, “una empresa vetusta, de mucho tipo encorbatado y mucho artista melódico.” Mandarina desciende con sus Telecasters, sus amplis y sus baterías por esas míticas escaleras hacia un océano de satén rojo. En la planta baja se encuentra con mucho traje a medida acompañado por mujeres de diferentes acentos. Las mesas y las barras están repletas de parejas buscando intimidad.

 

Es el día de las amiguitas y los ejecutivos disfrutan de la belleza femenina presente en el local mientras escuchan el rock de una banda impactada por la desnudez de los vicios que contemplan desde el escenario. Una actuación digna de los Animals y su “House of the rising sun“, rodeados de bellas mujeres. “Habían tocado nuestra alma más sensible al juntar putas y rock n’ roll.” Repetirán show en más de una ocasión.

 

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Al margen de esas salvajes fiestas privadas, los shows convencionales de la sala se refinan. Espectáculos protagonizados por auténticas vedettes travestidas como Tiffany, Úrsula o Juan Gallo copan los carteles. En noviembre entregan el Dimas de oro. El galardón del 78 recae en la versión travesti de Isabel Pantoja. Tras este momento de esplendor, se produce una reforma de la recargada ambientación del local y pasa a llamarse temporalmente Nuevo Dimas.

 

En los 80, la escasa renovación del repertorio aleja al público curioso de los 70. La fórmula de la revista empieza a dar signos de fatiga, mientras la dirección del local busca reflotar el inminente desastre con más de lo mismo. En marzo del 81 contrata a Las Vedettísimas, tres ángeles de sexualidad incierta que llevan años cosechando aplausos en el Teatro Barceló, antes de ser el Pachá de los 80. Más allá de la noche del debut la sala comienza a vaciarse y se hace notable la decadencia mortuoria de Club Dimas.

 

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Alfonso Rojo, mucho antes de convertirse en el reaccionario azote de Pablo Iglesias, se pasea por las páginas de espectáculos del Diario 16 buscando historias que contar. Las encuentra en el Dimas. Describe con su estilo anodino las actuaciones de “algunas señoras que habían hecho la mili” y se queda prendado de Juan Carlos Calzada aka Funny Girl. El club parece condenado a morir por inanición creativa.

 

La noche evoluciona a las puertas del Dimas a medida que avanzan los 80. La Movida demanda locales diferentes donde lucir su libertad y falsa modernidad. A mediados de la década, ya no queda ni rastro de los anticuados espectáculos gays en San Dimas. El local cierra y durante un tiempo San Dimas, 3 permanece cerrado.

 

Teixi se encuentra entonces en el hervidero de la noche capitalina. La vida social y cultural de Madrid explota ante sus ojos. “Había mucho movimiento en la calle. Tocábamos en tres o cuatro locales repartidos por la ciudad en una sola noche. Los bares llenos transmitían una sensación generalizada de liberación que provocaba que cada noche fuese toda una experiencia. La droga estaba muy presente, las letras eran más ácidas, la noche más espontánea y todo sucedía de forma extrema porque no existía auto-censura.”

 

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Las bandas más punteras de aquellos años previos al Siroco subsisten gracias a cachés inflados y al apoyo institucional. La música, y por ende la noche, se encuentran subvencionadas durante un corto espacio de tiempo que coincide con el cierre de San Dimas, 3. “Fue algo efímero. Yo era consciente de que aquello no se podía sostener, aunque gente como Alaska o Gabinete Caligari pillaron cacho con cachés de 6 u 8 millones de pesetas sufragadas por las administraciones”. No obstante, la vida del músico común se aleja de ese cliché. “Pocos hicieron fortuna. Se ganaba dinero, pero también se nos iba en cantidades ingentes de bebida, comida y drogas. Era frenético.”

 

En los 80, Teixi se gana la vida recorriendo garitos hoy míticos como el Honky Tonk: “un local donde podías tocar con Alaska, Nacha Pop o Los Ronaldos, la mejor banda rock de la historia de España. Era un antro muy ecléctico donde se juntaban gente de barrio y pijos. Ese encanto explica su gran éxito. También tocábamos habitualmente en el Fresas con Nata de Arturo Soria, La Coquette o en La Sala en Carabanchel. Nos gustaba El Templo del Gato, territorio de Los Elegantes y donde te podías encontrar con La Frontera o con el hoy crítico musical Fernando Martín y su banda.”

