La programación como invitación

Soledad Gutiérrez, directora artística de CentroCentro, explica los objetivos de la institución en esta nueva etapa, su concepto de porosidad cultural y cómo la programación de arte contemporáneo puede ser concebida desde una conversación colectiva y abierta. Por Marta Sesé. Fotografías por Laura Carrascosa Vela.


22 octubre 2018

Soledad Gutiérrez (Torrelavega, 1976) es directora de CentroCentro desde enero de 2018. Coincidiendo con el arranque de parte del programa que Gutiérrez presentó con el fin de dirigir CentroCentro, esta entrevista aborda temas como las responsabilidades que debe tener la institución, los principales objetivos que plantea para CentroCentro y la programación de arte contemporáneo entendida como una conversación a múltiples voces.

 

 

Teniendo en cuenta tu experiencia en Hauser & Wirth, la Whitechapel, el MACBA, luego como comisaria independiente colaborando con diversas instituciones y ahora encabezando el proyecto de una de ellas, ¿cuáles crees que deben ser las responsabilidades que deben tener las instituciones y las personas que las dirigen en el mundo del arte?
Siempre digo que cada uno de nosotros tenemos muchas responsabilidades. Es, quizás, una frase muy utilizada pero sí que me parece que cada decisión que tomamos es una decisión política. En mi caso, fui consciente de la responsabilidad cuando tuve la capacidad de tomar decisiones a la hora de programar. En el momento en el que comienzas a programar y comienzas a tener una responsabilidad editorial, una línea de trabajo, de contenidos, allí es donde realmente te das cuenta de que tus decisiones condicionan mucho, de que tienes cierta incidencia en la vida de los artistas y de los públicos. Entonces, me parece que la institución tiene que ser un instrumento de “cuidado”, y lo digo entre comillas porque me cuesta mucho utilizar esa palabra ya que es un concepto que si utilizamos mucho se puede quedar sin contexto, sin significado.
Desde la institución tenemos que ser muy conscientes de varias cosas: de que las decisiones que tomamos tienen una incidencia sobre cómo se lee la historia o, incluso, de que estamos generando historia del arte y unos “protagonistas” del momento. Al mismo tiempo, utilizamos unos recursos que son muy valiosos y que son escasos, porque instituciones hay muy pocas. Esos recursos tienen que, de la mejor manera, servir para potenciar y generar una red, un contexto, y no solamente desde el punto de vista de los artistas, de los comisarios y de los agentes que formamos parte del contexto sino también desde el punto de vista del público general. Es necesario dar unas condiciones de recepción y hallar un equilibrio difícil en el que todos recibamos algo.
La institución es también un lugar de reflexión, un lugar de posibilidad. He sido muy crítica con la institución, incluso me fui para trabajar por mi cuenta. Pero, visto con perspectiva, creo que la institución es algo que hay que recuperar para demostrar que puede estar a nuestro servicio. Y lo digo en un sentido muy amplio; cuando hablo de “nosotros” hablo del público, de los artistas, de los comisarios, de la generación de contenidos. Muchas veces la institución ha sido algo impersonal, frío, algo que nos ha servido como excusa para poner límites. ¿Cómo podemos convertir la institución en algo que nos dé herramientas para potenciar lo que ya hacemos? ¿Cómo ponerla a servicio de nosotros? Para mí eso es, constantemente, la línea de trabajo. Cómo ponemos la institución al servicio de la gente, de una gente que no es abstracta, una gente compuesta por diferentes personas; porque también, muchas veces, cuando vamos a los grandes grupos o a los grandes paraguas, perdemos el contenido humano y eso es algo que la institución no puede perder.
Hay veces que es duro, yo misma me veo poniendo limitaciones o marcando ritmos porque hay que responder a unos plazos, pero sí pienso en cómo podemos tensionarla, en cómo podemos convertirla en algo que nos de cabida a todos, que sea un lugar de acogida más que un lugar frío o un lugar de reproducción de una serie de contenidos, que sea un campo de posibilidad. Y eso lo pienso también en los formatos, en la exposición. Cómo podemos hacer que la exposición sea un campo de posibilidad. Me gustaría pensar, aunque puede parecer naif, que la institución la podemos construir, no solamente estando dentro, no solamente el propio equipo del centro, sino que el propio contexto y la propia gente también puedan construir un programa.

