Turistas de nuestro desastre

Nacidos en la Transición española y aledaños, ¡aquí tenéis vuestro espej(ism)o! Afiladas están las hojas de ‘La habitación oscura’. Por GORKA ELORRIETA


28 octubre 2013

Isaac Rosa. Foto: Marta Velasco

 

Amarga baja, amarga baja. La novela va abriéndose paso en el lector. Un lector que se siente, como cualquier otro treintañero y apenas abierto el libro, dentro de ‘La habitación oscura’ (Seix Barral), “el pozo al que todas las vidas desaguan”. Isaac Rosa, certero en su diagnóstico y extraordinario en el tempo y los recursos estilísticos, plantea un retrato generacional de todos los que tuvieron veinte años, algunos sueños y un trabajo fijo y que un día, lenta pero progresivamente, vieron sustituidas sus conversaciones despreocupadas –de humo, independencia y noches larguísimas-, por el mantra del paro, la desafección política y los días larguísimos.

 

Dibujada y reconocida la imagen panorámica e inoculados ya con la adicción que imponen la voz narrativa y cierto misterio, su mirada (crítica e inquisitiva) desciende y se posa en la intimidad de un puñado de nombres -profesiones, militancia y estado civil- haciendo aún más real –y, en ocasiones, violento- ese crujido insoportable del presente. Premio para el que escape sin cortes de una de las mejores novelas nacionales del año.

 

 

Con un arranque tan absorbente, ese “Sólo faltabas tú y ya has llegado”, haces partícipe al lector desde la primera página…
Pretendo que el lector entre en la habitación oscura, y ya no salga de ella hasta la última página. Aunque hay muchos tiempos, escenarios, personajes, en realidad toda la novela se desarrolla a oscuras y durante unas pocas horas. El discurso oscuro, incluso confuso, que intento construir mediante ciertos recursos formales, busca también incluir al lector, que la voz narradora sea también suya.

 

La fuerza de la oscuridad, semejante propuesta dramática, ese espacio… ¿Los habías visto antes? ¿Qué imágenes de otros escritores, cineastas, artistas plásticos… te han influido más o menos conscientemente?

Aunque después he ido encontrando posibles referencias, y algunos lectores me han señalado obras con alguna conexión, ninguna estaba sobre mi mesa cuando empecé a escribir. Esta novela surgió de una forma mucho más intuitiva que mis anteriores: me encontré con la imagen de esa habitación oscura, y empecé a ver las posibilidades narrativas y metafóricas que tenía.

 

El país del miedo’, ‘La mano invisible’ y ahora ‘La habitación oscura’… ¿Si leemos tus últimos títulos podemos intuir un nexo?
Son tres novelas que comparten mucho. Aparte de una intención y de una forma de entender la literatura comunes a las tres, en todas ellas hay personajes atrapados en espacios asfixiantes. El padre que en ‘El país del miedo’ acaba no saliendo de su casa; los trabadores de ‘La mano invisible’ convertidos en marionetas en una nave-teatro de la que apenas salen; y aquí la habitación, que empieza siendo un lugar de liberación y acaba convertida en una trampa. Aparte de eso, sobre todo en las dos últimas novelas hay una búsqueda de la extrañeza, de situar algo entre el lector y la realidad, un artificio que distorsione esa realidad (o más bien su representación), que le incomode y le provoque preguntas que de otro modo no surgirían: esa extrañeza la busco con el montaje escénico de ‘La mano invisible’, o mediante la centralidad de la habitación en esta última.

 

 

 

Han pasado 15 años desde tu primer libro. ¿Cómo han ido evolucionando tus maneras/gustos como narrador?, ¿de qué manera ha ido madurando tu obra?

