Tras las huellas de lo mutable con Alfredo Rodríguez

El artista Alfredo Rodríguez visita la exposición dedicada a Albert Renger-Patzsch en la Fundación Mapfre y el Museo de Ciencias Naturales. Mientras, habla de la imagen fotográfica, los procesos de transformación y los sedimentos de la imagen y su relación con los tiempos siempre en tensión. Por Sergi Álvarez Riosalido.


08 septiembre 2017

¿Tú sabes cómo nace la pintura?” me pregunta Alfredo Rodríguez. “No deja de ser una historia, pero fue por dos amantes que iban a separarse porque él debía marchar al extranjero y para tener ella un recuerdo de él, trazó su sombra que era proyectada por una vela”. La sombra en este caso tiene algo del amado –porque algo del rostro se proyecta– pero también de ese deseo hacia el otro; la sombra es el amado sin serlo. Esa paradoja también está planteada por Roland Barthes en “La cámara lúcida”, cuando dice que aquello que aparece en la fotografía está siendo y al mismo tiempo ya no es. Como diría Jacques Derrida en relación a la escritura, la imagen tiene un cierto carácter testamentario. Es necesario resaltar esto, ya que Alfredo Rodríguez distingue claramente la imagen fotográfica de la fotografía; aquello más etéreo, provisional, y la presencia física, objetual.

 

Izquierda: “SOLVE”, Alfredo Rodríguez, 2013. Derecha: “LIMBO”, Alfredo Rodríguez, 2016.


 

La imagen fotográfica, sostiene Alfredo Rodríguez, sólo se acerca a las cualidades más superficiales de la naturaleza y en el fondo no tiene que ver ni con la realidad ni con la totalidad de las cosas. Este tipo de imágenes, que en el fondo son las que nos encontramos con mayor frecuencia, tienen que ver con una ficción. Con una pretensión de objetividad la imagen fotográfica acaba produciendo una ensoñación de lo que el mundo es. En ese sentido, Alfredo Rodríguez atiende más bien a las múltiples huellas que permanecen, a través de procesos, físicos y químicos, de adición y de sustracción, como esa tensión de lo que ha sido y sigue siendo a pesar de que haya cambiado de estatuto.

 

La imagen parte del objeto, procede del objeto, y así se separa de él, lo parte. Es en ese proceso en el que deja una o múltiples huellas. El objeto desaparecerá, cambiará o mutará, pero la huella permanece. En esta estructura de la huella incide, precisamente, Derrida. “La huella es algo que permanece de un origen pero que se separa de él y permanece como traza en la medida en que se ha separado de su origen trazante”. Existe una afinidad en relación a esto en el planteamiento de Alfredo Rodríguez, incidiendo en los procesos que le ofrecen cada vez más huellas. Reducir la fotografía a la imagen fotográfica implicaría no haber comprendido la complejidad de la técnica, de todos los matices, suplementos y capas que ofrecen los distintos procesos.

 

Izquierda: “Fast-forward (FFWD)”, Alfredo Rodríguez, 2014. Derecha: “TSP (The Stagnat Pool)”, Alfredo Rodríguez, 2014.


 

Con este planteamiento de Alfredo Rodríguez nos encontramos en una posición casi irreconciliable con la del fotógrafo Albert Renger-Patzsch, considerado como uno de los fotógrafos más destacables de la nueva objetividad en la Alemania de los años 20. El trabajo de Renger-Patzsch ha sido considerado como “la renovación del realismo fotográfico”, una obra caracterizada por la precisión técnica y la representación exacta del tema. Sin embargo, muy pronto Alfredo Rodríguez señala lo que hay detrás de eso. “En la fotografía hay un nivel de consenso y un nivel de la materia”, sostiene Alfredo Rodríguez. Las fotografías de Renger-Patzsch se quedarían en el primer estadio, en un punto en el que la apropiación de lo que se muestra es tremendamente sencilla. A través de una serie de imágenes se llega al consenso de lo que es el amor, la felicidad, la vida en la calle, por citar algunos ejemplos.

 

Izquierda: “XX”, Alfredo Rodríguez, 2016. Derecha: “Gebirgsfrost im winter”, Albert Renger-Patzsch, 1926.

 

La imagen fotográfica tiene como detonante algo querido, algo que, por un motivo u otro afecta a aquel que (es) mira(do). Sin embargo, hay algo trágico en eso y es la imposibilidad de compartir esa afección. Roland Barthes, consciente de ello, no muestra en ningún momento la imagen de su madre en “La cámara lúcida”, aun cuando ésta es el principal motivo por el cual escribe el libro. En este sentido, Alfredo Rodríguez escapa también de esta limitación de la imagen fotográfica y expande sus posibilidades a través de todos esos procesos y sedimentos creando otra presencia que es la del objeto fotográfico. Es así como el arte, y particularmente Alfredo Rodríguez a través de su obra, accede a unas metáforas que quedan por venir.

