Tres vampiras madrileñas

En una ciudad que parece tan yerma de misterio como la nuestra, hay sin embargo uno que a lo largo de su historia se reitera con inquietante frecuencia: el de la muerta que regresa de la tumba para seducir a un caballero hasta el punto de trastornarlo. Anoche, en la Venda Negra, detectamos al menos tres muestras de este tipo de leyenda en Madrid. Por Diego Parrado


28 abril 2015

L'Odio. Pietro Pajetta, 1896.

L’Odio. Pietro Pajetta, 1896.

 

1. La leyenda de Juan de Echenique

 

Juan de Echenique fue un oficial de la Guardia de Carlos IV bastante famoso entre las mujeres de la Villa y Corte, a quienes siempre gustaba complacer. O, mejor dicho, a quienes complacía hasta que convertía en los seres más desdichados, pues Echenique pasaba del amor de una mujer al de otra con la ligereza con que se deslizan las cuentas de un rosario durante un rezo. Una noche, sin embargo, conoció a una que templó para siempre su apetito. Según cuenta la leyenda, el guardia, camino del Palacio Real, oyó como una mujer le llamaba desde la ventana de una casa que había en la calle del Sacramento. Era una joven muy hermosa, cuyo tierno cuerpo cubría tentadoramente con una cortina. El oficial, pese a que esa noche tenía que relevar a un compañero en la garita de palacio, no pudo resistir hacer un alto en el camino y subir a degustar aquel manjar nocturno. ¡Pero qué indigesto resultó éste!

 

Durante un buen rato, el guardia se entregó a los brazos de aquella dama, quien le procuró una de sus mejores noches, hasta que finalmente se oyó a lo lejos un reloj dando las doce y Echenique, luego de vestirse a toda prisa y despedirse de la joven con un beso, salió a la calle y echó a correr hacia Palacio para cumplir sus obligaciones. Cuando iba por la calle de Santa Clara, sin embargo, cayó en la cuenta de que había olvidado su espada apoyada en a una de las patas de la cama, por lo que dio media vuelta y regresó a la calle del Sacramento. Lo que allí encontró le heló la sangre: la casa, cubierta de telarañas, estaba destartalada y no había en ella ni rastro de la joven. Su espada descansaba junto a la cama, que, como al resto de los muebles, ahora amortajaba una sábana blanca.

 

Espantado, el oficial recogió el arma y se apresuró a salir de aquel lugar maldito. Al día siguiente, después de una guardia que, al contrario de otras veces, no se vio entorpecida por el sueño (pues el terror le mantuvo bien despierto toda la noche), volvió a la misteriosa casa y se enteró por un vecino que llevaba varias décadas deshabitada, pues su dueña hacía ya mucho que había muerto. Tomándose el siniestro suceso como una advertencia, Echenique ingresó en un convento y ya nunca quiso yacer con ninguna mujer.

 

Iglesia de San José. Foto: Tamorlan.

Iglesia de San José. Foto: Tamorlan.

 

2. La leyenda del baile de carnaval

 

En 1853, durante un baile de máscaras que se daba por carnaval en el Teatro de los Caños del Peral, un joven diplomático inglés languidecía de hastío apoyado en una columna de uno de los salones: ninguna de las mujeres de la fiesta le hacía caso. No obstante, al cabo de un rato, se le acercó una joven cuya belleza ensombrecía a las demás presentes, igual que algunas piezas de museo especialmente valiosas hacen parecer a las de su alrededor mera morralla de anticuario. Esa mujer, de piel blanca como las teclas de un piano y cabellos negros como el azabache, no llevaba antifaz, aunque una sombra cruzaba sus hermosos ojos. Inclinándose hacia el joven, le suplicó dulcemente que le sacara a bailar. Y durante mucho rato estuvieron bailando, aunque a medida que la noche iba avanzando, el inglés notó cómo los ojos de su compañera eran cada vez más sombríos y tristes.

 

Cuando la fiesta acabó, los dos jóvenes pasearon por la calle de Alcalá; ella guiándole a él con sus frías y pálidas manos, hasta que al llegar a la iglesia de San José, la misteriosa dama se detuvo y dijo tener que volver dentro del templo. Acto seguido, le ofreció el más triste de los besos, subió los escalones de la entrada y se perdió en la oscuridad de la nave. Intrigado, el extranjero la siguió al interior de la iglesia, pues ¿de qué extraña tarea tenía que ocuparse la joven a esas horas de la noche en ese sitio?

 

Su cordura se quebró para siempre cuando atravesó el crucero y llegó al altar: allí, en un ataúd ricamente adornado, yacía la bella mujer con la que había estado bailando, y cuyo rostro ahora sí enmascaraba un velo negro.

 

Placa de la Calle del Desengaño. Foto: Basilio.

Placa de la Calle del Desengaño. Foto: Basilio.

 

3. La leyenda de la calle del Desengaño

 

Quienes se hayan detenido a observar la placa que señala la calle del Desengaño, se habrán encontrado con una escena de lo más curiosa y siniestra: dos caballeros parecen cederle el paso a una mujer que se vuelve hacia ellos y resulta ser un esqueleto. Los dos hombres de la imagen son Vespasiano de Gonzaga y su rival Jacobo de Grattis, el Caballero de Gracia, quienes según la leyenda estaban a punto de batirse en duelo por el amor de una doncella cuando, de pronto, una mujer cubierta por un velo y seguida por un zorro pasó entre ellos y distrajo su violento propósito. Los dos enemigos volvieron a enfundar sus espadas y siguieron a la enigmática dama, olvidando ya a aquella otra por la que habían estado a punto de comprometer sus vidas. Pero antes de que la alcanzaran, la mujer se descubrió y, girándose hacia sus admiradores, les mostró su cadavérico rostro: era una muerta salida de la tumba.

 

Ese terrorífico desengaño que los dos caballeros sufrieron es lo que da nombre a esta céntrica calle, hoy en día frecuentada por las prostitutas y sus clientes…

 

 

* Nota: El tema de la mujer que se revela muerta ante su amante está también presente en la leyenda del convento de San Plácido, a la cual nos referimos recientemente. También, de alguna manera, en los sucesos vividos con el cadáver de Eva Perón en Puerta de Hierro y con el de la hija del doctor Velasco. Cabría recordar, además, que en la frontera entre Madrid y Segovia hay un cordal montañoso que recibe el nombre de “La mujer muerta”, pues dibuja en el horizonte la figura de una mujer yacente.

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