“Tesis” cumple veinte años

La ópera prima de Alejandro Amenábar cumple dos décadas. La película supuso un necesario golpe de aire fresco que despertó a la industria cinematográfica española en todos los aspectos. Guión, crítica, modernidad, toda una carta de presentación con el que un estudiante de la Complutense abofeteaba a la producción nacional. Por María Aller


12 abril 2016

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“¿Qué es el cine? No os engañéis. El cine es una industria. Es dinero: son cientos miles de millones invertidos en películas y recaudados en taquilla. Por eso no hay cine en nuestro país, porque no hay concepto de industria. Porque no hay comunicación entre creador y público. Hemos llegado a un momento crítico en el que el cine sólo se salvará si es entendido como un fenómeno industrial. Vosotros sois alumnos de imagen, sois el futuro del cine español. ¡Salvadlo! Ahí fuera está la industria norteamericana dispuesta a pisotearos, y sólo hay un modo de competir con ella: darle al público lo que quiere ver. No lo olvidéis”. (Profesor Castro, Tesis, 1996)

 

Hace veinte años del estreno de una película de bajo presupuesto, un proyecto del que solamente sonaba el nombre del productor, José Luis Cuerda, y la actriz protagonista, Ana Torrent. Era una cinta de intriga y generacional dados los protagonistas, unos universitarios de la época. Esos que habían nacido con el final de la dictadura. Esos a los que la Transición había acompañado en su niñez. Esos que en su pubertad, adolescencia y juventud fueron testigos de los gobiernos de Felipe González. Esos que se licenciaban en plenos años noventa. Para sus trabajos de carrera, se pasaban horas en hemerotecas y bibliotecas, todo un mérito (sin la mano mágica de Internet, soporte que les llegaría en su venidera treintena). A esa generación pertenecían Ángela, Chema y Bosco, el trío de esta historia.

 

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Ángela es una joven responsable, discreta, con inquietudes. De buena familia y comprometida con los problemas sociales, elige para su tesis doctoral la violencia que desprenden los medios audiovisuales. Aunque es fácil de intimidar, es tenaz y se empeña en demostrar su autosuficiencia, algo difícil entre las chicas de su generación, aún coartadas por el sexo opuesto (como refleja la ñoña de su hermana pequeña). La muerte del tutor que le coordina la tesis, provoca un giro en su vida estudiantil y personal. Dos compañeros de la facultad entran en su vida: uno es Chema, un malasañero de los noventa al uso, residente por esa zona en un piso añejo perteneciente a su familia, que ha decorado con estética underground. Pósters cinéfilos hasta en el baño, apuntes desordenados, cintas VHS, latas de refrescos y mucha morralla dado su interés por lo audiovisual. Es el típico joven que se podría encontrar en el San Mateo Seis, cenando en La Pepita o haciendo botellón en la plaza de Barceló. El otro chico se llama Bosco, el antagonismo del de Tribunal. Guapo y seductor, atiende al rol de pijo que acudiría al Pandau todos los sábados, siempre que no se subiera a su casa de la sierra.

 

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En un Madrid paralelo, otro chaval con aire tímido y menudo llamado Alejandro Amenábar, asistía a la facultad de Ciencias de la Información. Le interesaba la imagen y ya hacía cortos con los compañeros. Como buen estudiante de esa facultad, Alejandro comprobaba que tanta teoría no llevaba a la buena formación. Su curiosidad hizo que se pusiera en marcha con colegas como Mateo Gil para hacer proyectos. Con él escribió el guión de la historia que tenía en la cabeza. Cuerda se cruzó por su camino y vislumbró el talento que desprendía el chico, así que decidió financiar la producción. Ese argumento debía darse a conocer.

 

El director novel no solamente enseñó al gran público lo que eran las películas snuff, sino que plasmó también su ideario a través de la cámara. No terminó la carrera, pero esa era su tesis y presentación en la profesión. Ponía en tela de juicio a su universidad (es conocida de sobra la anécdota de que el verdadero profesor Castro le suspendió en la vida real), aludía a la muerte, tema de referencia en su posterior filmografía. Llamaba la atención sobre la doble moral de la sociedad –aquella que silenciaba el morbo, tan profundo como humano– y que personificaba en sus dos personajes masculinos (“¡Te has enamorado del malo, imbécil!”). La crítica estaba servida y pasaba la pelota a nuestro tejado. De ahí que la película finalice con la entradilla de la periodista, como preparación al mundo que tenemos fuera: “Estas son las imágenes”.

 

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Amenábar no se imaginaba lo que iba a suponer esa película de bajo presupuesto: hordas de jóvenes de provincias venidos a la capital para estudiar la carrera de imagen, renombrada Comunicación Audiovisual, y centros privados frotándose las manos con el negocio que iban a hacer con tanto estudiante apurado con la nota de corte. Sí, la puntuación se ponía por las nubes para los que querían ser como Alejandro, y todo porque él no hizo más que seguir una obvia indicación: hay que dar al público lo que quiere.

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