Han pasado 15 años desde mi primera novela, sí, ‘La malamemoria’, pero es el libro en el que menos me reconozco, una novela primeriza, de juventud diría. Empiezo a escribir de forma más consciente y más coherente con la literatura que me interesa, a partir de ‘El vano ayer (Biblioteca Breve)’, de la que pronto hará diez años. Y sí, veo una evolución, la propia de alguien joven que va madurando, que va leyendo otros autores, probando técnicas, equivocándose. Todavía siento que estoy aprendiendo, no creo haber alcanzado ni de lejos la madurez. En esa década de evolución veo un hilo común, una continuidad en temas y formas. Pero también siento que mi escritura se ha ido decantando, a partir de probar cosas que he acabado incorporando o desechando, hasta depurar una escritura donde lo reflexivo esté mucho más inserto, tenga más forma narrativa, que en primeros libros, donde la reflexión caminaba en paralelo a lo narrativo.

 

15 años. El mismo tiempo que viven tus protagonistas… ¿Algo que declarar?
Son los 15 años que van biológicamente desde la juventud hasta la edad adulta plena, en mi caso y en el de mi generación: desde los veintipocos hasta casi los cuarenta. Años decisivos, años de ascenso (personal, material, profesional). En sentido más amplio, son también los años que completan un ciclo político, económico y social en el país, desde el comienzo del ladrillazo (finales de los noventa, principios del nuevo siglo), entrada en el euro, hinchazón, y finalmente pinchazo y derrumbe.

 

¿Qué impresiones te han llegado de los primeros lectores de la novela? Hablo de un lector anónimo, no de críticos literarios… ¿Cómo ha salido la gente que ha entrado en ‘La habitación oscura’? ¿O cómo te gustaría que salieran?
La recepción inicial está siendo muy buena, y me gusta ver que cada lector se queda con algo parcial de la novela, que más allá de algunas impresiones comunes, hay lectores que se quedan con ciertas páginas y quienes eligen otras diferentes. En cuanto a la interpretación de la novela, me gusta encontrarme con lectores que me dicen que la novela les provoca “dudas”, pues eso pretendía: hacer dudar, no obtener asentimiento sino debate, incluso discusión. Hay también diversidad de opiniones sobre cómo juzgar la decisión de varios personajes de romper, de cruzar líneas rojas y plantear acciones más conflictivas. Me encuentro lectores dispuestos a sumarse a un plan así, otros que las rechazan por inútiles, y quienes no lo tienen claro y no saben dónde poner la línea roja.

 

Como autor, ¿qué sientes ante los “efectos secundarios” de tu obra?
En esta novela me encuentro, más que con las otras, con interpretaciones más alejadas de mis intenciones iniciales. La habitación oscura, como espacio en sí mismo, tiene un potencial metafórico que desborda mi propia capacidad de elaborar metáforas, y abre un campo de interpretación muy amplio, incluso confuso, donde conviven distintos planos de lectura.

 

¿Qué hay en tu propia habitación oscura, en tu búnker íntimo?
No soy muy original, no tengo una habitación oscura como la de la novela, y mis formas de refugio son bastante convencionales: mi familia, mis consumos, a veces un buen libro, en ciertos momentos escribir.

 

 

La gente ha salido a la calle, apareció el 15M y las asambleas de barrio (que ya estaban), se recogen firmas a diario para que no nos pisoteen más, hubo escraches… ¿Qué nos queda?
Pienso que en la protesta ciudadana hay dos velocidades. Hay una marcha rápida, y discontinua, que es la que nos saca a la calle cada pocas semanas o agita la actualidad por unos días, pero cuyos resultados, pensados en término de balance, son escasos: no hemos conseguido apenas parar recortes, impedir reformas, revertir privatizaciones. Esa velocidad, sus resultados, pueden llevar a algunos a la fatiga, y a la impaciencia. Pero luego hay otra velocidad, más lenta y continua, más coherente también, que está haciendo aflorar experiencias muy interesantes, nuevas formas de organización, más colectivas, más cooperativas y autónomas, formas de reapropiarnos de nuestras vidas, y también de lo público. Sucede en ámbitos todavía limitados, pequeños: barrios, comunidades reducidas, pueblos, colectivos. Pero ahí es donde pueden venir los resultados, aunque tardemos en verlos, aunque no nos sirvan para estar mejor el año que viene.