 

 

Has mencionado que la institución debe ser un espacio de acogida. ¿Cómo se puede conjugar este espacio acogedor con la supuesta capacidad de emancipación que debe ofrecer una institución a los públicos?
Para mí, es importante romper con una idea tradicional de la presentación de las exposiciones y de las actividades en las instituciones. Ha habido una tradición de una institución que se ha mirado desde un punto de vista de autoridad, es decir, se asume que tiene un discurso que es el válido, que se forma a través de la experiencia y el conocimiento y que es el discurso que hay que transmitir al público. La gente que participa del mismo aprende ese discurso o lo alimenta. Esto no debería ser así. Hay, por supuesto, un discurso que se construye a través de la programación y que yo asumo como parte de esa responsabilidad que mencionabas antes. Pero esa responsabilidad también se puede ejercer desde el “dotar de espacio” y yo creo que la programación tiene que ser una invitación. Esta es una de las cosas que estamos llevando a cabo desde CentroCentro. Lo que hacemos son invitaciones muy abiertas. Invitaciones que se basan mucho en la conversación, en el diálogo, en el hacer una pregunta y que nos respondan con otra pregunta abierta. Las invitaciones son a artistas, comisarios o al propio público y, a partir de ahí, ellas generan ese proyecto que yo creo que tiene que ser emancipador para todos. En este sentido, parto de la idea de conversación, de unas invitaciones que, al final son un diálogo a muchas voces. Creo que la institución tiene que ser eso, que ahí es donde está el potencial emancipador: en la posibilidad de abrir el diálogo y que esa apertura de diálogo no sea desde la institución, sino que sea desde los propios invitados, consiguiendo así enriquecer el diálogo y diluir un poco esa figura autoritaria. Me gustaría pensar que ese es el marco en el que estamos generando el proyecto.

 

¿Cuáles son los principales objetivos que se ha marcado tu proyecto para CentroCentro?
El primer objetivo es que CentroCentro se reconozca como un espacio de exposición, como un centro de arte contemporáneo. CentroCentro tiene una trayectoria muy especial. Nace en el 2011 como un centro cultural asociado al espacio de alcaldía, lo cual condiciona mucho las necesidades de programación, que estaban muy vinculadas a la exposición de colecciones. Con el nuevo equipo hubo un momento de impás, en el que el centro empieza a definir un tipo de interés por la práctica curatorial, el trabajar con un discurso artístico contemporáneo, pero faltaba, digamos, una dirección y que eso se asumiese desde todas las partes que alimentan la institución. Que se legitimase de una manera formal. El lanzamiento de los concursos yo creo que lo que hace es eso: legitimar el hecho de que venga una persona con un proyecto y que esa persona está elegida por tres años para definir un centro. Para mí es un proceso importante, que dentro de tres años –aunque me gustaría que fuera dentro de seis meses– vinieras a CentroCentro y supieras lo que vas a ver. Porque hasta ahora sí que ha habido una mezcla de cosas, de proyectos de ciudad, de ONG, etc.. También es un centro muy condicionado por una arquitectura muy especial, que es la del palacio, y que hace que sea muy difícil la señalización o el circular por los espacios. Es importante que le perdamos respeto al espacio en este sentido.

