Tres misterios de Madrid

Un caballo diabólico, un cadáver sin cabeza y una misteriosa desaparición en la Noche de San Juan. Madrid está lleno de misterios… Os contamos tres de los más famosos. Por Diego Parrado


12 noviembre 2014

Por fin el frío se ha encaramado a las copas de los árboles, deshojando sus ramas. Poco a poco la ciudad va quedando desprovista de sus sombras, y al igual que las hojas se arremolinan en los bordillos de las aceras y los plataneros muestran la mortal desnudez de sus ramas (los árboles en invierno son como arlequines despojados de sus disfraces), hay secretos en Madrid aguardando ser desvelados

 

¿Quién mató a Sandra Mozarowsky? ¿Existió el Duende del Retiro? A continuación, apuntaré tres de estos misterios, de los cuales solamente el primero ha sido resuelto:

 

Plaza Mayor (4)

 

EL CABALLO DIÁBOLICO DE PLAZA MAYOR

 

La estatua de Felipe III a caballo es una de las imágenes más recordadas de Madrid. Lleva desde 1848 en su pedestal de la Plaza Mayor, recibiendo imperturbablemente los flashes de los turistas y el tufo de los bocatas de calamares; ambos, rey y caballo, ofrecen una afable sonrisa a cualquiera que se acerque a saludarlos. Pero la estatua no es tan amable como aparenta. En 1931, año de proclamación de la II República, un militante de izquierdas prendió la mecha de un potente petardo y lo introdujo por la boca del animal.  Pretendía tal vez que el caballo se desbocara y el monarca cayera de su montura, o al menos eso quiso simbolizar, pero su trastada tuvo un resultado aún más extraño. A consecuencia de la explosión, la panza del caballo reventó, y entonces… Entonces empezaron a llover huesos; pequeños huesos de animales que salieron despedidos del vientre de la bestia y quedaron desperdigados por la plaza. Pero ¿cómo era eso posible? ¿De dónde provenían tales restos? ¿Cobraba la estatua vida por las noches, perpetuando las cacerías del rey más allá de su muerte? Pues bien, una vez analizados los huesos y explorada con atención la estatua, se descubrió que aquéllos pertenecían a gorriones que entraban por la boca de caballo y, una vez dentro del animal, pues la estatua estaba hueca, quedaban atrapados en su tripa, incapaces de remontar ya el vuelo. Hay quien dice que los huesecillos de los pájaros fueron un presagio de las muertes que iba a traer la Guerra Civil, y que el petardo del izquierdista no hizo sino desatragantar al caballo de Felipe III, augurando con ello la posterior restauración monárquica. Sea como fuere, el Ayuntamiento ordenó taponar la boca del animal para impedir que se tragara más pajarillos. 

 

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LA CABEZA DE GOYA

 

Los españoles no somos muy dados a homenajear a los más ilustres de nuestros muertos y solemos desconocer en qué lugar reposan sus restos. Muy pocos madrileños, por ejemplo, han visitado la tumba de Goya a orillas del Manzanares, e incluso estos tres o cuatro románticos habrán rezado una oración por la borrascosa alma del sordo sin saber que se hallan ante un cadáver decapitado. En efecto, la cabeza de Goya se encuentra en paradero desconocido. El asunto es de lo más misterioso: el famoso pintor murió en 1828 y fue enterrado de cuerpo entero en una cripta de Burdeos, ciudad en la que residía, pero cuando a petición del Estado español sus restos fueron exhumados para ser devueltos de Francia a nuestro país,  se descubrió que al zaragozano le faltaba la testa. Alguien había saqueado la tumba de Goya para cortarle la cabeza. Pero, ¿con qué fin? Por supuesto hay teorías para todos los gustos: algunos creen que fue robada por un estudioso de la frenología, la ciencia encargada por aquel entonces de fundamentar la psicología de los individuos según las medidas de sus cráneos; otros hablan de que la cabeza fue enterrada junto a la Duquesa de Alba; otros de un cuadro titulado “El cráneo de Goya” que demuestra que los restos del artista protagonizaron toda clase de aventuras; y, si por hablar fuera, habría incluso quién diría que Goya fue un vampiro al que hubo que decapitar para acabar con su maldición. En cualquier caso, el genio descansa hoy en una tumba a los pies del altar mayor de San Antonio de la Florida en Madrid. Y si lo hace sin cabeza, tal vez sea porque nunca la tuvo del todo en este mundo.

 

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EL NIÑO DE SOMOSIERRA

 

En la noche de San Juan de 1986 se dio una de las desapariciones más enigmáticas del país. El suceso está explicado en multitud de webs con todo lujo de detalles, pero a grandes rasgos esto es lo que pasó: un camión cisterna que trasportaba ácido sulfúrico desde Murcia a Bilbao chocó contra otro vehículo en el puerto de Somosierra y se salió de la carretera chocando contra un árbol. Debido al impacto, la cisterna se rajó y empezó a brotar ácido por la calzada. Desgraciadamente, el conductor del camión y su mujer murieron abrasados. Sin embargo, en el vehículo viajaba una tercera persona: el hijo de los fallecidos, de quien no se encontró ni rastro. Se peinó la zona, pero el chico no apareció. Se dijo que el ácido debía de haber consumido por completo al chaval, pero los expertos aseguraron que, de haber seguido en el coche, necesariamente habría quedado algún resto orgánico. Dos pastores de la zona fueron testigos de cómo dos extraños señores aprovecharon el caos reinante para llevarse un bulto del camión; un alijo de droga, se dice, o quizá el propio niño. ¿Fue secuestrado, entonces? Nadie lo sabe. Sucedió en la noche de San Juan, la noche en la que toda clase de seres mágicos se asoman a nuestro mundo. Tal vez habría que recordar que las hadas, antes de que Disney las conjurara, solían resultar menos simpáticas y la gente las temía por su afición a raptar niños.

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Comentarios:

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Paloma says:

En el caso del niño de Somosierra, no había ningún coche circulando detrás y el niño no viajaba en él, era en el camión dónde viajaba junto con sus padres.

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