 

Como ciudadano te gustaría abrir un profundo debate sobre…

Sobre varios temas que ya están en la novela, y que están precisamente para eso: para buscar ese debate. En primer lugar, la construcción de un relato complejo para entender una realidad compleja, frente a los relatos simplificadores que nos estamos acostumbrando a consumir. Un relato en el que también debemos encajar nosotros, asumiendo nuestras responsabilidades, aunque sin caer en culpabilización ni desmoralización. En segundo lugar, esa discusión sobre cómo estamos protestando, y si deberíamos buscar otras vías. Y en tercer lugar, otro tema presente en la novela: la extensión de la vigilancia tecnológica al ámbito laboral, algo que está sucediendo ya, en cada vez más empresas, y que apenas merece debate social.

 

Además de las víctimas finales, somos responsables de…

De nuestras vidas. En sentido individual lo tenemos más claro; pero también en sentido colectivo, que desatendemos más, no somos conscientes de nuestra responsabilidad en términos colectivos. Es el momento de reapropiarnos: de nuestros derechos (que deben ser reconquistados), de lo público (antes de que lo salden), de nuestro futuro (que hasta ahora no nos perteneció).

 

¿El arte ha de ser político –si es que, en realidad, no es todo política- siempre o, con mayor razón, ahora?
Usamos como sinónimos algunas formas de adjetivar el arte, la literatura: político, ideológico. Pienso que todo arte tiene ideología, aunque nos parezca que solo está ideologizado aquel que se aparta o se opone a la ideología dominante (que es la que está presente en el resto de creaciones, que por tanto también tienen ideología). A partir de ahí, distinguiría por arte político el que tiene una intencionalidad política. Con más razón ahora, claro, entre otras cosas porque, pese al desprestigio de “la política” (la clase política, los partidos e instituciones), estamos viviendo una repolitización ciudadana, y hoy somos seres mucho más políticos que hace unos años. También los autores.

 

Una inquietud (casi) diaria

Estos días me da por pensar, muy a menudo, en que llegará un día en que mis hijas me preguntarán por lo que hice o dejé de hacer mientras todo esto sucedía. “¿Por qué lo permitisteis, papá? ¿Qué hicisteis para evitarlo?” Siento que no estoy (no estamos, la mayoría) a la altura del momento que vivimos.

 

Por jugar con la portada del libro, entre todas las vendas que llevamos, ¿cuál escogerías para quitarle a la gente?
Algunos excesos tecnófilos, eso que César Rendueles ha llamado con gran acierto “ciberfetichismo”, del que ninguno escapamos.

 

Obviamente el Isaac Rosa articulista y el narrador, que entiendo que se retroalimentan, tienen las mismas preocupaciones… ¿Pero cuál es la principal y más íntima diferencia cuando escribes por encargo o como novelista? ¿Es simplemente cuestión de “tiempos”?
Salvando todas las diferencias, las motivaciones son muy similares, ambos momentos responden a una forma común de entender la escritura, su potencial, sus consecuencias. Con todo, pienso que soy un novelista que además escribe artículos, no un articulista que escribe novelas. Esa condición de narrador está siempre presente, también en los artículos, sin que eso signifique caer en eso que llamamos “columnismo literario”, que por lo general me interesa muy poco.

 

 

Volvamos a ‘La habitación oscura’… ¿Cuál fue la decisión más complicada? ¿A qué le diste más vueltas?
Encontrar la voz narradora. Es algo fundamental en toda novela, desde dónde contarla. En esta novela me equivoqué varias veces hasta encontrar esa primera persona plural y sin género definido, y que es la que da coherencia y verosimilitud a la historia. Con otro narrador no funcionaría.

 

¿Satisfecho, extenuado, melancólico?
Satisfecho por haber encontrado (o eso creo) el relato que buscaba, la voz desde dónde contarlo, las palabras con que escribirlo. Extenuado porque esta novela me ha costado mucho más esfuerzo que las anteriores, la escritura ha sido más absorbente y me he dejado más de mí mismo en ella, yo mismo entré en la habitación oscura y me costó salir. Y melancólico, tal vez un poco, porque es cierto que tras dar una visión amarga de la realidad uno cae en cierta melancolía.

 

¿Cuándo sabes que la novela está terminada? ¿Cómo se asoma ese momento en tu proceso de creación?