En el proyecto hay dos líneas metodológicas y unas tres líneas de contenido. Todas ellas se entremezclan, porque al final las cosas no las podemos hacer las unas sin las otras. A nivel de contenido me interesa mucho el potencial de la narración. Cuando hablo de narración pienso en Walter Benjamin y en el narrador. En esa figura, ese contador de historias, que tiene un tiempo largo. Y eso me da pie para abrir muchas líneas de trabajo. Una de ellas es, haciendo referencia a la narración y a contar historias, cómo la práctica artística contemporánea y la práctica curatorial nos abren una ventanita a pensar de otra manera. Me gusta pensar que a través de la producción artística y curatorial, a través de la generación de contenidos, lo que hacemos es cuestionar narrativas oficiales, dándonos otros marcos de pensamiento y de reflexión que nos abren preguntas y nos dan posibilidades de respuesta. Esto también es importante en relación a lo que me preguntabas sobre la emancipación. Otro punto importante en el proyecto son los visitantes que, para mí, son visitantes responsables. Creo que la gente que viene a ver las exposiciones es capaz de verlas por sí sola, lo cual no quiere decir que no vayamos a cuidar materiales de comunicación, pero sí que no lo vamos a dar todo digerido. Vengo de Políticas y sé que la verdad no existe, que abrazas el discurso que más te apetece. A través de la práctica artística y curatorial podemos abrir ventanas de comprensión y nuevas formas de mirar que nos ayuden a cuestionarnos dónde estamos, por qué estamos y qué es lo que hacemos. Pero que no nos van a decir qué tenemos que hacer. Esto es algo que en CentroCentro nadie lo va a encontrar.

Hay una cosa que también me gustaría destruir o cuestionar y es la idea del artista como genio creador. Me parece que responde a esa idea tradicional y romántica de que, de repente, tienes una idea genial. Creo que los artistas, los comisarios, los agentes culturales somos personas que trabajamos mucho y que los proyectos que presentamos son fruto de procesos de trabajo. Investigaciones que llegan de una manera o de otra pero a las que les dedicas un tiempo y que, la exposición, tradicionalmente, o el objeto artístico, la obra de arte, nos han enseñado que es la culminación de ese proceso. Pero todos sabemos que estos procesos no son procesos cerrados, que muchas veces vuelven, se repiten y que la exposición puede ser un momento en ese desarrollo de la investigación. Escribes un texto pero eso no quiere decir que sea el texto definitivo, ni que vaya a ser el último. Me gustaría que en CentroCentro pudiésemos acoger los procesos de trabajo, que podamos mostrar las diferentes fases de estos procesos. Por ejemplo, ahora, con Saliva, que comisarían Andrea Rodrigo y Ainhoa Hernández; se trata de un proyecto de investigación curatorial que ellas están trabajando desde hace un par de años y que va a encontrarse con el público en CentroCentro. Es un grupo de estudio, porque ellas van a seguir trabajando en este proyecto. Es también un programa público con personas y colectivos que les apetecía juntar para reflexionar y es una exposición que sirve de anclaje. Creo que es importante que podamos acoger de la mejor manera posible a los proyectos, dándoles el espacio y los recursos que necesiten. Y utilizo muchas veces “recursos” en lugar de “espacio”, porque también me gusta pensar que los proyectos no tienen que ser expositivos sino que pueden adoptar múltiples formas, como en Saliva. Se trata de que podamos escuchar a los proyectos y mostrarlos de la mejor manera posible. Muy conectado con la idea de los procesos, retomo un texto de John Dewey, El arte como experiencia, en el que él habla del valor estético del proceso y de la necesidad de mostrarlo sin tener que esperar a un “objeto final”. Esto lo uno con dos ideas que están muy marcadas en la forma de trabajar, que es la idea de porosidad, de cómo podemos hacer que de un modo orgánico fluyan los conocimientos y los proyectos; y también cómo podemos trabajar con estos recursos, con estos espacios y con el cuidado a las personas, a los proyectos y a los espacios.
En relación con el cuidado, creo que no se puede cuidar sin poner el cuerpo; otra línea importante en la programación es la de el cuerpo como transmisor. El cuerpo va a jugar un papel muy importante, porque al final un narrador narra a través del cuerpo, la experiencia la experimentamos a través del cuerpo, escribimos con el cuerpo, bailamos con el cuerpo; sin el cuerpo no somos nada. Podemos ser, pero seremos otra inmaterialidad que también necesitará manifestarse de alguna manera, tecnológicamente.

 

Sobre la porosidad que acabas de mencionar… me interesa mucho este concepto. Parece que hablar desde la porosidad implique construir la programación fuera de los límites de los marcos disciplinarios. ¿Programar desde aquí será una manera de romper o de abrir estos marcos?