 

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En ese Madrid efervescente de mediados de los 80 surgen multitud de salas con mucha personalidad. Una de ellas es la sala San Dimas, que recupera el local vacío de San Dimas, 3. El padre del Siroco es un antro donde se reúnen los amantes del Rock duro de Led Zeppelin, Pink Floyd o Judas Priest. Miguel, vallecano y testigo de aquellos tiempos, nos recuerda lo que sucedía en su interior. “Era un desfase. La gente se drogaba alegremente mientras el rock sonaba de fondo. Tenía aspecto de antro macarra, pero era muy acogedor. Apenas tenía decoración, aunque contaba con un ambiente increíble. Su público era muy diverso, a pesar de considerarse territorio de los rockers. Típico local al que vas por lo que escuchas dentro. Una noche hubo una pelea realmente espectacular, con mucha sangre. Esa batalla campal marcó el principio de la decadencia del San Dimas. Poco después se transformó en el Siroco.”

 

A finales de la década, la noche cambia y apuesta por salas nuevas que puedan dar cabida a los sonidos que están por llegar. El Siroco nace en 1989. En sus inicios, organiza directos a 600 pesetas de bandas como Los Rosillos o Los Deltonos. Con el tiempo se convertirá en auténtico refugio y lanzadera de multitud de músicos nacionales.

 

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Por su escenario pasa Teixi 12 años después de su anterior actuación, esta vez sin ejecutivos encorbatados buscando sexo y rock n’ roll. El Siroco le embruja: “Disfrutabas mucho escuchando temas en la planta de arriba para luego interpretarlos en la de abajo. Era muy divertido y un poco loco. En el ambiente se palpaba cierto aroma a libertad y desmadre. Siempre pasaban cosas surrealistas. Recuerdo a Ñaco Goñi actuando con un pedo de escándalo y como se guardó la armónica dentro del cubata para sacarlo después y meter el micro en la copa. Nunca veré un acople tan insufrible como cómico.”

 

El gran Patacho, alma máter del Siroco actual, tampoco olvida sus primeras actuaciones en el club. La banda solía actuar junto a una copa gigante de la que bebía el público. Eran afortunados. El licor incluía un regalo lisérgico en sus entrañas. El ácido provocaba una oleada de colores que adornaban viajes inolvidables en medio de una pista enfervorecida.

 

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25 años después de aquellos primeros viajes aún se sigue explorando salvajemente la noche en San Dimas, 3. Un cuarto de siglo exprimido sin piedad. Por su escenario ha pasado lo mejor de la escena madrileña en su camino hacia el éxito o el olvido. Nadie en Madrid ha podido escapar de su influjo nocturno. No es de extrañar. Como dice Teixi,“en el Siroco se aprende, se vive y se suda música”.

 

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Comentarios:

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Helena says:

Anoche en el concierto de Luke Winslow King, la policía desalojó la sala Siroco por exceso de aforo. Tras aguantar el público media hora de frío en la calle, los responsables de la sala no dejaron volver a entrar personas con entrada anticipada porque efectivamente, había exceso de aforo. Para colmo, el responsable de la sala Siroco tuvo el atrevimiento de decir a los que pudieron entrar que los que se habían ido lo hicieron porque “se les había hecho tarde”. Dejan a gente con entrada anticipada sin concierto (porque presuntamente han vendido de más, lo cual constituye un delito) y encima mienten. Vergonzoso.

alejandro gonzalez says:

Siroco sigue apostando fuerte por la calidad de la música en directo, sin olvidar en ningún momento la esencia del local en sus comienzos y aprovechando la experiencia de todos estos años para crecer en versatilidad y oferta siempre con una idea muy clara: lo que nos importa es la música de calidad y los músicos que la hacen posible.

Mariano says:

Pues deberían importaros también el público, su seguridad y su bienestar. Yo acudí a ese concierto y me marché antes de que comenzara: el apiñamiento era insufrible, insalubre, inseguro y, sin duda ninguna, ilegal. Se lo dije a los de la entrada, pero fue perder el tiempo, claro está.
La policía hizo lo que tenía que hacer; la sala nos timó a todos. Por enésima vez, por cierto.

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