Todos llevamos un gótico dentro

Estos días se celebra la Semana Gótica de Madrid, un evento que bien podría servirnos para entender de una vez por todas en qué cosiste la cultura gótica y por qué todos llevamos algo de ella en nuestro interior. Por Ángela Cantalejo


10 octubre 2014

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Raritos, deprimidos, cortavenas, satánicos, qué miedito, tarados y otra serie de lindezas por el estilo son lo que están acostumbrados a escuchar los góticos confesos por parte de la “gente normal”. La juventud “normal”, es decir, el resto, tendemos a uniformizar o discriminar con una vara imaginaria muy despiadada llamada “ortodoxia radical del hipster”, a todo aquel que no cumpla los requisitos de tan exclusiva elite. Sí, amigos, no nos engañemos: los miembros del gafapastismo velludo y el moderneo malasañero tienen más prejuicios que nuestras pobres bisabuelas. Para demostrarlo, no hay nada más que pasearse por la Semana de la Cultura Gótica de Madrid (más que una semana, es un mes de actividades de todo tipo) y hablar con los participantes, gente de toda índole y condición, que están más que hartos de las etiquetas que les han colgado al cuello como sogas de ahorcado. “No nos queda más remedio que reeducar a la sociedad para que entiendan de una vez qué somos y qué defendemos”.

 

Así que, heme aquí dispuesta a demostrar, con poderosos y oscuros argumentos, que la cultura gótica está más en boga que nunca y que esos que hasta ahora nos considerábamos “los normales”, sin saberlo, estamos imbuidos en el espíritu etílico del gran Allan Poe.

 

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Comencemos cortando la cabeza a algún que otro tópico recurrente: los góticos no son gente deprimida, suicida o triste. La cultura gótica reivindica el mundo liminal, aquello que está entre las tinieblas y la luz, lo estremecedor y lo vibrante. Pero esto, señores, no tiene porqué significar dormir en un ataúd ni beber sangre ni, mucho menos, tener ganas de morirse unas tres veces al día. La “melancolía” gótica  tiene más que ver con lo siniestro. Y léase siniestro en su significado más vasto: todo aquello que está alejado de lo bello pero que consigue, de igual manera, despertar nuestros impulsos emocionales y traspasar la estética de lo bello para anidar en el dominio de lo impreciso; aquello que está entre lo hermoso y lo horripilante, entre la oscuridad y la luz, entre lo natural y lo mágico, lo que podemos explicar y lo que no, entre lo equilibrado y lo grotesco…

 

Estos contornos son los que la cultura gótica dibuja a base de literatura fantástica (algo terrorífica, no podemos negarlo) y esa nostalgia romántica del “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Es básicamente, una reivindicación cultural que intenta mantener vivo el arte, la literatura, la estética y el pensamiento del Romanticismo. ¿Anticuados? Pues más bien no, porque no debemos olvidar que este movimiento decimonónico fue la antesala de la modernidad y, para muchos, la revolución artística por excelencia. Fueron los románticos, y por ende, también lo son los góticos, los primeros en explorar esta parte oscura del ser humano sin sentirse avergonzados ni renegar de ella. Fueron los primeros en romper los parámetros de dualidad: bien y mal, muerto o vivo, oscuro o cándido… Una vez más, las malditas etiquetas.

 

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Dicho esto, muchos empezamos a sentirnos fascinados por el submundo gótico sin tan siquiera ser conscientes de ello. ¿Qué reinterpretaciones de lo gótico encontramos en nuestro día a día? En definitiva, todo aquello que nos resulta inquietante o que somos incapaces de definir racionalmente. Sin ir más lejos, éxitos comerciales como la serie True Detective y su turbadora atmósfera gótico-sureña puede resultar un muy buen ejemplo. No olvidemos que cumple con varios requisitos: un estremecedor existencialismo, naturaleza y personajes fuera de control que en ocasiones “engullen” la propia acción, perversión y almas oscuras. Pero también fueron buenos ejemplos antes la música blues o el punk, el cine de David Lynch o los personajes de Tim Burton e, incluso, yendo a lo patrio, el film La Isla Mínima y su espeluznante manifestación de la España más sórdida. Todas ellas son manifestaciones artísticas paradigmáticas de un “gótico” revisado que ya ha superado los castillos, las mazmorras y los monstruos para centrarse en espíritus perturbados que no tienen porqué encarnarse en fantasmas con cadenas sino, más bien, en el interior de uno mismo: en Robert Johnson y su pacto satánico, en detectives nihilistas adictos a la nicotina, en personajes malditos por sus propias contradicciones o en los imperdibles de las orejas de Sid Vicious. Un terror procedente de lo visceral del ser humano y no, únicamente, de fuerzas oscuras inexplicables. Se trata, en definitiva, de llegar a esa aséptica catarsis de una manera distinta, quizá más inquietante, pero igualmente conmovedora que permite dejarse poseer por las pasiones humanas, sean estas las que sean.

 

Piensen, en resumen, qué es lo que más les asusta de todos los espantos que encierra el universo y se darán cuenta de que lo realmente terrorífico procede de nosotros mismos, de nuestro más confuso e impenetrable “yo”. Ese “yo” que nada tiene que ver con ser “normal” y que sólo se atreven a explorar sin vacilar esos locos a los que llamamos góticos.

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