Esta es una de las cosas que me ha costado más contar en relación a determinados proyectos que llevaban mucho tiempo en el centro y que no es que desaparezcan sino que les damos otro marco de contenido. Cuando hablo de porosidad pienso en una esponja en la que salen y entran las cosas; y la vida es igual, muchas cosas entran, salen, pasan por nuestro cuerpo, por nuestra vida. Hay textos que en un determinado momento te parecen súper importantes y luego los vuelves a releer y te quedas solo con una idea, con una línea. Eso me parece que es una forma muy interesante de trabajar los proyectos y las diferentes líneas de trabajo. Esa porosidad hace que tengamos que ser flexibles o que tengamos que ser orgánicos con los propios espacios y proyectos. Pienso que da igual la forma que adopte un proyecto. El momento en el que estamos es un momento de reflexión sobre nosotras mismas, sobre cómo nos vemos, sobre qué significamos dentro de la historia. Si un proyecto se manifiesta a través de una fotografía, a través de un vídeo o a través de un encuentro, en el fondo, da un poco igual, lo que importa es lo que estás trabajando. Y esto también conecta mucho con la idea de los procesos. Si estamos hablando de procesos largos, van a tener que tomar diferentes formas. En relación con esto, pienso mucho en Mireia Sallarès; ella, cuando habla de investigación artística, dice que esta tiene la fortuna de no tener objetivos. Y que cuando tú empiezas a investigar puedes creer que vas a terminar en A, pero terminas en C y no pasa nada; que esa es la gran riqueza. Me gustaría pensar que somos capaces de generar un espacio tan poroso para que, cuando se lanza una invitación o un proyecto, lo empecemos en A y que, si llegamos a C, podamos hacerlo y asumirlo sin ningún problema. Eso es la porosidad: el poder escuchar, llevar una conversación fluida. Muchas veces me remito a la idea de conversación abierta, en el sentido de un diálogo real que podamos tener con los espacios, con los cuerpos e ir más allá de nosotros. Hablo de porosidad porque ya no estamos en una dialéctica horizontal de persona a persona, sino que estamos integrando otros elementos: nuestros recursos, nuestros espacios… entramos en un nivel mucho más orgánico en el que asumimos que somos redes, ecosistemas que se relacionan y que a todos ellos les tenemos que dar la posibilidad de ser, esa emancipación, ese potencial de convertirse en algo que responda a lo que estamos generando. Hay veces que es complicado, tenemos nuestras limitaciones y no somos tan porosos como una esponja porque tenemos paredes y las paredes son duras y muchas veces son solamente ventanas lo que podemos abrir. Pero me gustaría pensar que tienen cortinas y no cristales.

 

 

En la presentación de la nueva programación a los medios de comunicación comentaste que “el arte contemporáneo podía ser una herramienta para acercarnos a la realidad”. ¿Es la creación contemporánea un pálpito de la preocupaciones que tiene la sociedad? ¿Tiene el arte potencial político?
Sí, para mí es una herramienta política y una herramienta de comprensión. Llegué al arte contemporáneo justamente por esa porosidad que tiene la vida. Vivía con muchos amigos que son artistas y gente que se dedicaba al arte. En ese momento leía mucha filosofía y mucha ciencia política porque estaba estudiando Políticas. Para mí fue una revelación, en el sentido de darme cuenta del sentido político y del potencial político brutal que tenía el arte. Sin duda alguna, el arte contemporáneo, es una de las herramientas más potentes que tenemos para entendernos a nosotros mismos y para entender lo que nos rodea. Por eso, una de las grandes oportunidades que ofrece CentroCentro es que tiene más de un millón de visitantes sostenidos todos los años, que son potenciales nuevos seguidores de arte contemporáneo. Creo en el potencial que tiene de cuestionarnos a nosotros mismos, de cuestionar la realidad, de ayudarnos o abrirnos al pensamiento. Me gustaría que desde CentroCentro generáramos contenidos e instrumentos y diéramos lugar, a su vez, a que se generen diferentes pensamientos y formas de hacer.