Cada vez me cuesta más dar por terminado un texto. En este caso, estuve corrigiendo hasta prácticamente el día de entrar en imprenta, y si mi editora no me lo quita, seguiría todavía tachando y añadiendo. No suelo volver sobre mis novelas anteriores, porque en seguida encuentro cosas que no me gustan, que haría de otra manera. Me sucede también con los artículos, me cuesta poner el punto final, y no es raro que justo antes de enviar un texto lo vuelva a leer y acabe desmontándolo y reescribiéndolo.
Una novela, con el peso y la fuerza de la tuya, era necesaria. ¿Lo ves así, de alguna manera? ¿Es, sin duda, algo que te interesaría leer, como dice el tópico?
Es un tópico eso de que uno escribe el libro que querría leer, pero es cierto. Yo necesitaba una novela como esta, en este momento. Y me satisface comprobar que otros lectores también, cuando me lo dicen.

 

Una banda sonora para el libro

Inevitablemente, por la clave generacional que contiene, tarareé muchas veces el My Generation de The Who mientras escribía. Un tema genial que siempre me levanta el ánimo.

 

Haznos un par de recomendaciones entre las novedades literarias de este otoño

El libro del mencionado César Rendueles, Sociofobia (Entrelineas). No estoy muy al tanto de lo nuevo-nuevo, suelo leer con varios meses de retraso, así que recomiendo libros de antes del verano. Una nueva novelista muy interesante, Rosario Izquierdo:Diario de campo (Caballo de Troya). Un título que puede pasar desapercibido y es muy potente: Twist (Biblioteca Breve), de Harkaitz Cano (Seix Barral).

 

 

¿Qué otras voces destacarías (escriban ensayos, poemas, en prensa o en un blog) que mantienen una postura/temática cercanas?
Me siento muy próximo a novelistas como Marta Sanz y Belén Gopegui, con todas las diferencias que puedan tener nuestras escrituras. Y más en mi generación, me repito: me gusta mucho el grado de complejidad que ha alcanzado César Rendueles en su pensamiento, y la capacidad que tiene para hacer legible esa complejidad.

 

POSDATA
Participas en un colectivo, en un espacio de reflexión… ¿Qué hacéis en Qué Hacemos? ¿Cuáles son vuestras líneas de acción, vuestros objetivos?
‘Qué hacemos’ es un colectivo de reflexión y editorial. Y subrayo lo de “colectivo”, pues es lo que mejor define el proyecto: es colectivo en su origen, en su funcionamiento, y en sus resultados, ya que estamos publicando libros de elaboración colectiva, donde cuatro autores de distinta procedencia pero con afinidad suficiente, se sientan, reflexionan en común, discuten, acuerdan y acaban elaborando una propuesta. Nos parece importante reforzar esa perspectiva colectiva, tan necesaria hoy en todos los frentes.

 

Ser activista hoy implica…
Romper con cierto activismo pasivo, que parece en una contradicción en los términos, pero abunda. No podemos limitarnos a salir a la calle cuando nos convocan (otros), ni retuitear lo que hacen otros. De lo contrario, seguiremos siendo espectadores de nuestra propia tragedia. Ser activista implica también hacerse a diario esa pregunta a que me refería antes: ¿qué le diremos a nuestros hijos el día de mañana, cómo les explicaremos lo que está pasando, lo que hicimos o dejamos de hacer, lo que consentimos o impedimos?

03 mayo 2018 by JAVIER YOHN PLANELLS

Biblioteca Madriz: Editorial 120 pies


Editorial de libros electrónicos.


04 abril 2018 by JAVIER YOHN PLANELLS

Biblioteca Madriz: India Toctli, poeta y pintora


Isabel García Mellado presenta a su alter ego, India Toctli, poeta y pintora que debuta en los circuitos editoriales con el poemario “Atl”.


27 febrero 2018 by JAVIER YOHN PLANELLS

Biblioteca Madriz: Librería Desperate Literature


Librería internacional que se define como un lugar de encuentro. En ella se esconden tesoros de segunda mano junto a los últimos lanzamientos editoriales.



Comentarios:

Añadir comentario
Juan H. says:

Con muchas ganas de este libro!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *