Viejas, reclamamos vuestra presencia

Breaking news!: Las mujeres envejecen. El cuerpo se deteriora pero, como contrapartida, las personas se hacen más sabias y lúcidas. Están viejas pero no obsoletas. Por Elena Cabrera


24 agosto 2015

Iris Apfel tiene 93 años. Su reciente visita a Barcelona ha dejado un reguero de sabiduría que debería servir de inspiración para blogueras y público en general. “Cuando las chicas son jóvenes y bonitas tienden a confiar únicamente en cómo lucen. Cuando esas pobres jóvenes que no se han cultivado se hacen mayores, su belleza desaparece y no les queda nada”, dijo en una entrevista publicada en S Moda. “Me dan pena todas estas mujeres que viven obsesionadas, como si envejecer fuese un pecado o significase el fin de todo. ¡Menuda estupidez!”. Esas páginas son para recortarlas y pegarlas en la puerta del armario.

 

Las suaves arrugas y el pelo canoso de la modelo de 87 años Daphne Selfe o la fuerza de la escritora Joan Didion que a sus 80 años ha sido imagen para Céline, son símbolos que reubican la vejez de la mujer. El envejecimiento pasa del cubo de los desperdicios del cirujano plástico al primer plano de la reflexión estética. Esta estrategia no es inocente, como siempre, en las tripas del capitalismo se hace la digestión de las necesidades del mercado. Como tantas otras obviedades (beber agua, comer sano), la mujer vieja también puede ser una moda. Pasajera, como todas las modas.

 

Solo hay un problema, desde el punto de vista del hype: la vejez no es retornable. Cuando se apagan los focos, los años siguen pasando.

 

Silvia Resorte, la primera chica punk de Sant Boi, tiene 58 años y sigue siendo la más punki, no solo de Sant Boi: “sentar cabeza perjudicaría la columna vertebral de mi vida seriamente”, dijo. En 1977, Silvia se metía bajo la lluvia de escupitajos en los pogos del Marquee de Londres. Con sus gafas, sus labios ajados y sus carnes enfundadas en corsets, sigue siendo la reina kinky del punk underground mandando desde el escenario.

 

Para la cantante de Último Resorte, solo otras dos mujeres de su edad, dentro de la escena musical española, comparten su actitud. Una de ellas también es catalana, Tere Desechables, y la otra madrileña, Ana Curra.

 

 

El momento (ver vídeo) en el que Tere Desechables se subió al escenario del concierto final de la gira Ana Curra presenta El Acto, en la sala Shoko de Madrid, fue uno de los grandes akelarres de la historia de la música. Tere se tiró al suelo invocando “reclamamos tu presencia” mientras Ana tocaba el teclado de manera poseída. Ambas cantaban al unísono esta canción de Desechables con autoridad desafiante. Curra subía el brazo y apuntaba al cielo con el dedo índice y ese fue el momento en el que todas las mujeres de la sala fuimos apeladas y nos sentimos llamadas a tomar el escenario.

 

A diferencia de Ana Curra, de 56 años, lo de ver a Tere, de 48, con un micro en la mano es extraordinario. En cambio, el golpe sobre la mesa de la teclista de Parálisis Permanente es un gesto de justicia con el pasado y el futuro que no creo que haya sido bien comprendido. Los conciertos que realizó tocando las canciones del grupo que había formado con Eduardo Benavente tiene una doble perspectiva. La personal, en la que ella se reconcilia con unas heridas abiertas y la social, en la que reclama un legado que también es suyo y que contribuyó a escribir aunque con frecuencia le usurpen ese protagonismo.

 

Elena Cabrera y Tere Desechables. Foto: Mariví Ibarrola.

Elena Cabrera y Tere Desechables. Foto: Mariví Ibarrola.

 

De las mujeres que hicieron cosas grandes durante la nueva ola madrileña no es fácil oír hablar. Las Chinas y Las Vulpes deberían haber sido las naves nodrizas para una inoculación brutal de jefas artistazas. Jose, de 61 años, es la bibliotecaria y librera interesada en la astrología María José Serrano y es también la excantante de Las Chinas, con posterior carrera como Kikí d’Akí. Dos nombres para separar dos vidas. El machismo cotidiano la denomina “musa” en lugar de valorarla como artista, como sucedería de manera natural si estuviéramos hablando de un hombre. La nostalgia que los medios y el público proyectan sobre las personas es un inhibidor muy potente de la visibilidad. Además, la indiferencia es la vía rápida para la frustración. “Preferiría soportar el peso de la fama, de una fama relativa se entiende”, afirmó Kikí d’Akí en 2009, después de editar su último trabajo discográfico. “El que salgan como salen los discos (a nivel comercial), no es cosa nuestra. Ningún artista busca el malditismo a propósito, y si lo hace es ridículo. Si no hay algo de éxito, tampoco se pueden hacer discos, ¿quién los iba a pagar?”.

 

Muy diferente al discurso de Jose es la actitud ante el arte y el tiempo que tiene su compañera de grupo Miluca Sanz, quien no ha necesitado ser dos, ni tan siquiera ser otra, para seguir viviendo como artista (sin tener que soportar el peso de la fama). Nacida en Segovia, vecina de Madrid, esta pintora y brillante artista del collage expone desde 1981. Su año de nacimiento  no aparece en sus biografías pero se le presupone coetánea de María José Serrano. Curioso dato escamoteado a la historia para alguien que trabaja obsesivamente con las hojas el calendario.

 

Como a Silvia Resorte, a Carmen Madirolas no la baja nadie de un escenario. No es difícil ver a la excantante de Los Bólidos subirse a cualquier tipo de tarima, invitada por su cuenta o formando parte de La Coctelera Sónica. Carmen forma parte de ese proyecto colectivo, formado por más de sesenta viejos amigos madrileños, con el objetivo de recordar la importancia de la música. Y si hay que cantar en Sol en el medio de una manifestación de las Mareas, pues se canta.

 

Y así podría seguir, durante párrafos, extrayendo de sus lugares a resguardo, y trayendo a esta plaza, a viejas que deberían formar parte de nuestra conversación cotidiana. “Estoy viejo, no obsoleto”, dice el Terminator T-800 en la última película de la saga. Ser joven mola, pero ser vieja mola más.

 

Elena Cabrera con Carmen Madirolas. Foto: Elisa G. McCausland.

Elena Cabrera con Carmen Madirolas. Foto: Elisa G. McCausland.

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