 

Has hablado mucho de los procesos y la experiencia a lo largo de la entrevista creando cierta dicotomía con el “objeto final”. CentroCentro no tiene colección. ¿Te gustaría que la tuviese?
Llevo un tiempo dándole vueltas a la colección. A mí me encantaría trabajar con una colección. He trabajado mucho con lo inmaterial, con el valor que tienen los objetos. He cuestionado mucho el objeto de arte y he cuestionado mucho la propia exposición, cuando materializas o solidificas algo que no lo es en un principio. Al trabajar con la performance, cuando haces exposiciones de performance y de repente sólo ves fotografías. Ahí he tenido muchas dudas sobre el trabajo. Para mí todo esto son elementos vivos y por eso hago muchas referencias a las colecciones, por esa responsabilidad de la que antes hablábamos en relación a la institución. Cuando guardas o cuando cuidas una colección, me planteo cómo podemos cuidarla y cómo podemos al final forzar las obras a bases de datos. Desde ese cuestionamiento yo hablo de CentroCentro como un centro que no sólo se construye a través de un programa de exposiciones o una serie de actividades, sino que lo construyen los momentos que se generan y esos momentos son un patrimonio inmaterial, algo que enlaza mucho con la investigación que va a llevar a cabo Saliva sobre cómo nos juntamos y cómo podemos guardar o compartir ese momento a posteriori. Una de las cosas que tiene el centro es que tiene una variedad de programación muy grande: desde el auditorio, con toda la programación musical, el cine de verano, las exposiciones, las actividades públicas, los seminarios. La cuestión es cómo podemos construir un archivo de esos momentos que se han ido generando y que transforman y alimentan a las personas que han formado parte de ellos, y cómo podemos hacer que alimenten también a las personas que no los han vivido, sin que tengan la sensación de que han llegado a la fiesta al día siguiente. Para mí ese es el riesgo de trabajar con este aspecto más inmaterial. En este sentido, no me gustaría que CentroCentro tuviera colección porque no tenemos capacidad de asumirla y creo que no es la voluntad del centro; es un centro que tiene que generar otro tipo de actividad y programación, pero sí me gustaría que asumiéramos que también tenemos una responsabilidad sobre lo que generamos. Proyectos como Las voces del GPS o Charivaria, que ha tenido una repercusión muy importante en el contexto; o los ciclos, por ejemplo, de música. Se trata de pensar cómo hacemos para que ese patrimonio que vamos generando pueda reflejarse de alguna manera. Estamos trabajando en una página web que nos sirva de archivo, en una línea de publicaciones en la que se solidifiquen esos momentos a través de textos. Pero también me gustaría que buscáramos otras maneras, que construyamos un relato a partir de estos encuentros y eventos.

 

Este público responsable que has mencionado me ha recordado que en el programa no se habla de mediación y se habla siempre de “aprendizajes colectivos”. ¿Por qué este posicionamiento?
Este es un debate que muchas veces es semántico. La mediación me parece bien y la respeto, pero creo que siempre hay una idea que recuperábamos antes, un tema de autoridad, de enseñar… luego hay gente dentro del equipo que me dice que el aprendizaje también tiene una connotación de este tipo. Nos pasamos horas debatiendo esto: mediación, educación, aprendizaje…

Hablo de aprendizaje colectivo porque este puede tener muchas formas, pero lo que asume, y eso para mí es muy importante, es el principio de horizontalidad. Es decir, en este momento, yo hago una oferta, que es una programación habitada y construida por muchas personas. Cuando invito a Sonia Fernández Pan, ella viene con una propuesta que posiblemente no es la que yo haría, y es por eso que la invito. No se trata de escucharme a mí constantemente. Construimos un proyecto en el que hay múltiples voces entre las que puede estar el público. Pienso que vamos camino de un público que puede proponer y que puede, en un momento dado, decir lo que le interesa para, si tiene cabida dentro del programa, asumirlo a nivel de personas y presupuesto. La voluntad es entender que hay una horizontalidad en la capacidad de generar contenidos. Yo asumo que cuando Sonia Fernández Pan presenta la exposición, los públicos que la van a mirar, que no tienen por qué tener una conexión con el mundo del arte, la van a ver con otros ojos que van a enriquecer muchísimo la mirada de Sonia. Y esas dos miradas van a enriquecer muchísimo la mía y yo, posiblemente, aprenda más de escucharles que de escucharme a mí misma. Por eso hablo de aprendizaje colectivo, porque creo que cuando nos juntamos, y ahí recupero mucho la idea de los círculos de mujeres, lo que tenemos que crear es un espacio en el que una propuesta es lanzada pero que puede ser recogida de muchas maneras y enriquecerse con todas las personas que participan. En el momento en que nos sentamos y participamos, realmente, no hay jerarquías del conocimiento y entre todos podemos construir algo. Por eso yo, activamente, pienso en el aprendizaje colectivo porque creo que al final nos enriquecen mucho más las miradas exteriores que nuestras propias miradas.

