Un cateto en ARCO

Hola, mi nombre es Sergio C. Fanjul y hoy tengo el valor para decir que… estuve en una feria de arte contemporáneo.


19 febrero 2013

Esto, señores, es una obra de Frances Trombley. Se llama "Fregona", una pieza de algodón, lana, hierro y madera, expuesta en una sala de Miami.

 

¿Recuerdan ustedes aquel chiste del señor de la limpieza del museo de arte contemporáneo? Resulta que en una de las salas del museo, de los más vanguardistas de la ciudad, los visitantes se encuentran, en medio de una sala vacía, un cubo con agua sucia y una fregona. Cómo no, empiezan a observarlos con detenimiento, a opinar sobre el sentido oculto de la obra y, alguno, se arranca a hacer fotos. En un momento dado, llega el señor de la limpieza, coge la fregona y continúa fregando. No, resulta que aquello no era arte, al menos por el momento. En ARCO, a los que somos un poco catetos, nos pasa eso a veces. Se encuentra uno, por ejemplo, una botella de vino vacía encima de un pedestal y no sabe si la dejó ahí un artista o un coleccionista dipsómano, se va uno a sentar en un banco para descansar las piernas y resulta que es un “banco sonoro” ideado por Bernhard Leitner, hasta cuando va al aseo se pregunta uno si no estará meando sobre el mismísimo urinario de Duchamp. Pero esta extraña fusión entre lo artístico y la real tiene su gracia. Al final, casi cualquier cosa que se exponga podría ser considerada arte. Luego está ese paseante anónimo, que no se da cuenta de que una estatua de Bernardí Roig es una estatua, tropieza con ella en la galería Max Estrella y se la carga: 55.000 euros costaba. Fue sin querer. El paseante resultó ser Norman Foster. Catetos somos todos.

 

La verdad este año no sabía si ir a ARCO, porque mis contactos en las redes sociales ya estaban colgando las fotos de las obras más reseñables o, al menos, las más curiosas, que son las que a los que somos un poco catetos (y suponemos que a Norman Foster) nos gustan más. Al final, acepté una invitación y allí me planté, en Ifema, aunque he de confesar que pasé más tiempo en la zona VIP que merodeando por las galerías. Lo gracioso del asunto, es que en cualquier lugar donde regalen cosas, ya sean una verbena de pueblo o la zona VIP de una feria de arte contemporérrimo, del ambiente más pedrestre al más avant-garde, son similares: la gratuidad saca de nosotros, aunque seamos gafapastas, las más bajas pasiones de competición y supervivencia. Son puro darwinismo. Así que me tomé una cuantas de las cervezas que en la barra de Heineken despachaban como autómatas a gran velocidad (una tras otra, una tras otra)  dos sonrientes y jóvenes camareros y luego me quise tomar uno de esos cócteles de naranja y limón (¿eran mojitos, o qué eran?), que salían del stand de Solán de Cabras. Había una buena cola, de gente que parecía saber lo que hacía, así que allí me coloqué, con el riesgo de esperar 15 minutos, como al final pasó. Detrás de mí, un adolescente entrado en carnes, con unas gafas muy grandes, un foulard y una americana de tweed, decía por su iPhone: “aquí estoy, en ARCO, postureando”. Al final, cuando solo quedaban un par de personas delante de mí para acceder al preciado cóctel, noté que ¡no llevaba alcohol! Claro, eran los zumos de Solán de Cabras. Aún así yo, y supongo que el resto, habiendo esperado un buen rato, optamos por tomar el refresco, qué remedio… La gente paseaba con un montón de periódicos en el regazo, para llevar a casa, que también los regalaban.

 

Bernardí Roig, estatuas que te ponen la zancadilla

 

Me pregunto qué porcentaje de los asistentes a ARCO pagan una entrada de 40 euros (66 con catálogo) para pasearse la tarde de un sábado por estas naves. Hace unos días me tocó ir a Fitur, la feria de turismo que se celebra en los mismos espacios, para hacer un reportaje. En Fitur lo que hay es un montón de stands donde cada país, comunidad autónoma o ciudad te dan folletos, postales, bolis o cualquier otro merchandising para promocionar su turismo. Te dan publicidad, vamos, y hay disponible un carrito de cartón para acumular toda aquella basura y llevártela cómodamente al hogar. La gente paga entradas para ir a un sitio que es un anuncio (es como si te cobraran por los catálogos del Hipercor), y, donde lo más reseñable, es ver a un negro altísimo vestido de Masai o a una japonesa con kimono. Con ARCO ocurre lo mismo: para lo que se supone que es una enorme tienda de arte, se paga una entrada astronómica. Es como si te cobraran por entrar al supermercado Día. Si entrar en una galería es gratis, no se entiende porque no lo es entrar en muchas galerías. Pero en fin,  ya sabemos que los precios de las cosas son arbitrarios.

 

Me di cuenta, por los comentarios que escuché, que el ciudadano medio no entiende lo que es un galerista, más allá de un tío que tiene un espacio, una galería, donde exponer obra y llevarse por la jeta un buen pico de las ventas. Incluso hay artistas que están por saltarse este “intermediario” y vender directamente. El otro día, que entrevisté a los galeristas de Lavapiés, se quejaban de esta mala imagen. “En realidad somos managers, como el de los Rolling Stones, gestionamos todos los asuntos del artista y hasta los guiamos en la realización de su obra”. Yo creo que el problema es el nombre: “galerista”, que se vincula con un espacio físico, “la galería”, y no habla de esa acción, esa labor, que es el “management”. Pero no es el único nombre mal puesto en el mundo del arte: luego está el horrible “comisario”, que recuerda a una desagradable comisaría de la bofia, o “curator” (o peor, la españolización “curador”), que suena, no sé, a chamán o curandero de pueblo.

 

¿VALE?

 

Bueno, creo que ya lo he dicho todo…Ah, falta una cosa: ¡el arte! Durante las últimas décadas la opinión popular sobre el arte moderno es que era un truño, una resaca tal vez de artistas tan oscuros, feístas e incomprensibles como los expresionistas abstractos, Rotkho, o Tàpies, y lo digo desde la ignorancia. El populacho pensaba que el arte era una tomadura de pelo practicada por cuatro iluminados, y algún señor de la limpieza. Yo creo que esta percepción va a cambiar, porque mucho de lo que se ve en ARCO es curioso, chisporroteante o simplemente divertido. Me decía un amigo artista que tal vez se pierda profundidad por “espectacularizar” la cosa. No sé. A mí, en el tiempo que no estuve saqueando la sala vip, me gustó la escalera de la galería The Goma, por la que la gente subía y bajaba algo extrañada para ver ARCO y su zona vip desde arriba, la habitación vacía con una pequeña ratonera, obra del difunto Juan Muñoz (un agujero que costó 100.000 euros), las cosas móviles de la galería Raquel Ponce (de no sé quién), las fotos setenteras de Natalia LL, los cómics de Max en el stand de El País, o la atrevida frase de Teresa Margolles, en la galería Mor-Champentier, y que ha salido en todos los medios: “Ya basta hijos de puta”. Pues eso, ya basta.

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Comentarios:

Añadir comentario
Amancio Ortega says:

Efectivamente, eres un cateto. No por no saber de arte, sino por hacer apología de ello.

Captain Miller says:

Ya que va uno a escribir en la pared y a cobrarlo bien cobrado podría no hacerlo con faltas de ortografía:
“YA BASTA, HIJOS DE PUTA.”

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