 

Esta postura se ve radicalizada ante la certeza de que no existe algo considerable como observador independiente. Precisamente las obras de Alfredo Rodríguez de la serie “DATELESS” (2014) estaban incluidas en la exposición “Uncertainty Principle”, tomando los términos de Heisenberg, según el cual la realidad va más allá de nuestras capacidades lógicas para aprehenderla. Ante esto, quizá lo más coherente y respetuoso sería permanecer asombrado ante ese misterio y no tanto señalar lo que la realidad es, la cosa en sí en términos kantianos. Con esto, la obra de Renger-Patzsch está en las antípodas de la de Alfredo Rodríguez cuando el fotógrafo alemán parte de una perspectiva realista, documentalista, con una vocación de objetividad.

 

Izquierda: “Dateless – 001”, Alfredo Rodríguez, 2014. Derecha: “Gesteins – Transport und Erosion im Oberen Tessin”, Albert Renger-Patzsch, 1960.

 

Pero si por un lado encontramos en las fotografías de Renger-Patzsch esta pretensión de objetividad, de decir “la cosa es así”, “la realidad es esta”, Alfredo Rodríguez detecta en algunas de esas imágenes una cierta voluntad de parecer lo que es, digámoslo así, normal. En efecto, Renger-Patzsch no aporta caprichos sino que se aprovecha de lo que tiene ante sí pero al mismo tiempo se puede intuir una cierta preocupación por los materiales, los reflejos y la luz, que es lo propio de la fotografía: La iluminación, el juego con los dobles y los reflejos, las texturas y las sombras, toman un papel ciertamente relevante en muchas de esas imágenes.

 

Izquierda: “Euphorbia”, Albert Renger-Patzsch, 1922-23. Centro: “Jenaer Glas”, Albert Renger-Patzsch, 1934. Derecha: “Bleiglanz”, Albert Renger-Patzsch, 1935.


 

No obstante, inmediatamente nos percatamos de que la precisión técnica y las posibilidades que explora Renger-Patzsch limitan, en el fondo, los recursos técnicos de la fotografía, lo que no quita que se generen imágenes maravillosas y precisas. Y justamente lo que distingue Renger-Patzsch de Alfredo Rodríguez es cómo el segundo va generando capas que entierran esa imagen o la distorsionan. Por ejemplo, a través de una proyección en láser para producir al mismo tiempo diversos registros fotográficos, recogiendo los reflejos desde papel fotosensible al holograma; en “DATELESS” (2014) de Alfredo Rodríguez, cambian constantemente los puntos de vista.

 

Izquierda: “Gläser”, Albert Renger-Patzsch, 1960. Derecha: “Dateless – 002”, Alfredo Rodríguez, 2014.

 

Esto, que en la obra de Alfredo Rodríguez podría considerarse una pérdida de concreción, tiene que ver con el estatuto poético que le otorga a la ruina, a los efectos del paso del tiempo sobre los objetos que los hace casi irreconocibles. La ruina es un objeto que se quiere completar y así Alfredo Rodríguez provoca la ruina para darle vigencia en el objeto artístico: la ruina es un objeto que tiende al pasado, es un misterio que no se acaba de resolver. “La imagen fotográfica –sostiene Alfredo Rodríguez– se aproxima al lenguaje de las palabras por una cierta pretensión de objetividad pero la ruina es un misterio que al no resolverse permanece indecible”. En ese gesto de provocar el misterio, en ese trabajo que consiste paradójicamente en sustraer elementos, el resultado es que la imagen pervive.

 

Todo ello lleva a Alfredo Rodríguez a trabajar en un ir y venir entre extremos, eludiendo la norma en una suerte de ritual en el que se conjugan materia, luz y química, donde todo puede aparecer o desaparecer durante los procesos químicos. Esta química es la que remite en “SOLVE/COAGULA” (2013) y el principio alquímico de la transformación.

 

Imágenes de “SOLVE / COAGULA”, Alfredo Rodríguez, 2013. Galería Espacio Valverde de Madrid.

 

Hablamos de estas cuestiones ya ante troncos silificados y árboles fosilizados del Museo de Ciencias Naturales. Alfredo Rodríguez destaca el interés por cómo en unas condiciones muy determinadas un árbol, un vegetal, ha pasado a tener otra naturaleza: lo que era un conjunto de material orgánico ha sido reemplazado por mineral conservando aspectos de la madera. Algo así hace Alfredo Rodríguez con la imagen y los fundamentos químicos y físicos de las obras: el laboratorio se convierte en un lugar de encuentros, transformaciones y mutaciones de restos y huellas.

 

Volviendo a la idea de huella que maneja Derrida, a éste le interesa el hecho de que la huella permanece, pero no quiere decir que ella sea esencial. El permanecer, el restar de la huella tiene interés en la medida que excede toda ontología. Las huellas en las obras de Alfredo Rodríguez de algo que en un momento dado es sustraído, es capturado, y en unas condiciones excepcionales termina siendo un objeto totalmente diferente en una conjugación de tiempos realmente compleja: esto es lo extraordinario de los movimientos.

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