 

 

Ya terminando,y aprovechando que has mencionado a Sonia Fernández Pan, me parece muy interesante que una institución invite a un comisario ajeno a la misma a desarrollar una programación de carácter anual, para poder llevar a cabo un proyecto a medio plazo y que su intervención en la institución no se quede en algo aislado. Ella va a trabajar sobre materialismos y feminismos y tú, en la entrevista, has hecho referencia en varias ocasiones a lo material y a la materialización. ¿Te interesaba particularmente este discurso?
Me gusta mucho el proyecto del comisariado anual. Como comisaria independiente pensaba muchas veces que al hacer un proyecto en una institución que no conoces, cuando estabas terminando es cuando empezabas a estar más cómoda. Ciclos como Espai 13 de la Miró me parece que funcionan muy bien en ese sentido y que generan un espacio de aprendizaje que es muy interesante.
He estado mucho tiempo en Barcelona y conozco a Sonia de esa época. Aunque no tuviésemos una relación muy estrecha sí he seguido su investigación, sobre todo en relación al proyecto de Arts Santa Mònica que ella estaba llevando a cabo –y que era su primera entrada a la objetualidad– mientras yo trabajaba el proyecto Objeciones en la Fundación Tàpies. Eran diferentes formas de acercarse a los objetos. Yo estaba investigando los objetos desde el valor artístico, desde el objeto de arte, de cómo la institución legitima. En ese momento intercambiamos emails porque estábamos casi cruzando artistas y líneas de investigación.
Sí que me parecía que podía ser interesante traer esa investigación a CentroCentro. Cuando empezamos a hablar con Sonia ella me propuso también otras ideas. Y sí que me interesaba mucho el trabajar desde los objetos porque es una preocupación que está conectada con poder asumir otros cuerpos, con cómo podemos relacionarnos con los otros, con esta línea del cuerpo como transmisor. Pienso que el proyecto trabaja muy bien esa materialidad y esa objetualidad y nos abre muchas preguntas en relación con el otro y con cómo construimos ese otro. Creo que puede ser interesante para empezar a hablar de cómo se construyen las relaciones en relación a los objetos. Me parecía que también se generaba un contrapunto interesante con el proyecto de Carmen Nogueira, que es mucho más de dispositivo, de recorrido, de usos, de definición del propio trabajo o el proyecto de Ainhoa Hernández y Andrea Rodrigo que también habla de esos cuerpos que se juntan pero más desde lo orgánico. Ahí Sonia abre una conversación con esos otros mundos que en el proyecto de Lúa Coderch, que es el primero, se hace muy patente: es una conversación con O y O, y puede ser muchas cosas. Yo creo que sí que había una voluntad de que Sonia continuara con esos procesos de trabajo; ella ya había hecho una primera serie de exposiciones sobre esta objetualidad, se había quedado con ganas de seguir ahondando en ello y esta invitación da pie a solidificar, asentar y mostrar esta investigación.

 

Soledad Gutiérrez es Licenciada en Políticas. Trabajó como conservadora en el MACBA hasta 2014, habiendo sido antes responsable del programa de exposiciones de la galería Hauser & Wirth de Londres y asistente curatorial en la Whitechapel Art Gallery. Tras dejar el MACBA, empezó a trabajar como comisaria independiente colaborando con instituciones y centros de arte como la Fundació Antoni Tàpies, Tabakalera, CA2M o el mismo CentroCentro.

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