La ciudad es para mí #3

Nueva entrega, otro paseo por la capital y sus escritores. Por Aloma Rodríguez


09 mayo 2014

A03

 

Una clase de literatura

 

Vine a vivir a Madrid el 17 de mayo de 2011 y dos semanas después empezaba a trabajar en la Feria del Libro, en el Retiro. Cada día, durante las dos semanas que dura la Feria, hacía el mismo camino cuatro veces al día: calle Príncipe, plaza de Santa Ana, calle Prado, plaza de Neptuno, casón del Buen Retiro y Retiro. Luego caminaba por el parque hasta llegar al Paseo de Coches, donde se ponen las casetas, en la que trabajaba estaba casi al final. Aún no me había comprado los patines, eso sucedió la primavera siguiente, y no conocía el parque. Un día, durante uno de esos paseos con el tiempo justo para llegar a abrir la caseta puntual, vi a mi profesor favorito de la carrera. Caminaba rápido y con decisión, llevaba una chaqueta y no parecía que le sobrara, a pesar del calor de primera hora de la tarde. Lo reconocí por el pelo, completamente blanco, y por su manera de andar, como si no le costara ningún esfuerzo, como si flotara. Nuestros caminos coincidieron durante un breve tramo, lo que me permitió observarle sin parecer una psicópata. Al final, no me atreví a cruzar la acera y saludar: cada uno rodeó el Casón del Buen Retiro por un lado y lo perdí de vista. No lo he vuelto a ver.

 

Leonardo Romero Tobar daba una asignatura optativa: Literatura española del siglo XIX, que hice dos veces: el primer año no me dio tiempo a hacer el trabajo ni a dedicarle el tiempo que necesitaba, así que la dejé para el último curso. No tenía el prestigio de otros profesores de la Universidad de Zaragoza, no es José-Carlos Mainer, ni la académica Aurora Egido; pero no he tenido tantas ganas de trabajar con ningún otro profesor. Había sido actor aficionado, sabía lo que era la puesta en escena y sus clases tenían algo de teatral. Recuerdo la mañana en que, mientras leíamos un pasaje de La Regenta, él se puso a cantar un aria que Clarín pone en boca de don Víctor Quintanar, el marido de Ana Ozores. Fue espectacular y, desde luego, captó la atención de todos los alumnos, hasta de los Erasmus polacos que no entendían nada y de la chica china que se sentaba detrás de mí. Me sedujo la naturalidad con que lo hizo. Cuando se lo conté, fascinada, a otro profesor, me respondió: “es que viene de instituto, sabe cómo ganarse a los alumnos”. Eso fue durante la primera vez que hice su asignatura.

 

Dos años después –con una beca Erasmus en París entre tanto- volví a matricularme en su asignatura. Esperaba que no se acordara de que no me había presentado al examen y, al mismo tiempo, quería que no me hubiera olvidado. Ya no estábamos en el aula de la planta baja del pabellón de Filología, ahora las clases eran en la Facultad, en la segunda planta, en un aula de verdad, con una pizarra, con tarima, con perchas y mesas. Nos obligaba a leer cada día, a trabajar, a estar atentos. Leímos Pepita Jiménez, de Juan Valera (Romero Tobar es el editor de las cartas completas de Valera), a Clarín y a Galdós. No nos dio tiempo más que de hojear La Quimera, de Emilia Pardo Bazán. Hice un trabajo sobre La Regenta que el profesor quiso que publicara, pero no llegué a hacerlo por pereza e ignorancia. Leímos Zumalacárregui, Miau y Fortunata y Jacinta, de Galdós. Nos hacía trabajar mucho: de un día para otro nos pedía que buscáramos en Fortunata y Jacinta algunos momentos clave en que la historia de Juanito Santa Cruz y la Historia coincidían y una se veía afectada por la otra; también leía en voz alta el pasaje en el que Juanito y Jacinta, ya en viaje de novios, se dan su primer beso de casados bajo el arco del Deán, en Zaragoza. Seguíamos avanzando en las clases, seguíamos leyendo y él seguía haciéndonos trabajar. Llegamos a la parte en la que Juanito Santacruz y Fortunata se ven por primera vez. No sé cómo lo hizo, pero esa tarde, el aula se convirtió en la plaza Mayor de Madrid y entendimos mejor cómo el encuentro y por qué “El piso en que el tal vivía era cuarto por la Plaza y por la Cava séptimo.”

 

Me gustaría descubrir cuáles son las puertas que llevaban a una misma escalera, ir a buscar el número 11 y quedarme delante un rato. No sé por qué no lo he hecho. Pero siempre que paso por la plaza Mayor pienso en Romero Tobar. Pienso en él cuando bordeo el Mercado de San Miguel y cuando paso por la plaza de las Comendadoras. Me acuerdo de Romero Tobar cuando paso por el bar La Fontana de Oro, en la calle de la Cruz. Pienso en Romero Tobar y en las novelas de Galdós y en sus aventuras con Emilia Pardo Bazán, y en Fortunata, que muere de sobreparto, y en el beso de Juanito y Jacinta en Zaragoza.

 

 Imagen: Sarah Hunt

 

 

Textos anteriores:
Primera entrega
Segunda entrega

 
 

 

Los ganadores de un ejemplar de ‘Solo si te mueves’ (Xordica) son:
Mariano Ávila Borja
Antonio García Martínez
Carlos Mañas Aldaya
Alicia Holgado

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